Email del 11 de septiembre 2022

Jean-Michel Basquiat. Now’s the time (1985)

Querida amiga:

El tiempo, esa magnitud física marcadamente omnímoda que estruja nuestros recuerdos, nunca defeca. Tiene suerte. Yo tengo que hacerlo como mínimo una vez al día. Mientras mantengo el interior de mi cuerpo libre de mierda, él, ese grandísimo hijo de puta, el tiempo, se dedica a agrupar y ordenar mis instantes (también los tuyos y los del resto de monos), sin dejar que nada le afecte lo más mínimo. ¡Y hace un trabajo de primera! Jamás se malquista consigo mismo ni prolonga sus jodidos errores hasta llevarlos a una dimensión enteléquica peligrosa como hacemos la práctica totalidad de badulaques erguidos.

Nunca me he definido como un teporingo, aunque soy tan asustadizo como ellos o incluso más. Jugué con el Exin Castillos que me regaló mi abuelo hasta que cumplí los 47. Y si no continué con los capiteles, modillones, rosetones, ménsulas y voladeros fue porque las piezas de plástico terminaron convirtiéndose en partículas (cenizas a las cenizas, polvo al polvo) gracias a esa abacanada e inexplicable magnitud de la que hablaba en el párrafo anterior y que es tan graciosa como un berro. Bueno, supongo que también ayudaron varios factores endógenos y exógenos francamente contumeriosos que no vienen a cuento.

¿Has leído alguna vez algún libro de un tipo llamado Teodoro Osoro Montoro? Fue un magnífico ensayista y domesticador de garrapatas apátridas mexicano, aunque nacionalizado español, que produjo la práctica totalidad de su obra en la década de los años 30 del siglo pasado. Lamentablemente solo he sido capaz de conseguir cuatro de sus siete obras publicadas, pero te puedo asegurar que a pesar del aspecto prostibulario con el que aparece en las fotos de las contraportadas, su técnica literaria es de primera categoría. Él fue el primer escritor que se atrevió a manifestar que en la Sede de la Real Academia Española anidaban ratas del tamaño de un portaviones, aunque luego matizó que quizá confundió a las señoras de la limpieza con roedores. Eso le valió el desprecio de la práctica totalidad de trabajadoras de la limpieza y de algunas ratas sociológicamente avanzadas.

Si quieres puedo dejarte el que considero que es el mejor libro de los cuatro que atesoro, de momento. Se titula Salalalá o la desfachatez de los ácaros menos atractivos y sus registros íntimos de interacción grupuscular, y está escrito a medias con una tal Carmela Varela Tudela. A día de hoy he sido incapaz de averiguar quién era esa dama, y qué narices significa ese salalalá, aunque no me extrañaría que se tratase de una bufonada doble para diversión propia y de sus lectores más extravagantes. Otra cosa que siempre me ha llamado la atención es la dedicatoria…

«Dedico este libro a Javier Busquier Samitier y a su preciosa monga-monga Araceli Canteli Benimeli. Y por supuesto a Adriana Santana Orellana, Alberta Huerta Puerta, Fernando Pando Herrando, Ramón Guillamón Limón, Antonieta Zabaleta Mendieta y a Gregorio Tenorio Osorio López Pérez».

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