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| Remedios Varo. Insomnio (1948) |
Amiga:
Si algo bueno tiene el insomnio, es que te regala tiempo extra para recapacitar sobre las estupideces que cometes cada día, y créeme, son muchas, a veces demasiadas. El problema estriba en que en algunas ocasiones, después de meditar sobre esas cuestiones, el cerebro y sus terminaciones nerviosas desean un poco de acción física. Eso es lo que me ha ocurrido hace un rato. Me han entrado unas terribles ganas de bailar una conga. Como ya sabes, para bailar ese baile afrocubano se necesita la ayuda de otras personas. Como no era hora de bajar a la calle y recorrer los garitos que todavía estuviesen abiertos reclutando borrachos o desvelados, me he tenido que conformar con bailarla con varias sillas, y si he de serte sincero, no ha sido lo mismo. La danza no fluía. No puedes llegarte a imaginar lo complicado que resulta conseguir que éstas se muevan cuando las agarras por la cintura, sobre todo si tienen respaldo regulable y son de hierro forjado. Cansado de intentar lo imposible, al final he optado por inventar la conga individual mientras imitaba el sonido de los tambores de un sólo parche con los ruidos de mi estómago.
Ahora, me siento destrozado. Uno ya no tiene edad para danzar como un poseso con los muebles del hogar. Estoy pensando que después de escribirte este email, debería pegarme una buena ducha reconfortante, pero me produce pavor hacerlo antes del amanecer. Más que nada por si resbalo en el plato y me doy un hostión, por lo que aplazaré unas cuantas horas el baño relajante y me dedicaré a enumerar y catalogar en orden alfabético mis desgracias, percances y contratiempos.
Tengo hambre. Me apetece asaltar la nevera y comer algo sólido. Quizá un poco del puré de Cucurbita pepo -vulgo calabacín- que sobró de la cena. Lo que no me satisface es gastar la poca energía que me queda levantándome del sofá. Podría concentrarme y prepararme la pitanza con el inusitado poder de mi mente, pero acabo de darme cuenta de que mi mente está completamente abstraída pensando en mujeres sin ropa cabalgando sobre caballos blancos en la playa. ¡Joder!, creo que el antiguo anuncio del coñac Terry causó un verdadero trauma en mi memoria.
Lo mejor será que me fume otro cigarro y me dedique a mandar a la mierda cada uno de los malos rollos que me desvelan. ¿Qué importa que no tenga dinero, que me duela el 65 % de las partes del cuerpo o que el mundo esté abarrotado de memos? Yo soy yo, o por lo menos así era hasta que me cercioré de que todo lo que me rodea no pesa, a menos de que yo quiera que pese. No sé si me explico bien. Lo que trato de precisar con mi prosa minusválida y anormal, es que soy mi propio enemigo. Y que mi mala voluntad conmigo mismo, sólo es el efecto de la desconsideración que siento por haber convertido mi vida en una serie de despropósitos y equivocaciones.
Me gustaría ser un tipo normal, ya sabes, de los que se conforman con lo que tienen, o con lo que no tienen. De esos que ponen buena cara a todo y no se preguntan constantemente los qués, los cómos, los porqués o los cuantos. Me encantaría poder llegar a contemplar mi reflejo en el espejo sin percibir que algo, muy dentro, no funciona correctamente. Necesito dejar de sentir lástima de lo que soy, de lo que he hecho o de lo que nunca podré ser o hacer.
Pero el Flunitrazepam que inútilmente recorre mi sangre sólo tiene el poder que yo le confiero. De poco sirve creer que las jornadas posteriores traerán un cambio eterno. La eternidad no existe. Los cambios los producimos nosotros mismos por medio de la modificación sistemática. El resto, sólo son castillos ardiendo.
Un abrazo y un beso.
