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| Edward Hopper, «Excursion into philosophy» (1959) |
Se encendió un cigarro y le dio cuatro caladas salvajes que lo redujeron a cenizas; mientras apagaba la colilla chamuscada notó un repentino deseo de rascarse la pierna, cosa que hizo con enorme delectación, apreciando el roce de sus uñas contra la piel cubierta de pelos duros y encanecidos. Sentado y completamente abstraído, fabricó cuatro pensamientos ruines y volvió a sentirse indispuesto. Como era hombre de principios inamovibles no creyó correcto volver a fumar o restregarse la epidermis e inventó un pasatiempo: imaginaría palabras que no existieran en el diccionario y que jamás nadie llegaría a entender. Manufacturó «porcil», «sabas» y » compesio», pero las consideró fáciles y sintácticamente débiles y sintió pena de su atrofia mental. Ocho lágrimas espesas cayeron de sus ojos y recorrieron sus mejillas como si fueran hilillos de cristal líquido, pero se evaporaron antes de mojar sus labios duros y desprovistos de emoción. Acurrucándose en un rincón oscuro, meditó en silencio mientras la rabia se balanceaba incesantemente, y cuando cerró los ojos creyó ver a dios. No era el Dios del que se habla en las escrituras pero su luz centelleaba a lo largo de la estancia; mientras trataba de comprender los misterios de su agonía un ruido seco le saco del letargo. En las tres últimas horas sólo había sido feliz durante cinco minutos y calculó las horas de felicidad verdadera que había tenido en su vida. Cuando encontró la cifra, una niebla espesa cubrió su delirio. Entonces comprendió los «porqués» y algunos «cuántos» y «cómos» de su existencia. Penetró entre los recovecos de su apatía y descubrió una mancha en la que nunca había reparado antes. La pintó de varios colores y la bautizó con su nombre.
O QUIZÁ FUE ELLA
Le gustaba acariciarse el cabello mientras forzaba sus recuerdos a mantenerse despiertos; únicamente lo hacía por desesperación, sin importarle la razón. Siempre había pensado que no existen los deseos y que estos sólo se materializan cuando las fuerzas biológicas decaen, pero los sabores que se arremolinaban en su intimidad transformaban la agonía en fe infantil. Las intenciones eran buenas pero no así la forma de atraerlas, engañarlas y esclavizarlas para que siguieran a su lado. Cuando un destello de energía la arrancó de su imperfecta ensoñación ya fue demasiado tarde, todos los recuerdos que significaban algo se deslizaron contracorriente y desaparecieron de su memoria, en esos momentos herida de muerte. Presa del pánico, se concentró en un millón de espíritus que no existían y su cuerpo se volatilizó entre tinieblas dejando una habitación solitaria huérfana de moradores y exenta del calor que proporciona la vida.
