
1-Etnia.
Cada día se hacen más de 7000 llamadas por medio del tam-tam en la tribu sudafricana de los Ushasha. De ese centenar, un poco menos de la cuarta parte comunican y los emisores tienen que volver a golpear los tambores una o dos veces más para poder conversar con los receptores. Por supuesto, algunas de esas llamadas son equivocaciones y muchos de los que las reciben suelen enviar a la cueva negra a los que las hacen. La cueva negra es uno de los insultos más horribles que un ushashés puede gritar a otro y solo se permite enviar a ese lugar a alguien si después del improperio se sacrifica una vaca, tres ovejas o nueve zumlans (una especie de ratoncillo zambullidor que siempre está enfadado) a Mandiana, la diosa de los denuestos y los oprobios. Fue en esa aldea casi perdida donde conocí y trabé amistad con el estereotómico hombre Ulahla Sinlahla. Y fue en su choza compartida donde talló mi perfil derecho a partir de un viejo tocón de iroko.
Durante los cinco años que pasé con los Ushashas, y sobre todo con el estereotómico hombre Ulahla Sinlahla, jamás llegué a sentirme solo. Me refiero a solo por dentro, esa infame sensación que poco a poco se transforma en una mano fuerte y aguerrida que te estrangula y que los médicos occidentales definen como ansiedad. Sin embargo tuve que sufrir varias veces de dolorosas purgaciones que me curé con una especie de crema verdiamarilla que el hechicero elaboraba con encéfalos anuros.
2-Piña colada (o el cordero de Dios).
Me colé en la casa de los Azúa. Luego me colé en la de los Martínez y en la de los Cleese, los ingleses que habían arrendado el hogar de los Altamira. Durante tres años me colé en casi todas las casas de mi barrio, aunque nunca robé nada. La verdad es que lo hacía por el subidón de adrenalina que experimentaba al hacer algo prohibido y que me permitía sentirme vivo. Cuando me cansé de colarme en domicilios, y eso sucedió en mayo, comencé a colarme en tanatorios y en coches fúnebres. Y en septiembre me colé por primera vez en la cama de un ministro sin que ni él ni su mujer repararan en ello. Para diciembre ya me había colado en los catres de todos los ministros y ministrables pertenecientes al partido que gobernaba en aquella época y a menudo sentía que debía llegar más lejos. Por esa razón me colé en el aseo de un miembro de la realeza en el momento justo en que se ponía un enema. La visión me trastornó y decidí prepararme para colarme dentro del hipotético cuerpo de Dios Padre, creador del universo y adorado por más de 2.920 millones de borregos.
3-Greg gravis est scriptor (o el cordero de Dios, parte II).
Mientras trataba de dilucidar si soy un mero calandrajo o simplemente una rara avis, preparada y dinámica, noté como alguien me respiraba en el cogote. En seguida supe quien era, pues aquel olor nauseabundo similar al que emite la cerveza mezclada con orina solo podía corresponder a Fuencisla, la dipsómana del suburbio. Cuando me di la vuelta para celebrar triunfalmente mi inteligencia imaginativa me llevé un chasco, pues en frente se encontraba el espectro de Poncio Pilatos asaz malhumorado que me sentenció a morir crucificado.
Recuerdo con cariño ambos maderos de tilo atravesados, y a los cuatro legionarios, pertenecientes a la misma cohorte, que me clavaron por las extremidades. Y recuerdo que me entraron unas tremendas ganas de hacer de vientre, así que los soldados me desclavaron y me permitieron graciosamente hacer mis necesidades detrás de un olivo joven. Por supuesto, cuando acabé volvieron a clavarme y situaron la cruz en lo alto de la loma. El resto es historia.
4-Nolo contendere.
Me encontraba como pez en el agua rodeado de mujeres desnudas. De pronto, a cada una de esas mujeres sin ropa les empezaron a crecer bigotes y barbas, les desaparecieron los pechos y sus sexos cambiaron drásticamente. Ya no me encontraba como un pez en el agua, sino como Tiburcio García, mi compadre hiperheterosexual que falleció debido a un ataque repentino y fulminante de hombría. Mi primer impulso fue transformarme en mujer para así hacer más llevadera esa cadena de alteraciones, pero al final me decanté por cambiar el sueño.
Ahora estaba tumbado sobre tres metros cuadrados de tarlatana que me proporcionaban un descanso suave y mullido. Nada me importaba. La luz del sol entraba por las ventanas, convirtiendo mi absoluta relajación en una especie de liturgia solemne. De repente se abrió la puerta y entraron todas las mujeres transformadas en hombres del sueño anterior y me jodieron una vez más la fantasía.
5-Microalgodón.
A veces siento ganas de mandar todo al carajo, pero si tiro la toalla tengo que secarme las manos en la camisa. Por más que intento no permanecer siempre en el mismo lugar, termino estando siempre allí, siempre allí, siempre allí. Y allí no puedo esforzarme para demostrar lo que soy o no soy a nadie, porque allí solo estoy yo, desprovisto de cualquier vestigio de cordura. La locura nunca ha sido una elección personal, pero allí es una responsabilidad y una necesidad crucial. Allí no existen las disimilitudes, pero tampoco las afinidades, las correlaciones, solo ese multicolor fuego cósmico que se asemeja a una farsa perfectamente elaborada. Pero no creas que me siento aherrojado allí. No creas que mis propósitos inherentes se desarticulan allí. No creas todas las estupideces racionales que estás acostumbrada a honrar, porque allí ni siquiera puedo reconocer la imagen distorsionada que tengo de mí cuando no estoy allí, aunque incluso cuando no estoy allí, sigo estando allí. Nadie que no haya estado allí puede comprender lo que quiero decir. Ni siquiera algunos que han estado allí.
Un laboratorio independiente confirmó que yo había estado allí. Al principio nadie creía que mi permanencia allí había sido la causante de mi cambio radical, pero al final no tuvieron más remedio que creer la notificación general sellada y timbrada. Algunos dicen que estaba lacrada. Otros que solo estaba precintada. Sin embargo, la mitad del total parcial que creían firmemente en el comunicado sellado me preguntaron por qué razón ya no seguía allí. Uno fue más lejos y me preguntó por qué cojones estaba aquí y no en cualquier otra parte. Un niño incluso me orinó en los zapatos. Mis respuestas siempre eran las mismas, aunque no recuerdo cuáles fueron. Supongo que me limitaría a gritar que allí nadie puede decidir sobre su permanencia o alguna tontería parecida. Pero si quieres que te sea sincero, absolutamente sincero, aquí todo se desvía de lo natural y allí lo natural es gratis.