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| Paul Klee. Contemplation (1938) |
Hace un rato me he puesto a practicar yoga, pero como jamás en mi vida había intentado hacer una asana, lo que me ha salido sería perfectamente denominable como churro-yoga. En un momento dado, mientras intentaba pasar el cuello por detrás de la oreja y deslizar el coxis a través de la rodilla izquierda, he escuchado una especie de ruido semejante al que produce con las fosas nasales un experto en álveos cuando va a buscar uno y encuentra dos, además, bifurcados. Como vivo solo y el último perito en lechos fluviales que conocí se hizo el harakiri un mes después de que alguien le asegurara que la vida es una autentica mierda, deduje que eran mis huesos quienes producían esos crujidos lamentables. Pero no entiendo por qué te cuento esto. Tú también eres vieja y debes escuchar sonidos extraños. En realidad quería expresarte la alegría que siento por haber podido acabar la primera frase de mi nuevo libro. Te la pego:
«En algún momento después de la medianoche, un carpintero disfrazado de prostituta abrió la puerta de su taller y encontró un pintalabios y medio kilo de serrín».
Como observarás, es una oración contundente que no deja ninguna duda sobre a qué clase de público está destinada su lectura. Claro que al paso que pienso parte de la trama y la transcribo al papel, para cuando termine de escribir el relato, el público preparado para entender mis textos ya estará listo para comprender a Baruch Spinoza, o incluso a James Joyce. Algunas veces me habrás escuchado decir que escribir es tan doloroso y frustrante como untar con crema la fisura anal de una hiena. Pues sigo pensando lo mismo, pero cambiando al hiénido por un marsupial dasiuromorfo de la familia Dasyuridae. Sin embargo, ¿qué sucede cuando dejo de escribir? Pues que tengo más tiempo para mirarme al espejo y salivar. Y tiendo a masturbarme menos. No quiero decir que el hecho de contemplarme reflejado en un espejo haga menguar los increíbles deseos de proporcionarme placer a mí mismo, sino que me la «maravillo» menos porque dedico ese tiempo a contemplarme. Y cuando me contemplo, nada que no sea contemplarme tiene valor. Porque cuanto más me contemplo, más necesito contemplarme. Y solo contemplándome llego a conclusiones sinceras, como que los abrevaderos naturales son una trampa mortal para las hembras en celo.
Por paradójico que pueda resultar si se mira sin lentes, mis conclusiones no me resultan contraproducentes. Te lo volvería a repetir para que lo entendieses mejor, pero si quieres que te sea sincero, deberías repetírmelo tú a mí porque no tengo ni idea de lo que pretendía decir. Y si además pudieras explicármelo con ejemplos y diagramas, el barrizal que ahora es mi vida se transformaría en un lodazal.
Te quiere (cuando no se contempla):
Greg
