
Querida amiga:
Hace unos días descubrí un relato titulado De vacas y bueyes escrito en 1870, donde el autor, un tal Brígido Bramido Ululato, explicaba cómo se originó su boantropía. Sin embargo, antes de hallarlo escondido en el doble fondo del tercer cajón de una cómoda fabricada a principios del siglo XIX, fui mordido repetidamente por una araña mugrienta, repugnante y con un tamaño considerable que vivía, o por lo menos se escondía allí. Mi primer impulso fue quitarme una de las camperas, seguramente la izquierda, y aplastarla cruelmente. Y lo hubiera hecho si no hubiese escuchado un mugido que salía de alguna parte del mueble. Por esa razón descubrí las nueve hojas que conforman la narración. Esta se divide en cuatro capítulos, es decir dos páginas por capítulo excepto el último que tiene tres. El primero se titula La titilación de la tílica ternera Facundina, el segundo, Avante al ovante boyazo Tiburcio, seguidos por La capitulación de Casilda, la ponentisca becerra levantisca y ¡Yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! Pero creo que será mejor que te transcriba un párrafo de cada capítulo para que te hagas una pequeña idea de mi extraordinario hallazgo:
«Facundina rechazó mugir. En su lugar optó por topar atrabiliariamente al pirquinero vaquero. Desafortunadamente, el intento de acornación solo sirvió para que Almudino, el toro casi bravo, se refocilara hasta la repleción. Mientras el estanciero se ponía a salvo detrás de un fárrago compuesto por tocones, revestimientos, maderos, palotes y arpeos, Facundina se repantingó como si fuese una dama disecada y depositó reverencialmente tres boñigos bastante vistosos».
«Junto a Condorcito se encontraba Tiburcio, un astado metafísico y ético-espiritual realmente positivista y antijerárquico. Su infinita madurez existencial se manifestaba cada vez que debía tomar una decisión. Suyas fueron todas y cada una de las determinaciones que impulsaron a la manada a convertirse en la favorita del pecuario. Eso implicaba que los mejores pastos y el mejor forraje siempre sería para ellos». Sucediese lo que sucediese».
«Levantisca componía todas las tardes mientras retozaba solitaria por la vereda. Su última canción se le resistía. Mientras se estrujaba la sesera y parte de la cornamenta intentando encontrar un sinónimo de «Muuuuu» reparó en un tábano regordete y chinchorrero que intentaba con poco éxito aguijonear a Frunicola, la hermana de Servilicia, también llamada «la vaquita vanidosa», hija de Frunchón y Javalidosa y nieta de Apologisto y Tacianila. A Levantisca Frunícola no le caía bien, pues en el pasado había intentado aparearse con Molindro, el prometido de su mejor amiga, Mudoglia».
«¡Yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! ¡Yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! Y cada vez que me lamo, me lamo. Y me lamo y me lamo. Porque ¡yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! Y a menudo me cuadro cuando me cuadro. Y me cuadro y me cuadro. Porque ¡yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! Y aunque todos crean que a menudo me encampano, no me encampano. No me encampano y no me encampano. Y sí, soy querencioso y siempre derramo. Porque ¡yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! Y derramo y derramo».
Supongo que te habrás quedado con ganas de leer todo el manuscrito. ¡No te puedo culpar por ello! La próxima vez que vengas a visitarme te dejaré que te empapes y te empapes. ¡Porque está escrito por el gran Brígido Bramido Ululato! Luego, una vez te hayas empapado, podemos volver sobre nuestros pies y volver a repetir el proceso.
Greg de Beni