Email del 17 de mayo 2013

Michael Glinski. Apple, pear and peaches (2003)

Hola:

Ayer me robé a mí mismo una manzana y la vendí a mi otro yo de estraperlo. Con lo que saqué compré dos peras, una con forma clásica de pera y la otra con una forma un tanto rara. La rarita me la comeré esta noche para cenar y la otra se la cambiaré a mi sosias por una mandarina. Cuando venda esta última por el doble de su precio normal, invertiré la mitad de la diferencia total en la adquisición de un melocotón, pero no me lo comeré, sino que lo admiraré hasta que tenga un orgasmo (yo, no el durazno). Por alguna extraña razón contemplar nectarínidos desnudos me produce la misma sensación que experimentan la mayor parte de los mortales al contemplar a alguien del sexo opuesto sin ropa o tarareando la canción del corro chirimbolo. Pero me estoy alejando del tema principal de este email. Cuando llegue al clímax contemplando el melocotón completamente desvestido, lo cortaré en rodajas y se las meteré en el bolsillo a un mamporrero profesional. Afortunadamente, no tengo que perder demasiado tiempo encontrando a uno. Mi vecino de enfrente es uno de los mejores mamporreros del país, aunque nunca ha manoseado un pene equino, ya que utiliza guantes de látex. Te preguntarás, y con toda razón, qué es lo que saco yo introduciendo rodajas de fruta en su bolsillo. Nada, absolutamente nada, pero de esta forma, quizá se cambie de pantalones por primera vez en tres años. Hasta su mujer y sus hijas le imploran llorosas cada día para que utilice el resto de pantalones de su armario, pero Guzmán -o Guzmi, como le llaman en la peluquería- se niega en redondo, aduciendo que si se los quita, aunque sea por un instante, puede llegar a  fracturársele el ligamento transverso del acetábulo.

La fijación por una prenda de ropa en los hombres es bastante frecuente. Una vez conocí a un tipo que llevó la misma camisa durante 17 años. Al final tuvo que ser su propia esposa quien se la robó una noche mientras dormía y le prendió fuego en la galería. Al despertarse el marido y ver lo que había hecho su señora con su amiga textil, la estranguló con los tallos de un puerro (a la esposa, no a la camisa) y se fugó a Polonia, donde actualmente reside y regenta una boutique de ropa de lujo. También es famoso el caso de Alfredo, el proxeneta del barrio, que se negaba enteramente a cambiarse de calzoncillos aunque se lo rogaran sus protegidas. Una noche tras una década sin cambiarse, mientras el tipo se duchaba, los gayumbos salieron corriendo, se embarcaron en el talgo con destino a Lugo y una vez allí, se inmolaron arrojándose al rio Miño.

Es curioso cómo se puede cambiar de tema en un monólogo escrito. Y este email o cualquier otro no dejan de serlo. Empecé con frutas y acabo con calzones. Me recuerda a otro email que te envié hace años y en el que te hablaba sobre la dignidad, el honor y los derechos humanos y que al final resultó un panegírico sobre la vileza, la crueldad y las 23 diferentes maneras de cocinar un entrecot de Yacaré.

Un abrazo.