Email del 22 de mayo 2013

Ken Currie. Taking a Life mask, II (2010)

Hola:

Tengo varios amigos y conocidos, de ambos sexos y medidas diferentes, que piensan que debería dejar de llevar una máscara y dedicarme a escribir sobre sentimientos y emociones. Creen que escribo sobre la idiotez humana y demás rollos malos, simplemente por hacerme el duro. Pero están equivocados. Este blog se llama «El despotricador anhedónico» y no «El susurrador diabético» por algo. No me interesa la sensibilidad humana, es más, no me interesa perder un tiempo irrecuperable exaltando los beneficios del optimismo, ni volverme poético, lírico y ñoño. Vivir es una demencia, por lo menos tal y como lo hacemos desde hace 60.000 años, es decir, anteponiendo nuestro interes al del resto de seres vivos.

Cualquiera de nosotros -los que aplaudimos hasta el éxtasis el bienestar consumista de esta sociedad clasista y decadente- podríamos haber nacido en cualquier poblado de Zambia, Zimbawe o Angola. Y en lugar de comer tres veces al día, solomillos y Mero, nos contentaríamos con un poco de tierra adobada con unos cuantos insectos negros y de aspecto horripilante. Hemos tenido la (¿mala?) suerte de ser concebidos en un continente donde sólo importa seguir líderes y coleccionar posesiones, acto al que nos entregamos con una dedicación y esmero apabullantes.

Entonces, ¿cómo puede nadie atreverse a cuestionar la percepción negativa que uno tiene de este sumidero al que llamamos civilización? Escribo sobre los malos rollos porque alguien tiene que hacerlo. Escribo sobre los malos rollos porque los buenos son escasos y cuestan una fortuna. Escribo sobre los malos rollos porque me parece execrable exaltarlos sin sentir un desgarramiento interior. Y porque soy libre. Y porque pienso. Al contrario de una gran parte de los humanos vendidos, no trato de disfrazar la realidad. No lo necesito. En realidad me importa una defecación subatómica si alguien me lee. Al contrario de lo que algunos creen, no necesito público. Escribo porque me es más fácil que desplazarme al psicólogo para ayudarle a comprarse un chalet o un coche de gama alta con mi minuta. Escribo porque soy incapaz de pintar o dibujar. Escribo porque es una necesidad. Y punto.

En las paredes de mi habitación cuelgan bastantes máscaras. La mayor parte son muy viejas, están llenas de polvo y casi nunca las uso. Eso no quiere decir que en algunos momentos no aflore mi parte benigna, afable, indulgente o bienintencionada. Pero intento mantenerla sometida y bajo presión. Y no pienso liberarla hasta que el último de los idiotas, reyezuelos o dioses sean exterminados. Porque no se puede alcanzar la verdadera felicidad simplemente creyéndose dichoso y mirando hacia otro lado. Todo es una mierda, y al contrario que las moscas, que ponen sus huevos en ella para tratar de perpetuar la especie, nosotros, tú, yo, él, ella, ellos o ellas, nos solazamos alegremente en los desechos fecales porque hemos sido diseñados exclusivamente para ese abyecto menester.

Hambre, pobreza, guerras, violencia, discriminación, enfermedades, exterminio. ¿Acaso los animales, los vegetales o incluso las rocas tienen la culpa de nuestra maldad innata e intenciones perversas? Nos merecemos lo que nos está sucediendo, que no es más que un final lento e indigno, repleto de infortunios, escasez y penuria.

«Cada paso parece ser la inevitable consecuencia del anterior , y al final se vislumbra con una claridad cada vez mayor, la aniquilación total» (Einstein)

Saludos