Email del 5 de diciembre 2022

Marc Chagall. Peasant with a clock (1968)

Antes de empezar a despotricar, me gustaría dar la bienvenida a los ciento y pico nuevos pensamientos obsesivos que se han repantigado en mi abatatada sesera, en un día horrísono y teratológicamente ordinario.

Con el tiempo mi nariz, antaño hermosa y delicada, se ha ido transformando en algo parecido a una especie de solanácea alienígena, procedente quizá de Ío, Leda o Erínome. No es que me importe demasiado, ya que las orejas han crecido en equivalente proporción y me afean igual o incluso más que la jodida napia de los cojones, pero me repugna ver y sentir cómo me hago viejo. Por esa razón, y quizá por otras igual de espeluznantes, llevo unos días pensando en retirar los 23 espejos de mi casa y todos los cristales de las ventanas para regalárselos al sintecho que malvive en mi calle. Claro que antes tendría que regalarle un carrito, un carretón o un forcaz. Se llama Adalberto Zurullín, aparenta unos 80 años y siempre que puede explica que era descendiente del insigne Vigilio Mojón. En una ocasión le pregunté por qué residía en la calle y él me respondió que estaba a mi entera disposición para cualquier duda, aclaración o ampliación de información que necesitara. Otro día intenté interrogarle acerca de su pasado, pero su respuesta fue igual de extravagante que la anterior, pues se limitó a cerrar sus ojos sanpaku mientras me aseguraba que había que garantizar a los posibles seres, natos o nonatos, ya fuese en un día fasto o nefasto, que solo no siendo y asintiendo, se evitarían dolor y sufrimiento. En realidad, tanto Zurullín como yo, estamos tan solos como Dae-su Oh, aunque yo por lo menos todavía no veo hormigas. Y aunque mi soledad es interior, me gustaría poder situarme en algún lado, quizá el de al lado o posiblemente el del otro lado.

En mi impreciso aislamiento no existen los emplazamientos determinantes. Solo esas malditas imágenes oscuras proyectadas sobre superficies claras y obtusas, que como estatuas de piedra resquebrajadas por el tiempo necesitan ser restauradas. Me cuesta tanto pensar sin descartar. Sin abstenerme o evitar. Registrando a conciencia lo que nadie puede, debe o necesita garantizar. ¡Ah! tantos y tantos «ar». Sin embargo sé que no debo comportarme de una manera razonable.

Acabo de inutilizar el número 61
Acabo de inutilizar el número 61

Podría haber inhabilitado otras cifras, pero no me han hecho nada. O si me lo hicieron en el pasado, ya lo he olvidado. Nunca guardo rencor a los sucesos finiquitados. No sería justo. De todas formas estoy seguro de que el rencor y todos sus sinónimos allegados nunca me transformarán en un tipo mejor, más concentrado en un punto y menos adicto al infortunio. La razón ya no es un argumento válido.

No es necesario tener un motivo para llorar pero a menudo es un magnífico ejercicio de limpieza para el lagrimal. Yo he intentado hacerlo hace unos minutos y sólo me han caído un par de mocos, seguramente porque no tengo cuenta Premium en las glándulas de Meibomio. El caso es que como no he podido lagrimear he decidido encenderme un cigarrillo inexistente y ponerme delante del ordenador a escribirte lo que me sucedió ayer. ¿Sabes lo que me sucedió ayer?: ¡nada! Y eso lo mire como lo mire no puede ser bueno. Claro que siempre es mejor que no suceda nada a que te detenga la policía por mantener una relación carnal con un muslito de pollo. A lo mejor es que espero demasiado de todo; no sé, es posible que el aburrimiento perpetuo forme parte de mi existencia. Hace algunos años no me agobiaba de la misma forma que lo hago en esta época de mi vida. Supongo que debe ser cosa de la edad. ¡Me gusta tanto otear la línea que separa el cielo y la tierra mientras escribo mentalmente otro guion para una vida ficticia!

Ahora, en esta vida, la real, la auténticamente jodida, la misma que intenta vivir Zurullín, la luz del sol entra por un agujerito y a menudo me deslumbra. Me doy cuenta de que todo es un chiste; me refiero a cada uno de los días con sus respectivas noches. Pululo sin rumbo por un relato mal escrito que todavía no está completamente definido, y mientras lo hago o trato de hacerlo, siento que la única opción que me queda es dejar que la corriente me arrastre. No hay tiempo para el constreñimiento, para pensar, para recriminarme; es mejor exorcizar cada una de las alternativas que se presentan y tratar de no justificar la soledad existencial con pequeñas artimañas prefabricadas con el vano pretexto de aguantar un poco más, a cualquier precio.

Quizá si fuera un poco más inteligente distinguiría entra todas las opciones, pero me niego a ponerme las gafas. De momento voy a tratar de recomponer ese destartalado puzzle que se amotina en mi interior. Y no se me ocurre una manera más sensata que desconectando el interruptor que me mantiene cuerdo. No te asustes si mi próximo texto está escrito en tailandés.

Greg