
Hola:
PRIMERA PARTE.
En realidad lo peor casi siempre suele ser lo mejor. Pero hasta el momento en que algún ser más inteligente que todos nosotros y procedente de otra galaxia muy muy muy lejana nos regale o venda a buen precio alguna especie de instrumento o utensilio medidor que nos indique que lo que es mejor es ciertamente mejor y lo que parece peor es con toda probabilidad peor, no seremos capaces de distinguir entre ambos términos. Mientras eso sucede, yo me dedico a regar aproximadamente una vez a la semana -y siempre desde arriba- todos los ejemplares que poseo de Pilea peperomioides, releer una y otra vez Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevski (en la traducción de José Fernández), tocar mis 26 guitarras acústicas (y los cinco ukeleles) y escuchar las Gymnopedie 1 y 3 de Erik Satie. A veces, si me sobra un poco de tiempo, intento practicar las asanas Maksikanagasana, Vrksasana, Ganda Bherundasana y Achilipú a pu a pu.
Y aunque creo que soy demasiado viejo para llegar a ese punto en el que uno mismo se permite el lujo de mandar todo lo que conoce y a todos a los que conoce al jodido carajo o a la puta mierda (lo que esté mas lejos), he decidido seguir escribiendo los peores textos que sea capaz de concebir. Ya sabes: nosotros escribimos, nosotros decidimos.
SEGUNDA PARTE.
Para jorobarte un poco te voy a transcribir a continuación una serie de pequeñas meditaciones que fueron garrapateadas para este blog y que por un motivo u otro nunca me decidí a postear. Las razones por las cuales nunca las publiqué son meramente demenciales, es decir, debido a la demencia senil que creo que me afecta. Lo que está claro es que no tienen nada que ver con lo que algunos anafrodisiacos sin aprisco donde cobijarse llamarían «excusa autobiográfica». Si me he decidido a hacerlas públicas hoy es porque todas tocan temas sexuales de una forma u otra, y hoy tengo un día repleto de lascivia reprimida. ¡Pero sobre todo, porque odio tirar párrafos enteros a la papelera de reciclaje!
1
Tengo una jofaina. Cuando la utilizo para tirarme agua por encima de la cabeza sé. ¿Qué es lo que sé? No sé. Pero sé. ¡Te lo aseguro! Es muy extraño. Sin embargo cuando en lugar de la jofaina utilizo un jarrón de plástico, un vaso o cualquier otro recipiente, entonces no sé. ¿Qué es lo que no sé? Pues si sé o no sé. Saber que sé o que no sé es algo que me produce cierta indisposición protuberante o mamaria. Quiero decir, cuando eso me sucede, cuando sé que sé o que no sé, me resulta imposible ser amamantado. Sin embargo las mujeres a las que pago para ese fin tienen que cobrar sus honorarios.
2
Descubrí que era capaz de estimular -a distancia- el clítoris de cualquier mujer, o lo que es lo mismo, por medio del poder sin límites de mi mente, cuando tenía unos 20 años. Desde entonces lo practico a menudo y cada vez lo hago mejor. Lo que más me satisface de mis extraordinarios poderes es tener la posibilidad de proporcionar grandes orgasmos en el momento menos esperado. Es posible que sea un poco gamberro, no lo discuto, pero me encanta observar la cara que ponen las víctimas agraciadas mientras están hablando con los amigos, paseando por la calle o comprando kiwis en Mercadona. Solo una vez me pasé de la raya. Sucedió hace un año. Por alguna razón que desconozco le proporcioné a una señora de unos 45 años una cantidad indeterminada de orgasmos continuados (creo que 37) mientras tomaba un café con leche -o quizá un cortado de máquina- en una cafetería. ¿El resultado? Un rostro mas feliz que el de un quokka. ¿Se puede pedir más? Deberían otorgarme el premio al trabajador del año, sin embargo la poli comienza a sospechar que detrás del aumento descontrolado de espasmos orgásmicos en el barrio de Benimaclet se oculta algo muy muy turbio.
3
Cuando era un niño bastante pequeñajo le toqué su cosita a una niña también muy pequeñaja que era mi vecinita. Se la toqué dos veces porque sólo sabía contar hasta ese número. Ella a su vez me tocó mi cosa cinco veces. Estaba claro que ella era más inteligente a pesar de tener ambos la misma edad. Dos décadas después volvimos a encontrarnos por casualidad, nos hicimos amigos y amantes y le volví a tocar su cosita 37 veces en la primera sesión amatoria. Estaba claro que había avanzado mucho con las matemáticas. Sin embargo ella, en lugar de devolverme el tocamiento en un número similar o superior, me miró a los ojos y me dijo que no sabía tocar su cosita, que no hacía falta llegar a una cantidad tan desorbitada y que ella me enseñaría cómo se tocan esas cositas. Y me enseñó. Se tumbó sobre una alfombra y me enseñó. Se sentó sobre una silla y me enseñó. Se puso a hacer el pino y me enseñó. Luego se dio la vuelta y siguió enseñándome. Y al final aprendí tanto que acabé internado en un centro para el tratamiento y rehabilitación de la adicción al sexo. Allí permanecí cuatro meses hasta que me expulsaron por no intentar tocar la cosita de la esposa del director mientras este miraba y se excitaba. Ahora camino sin rumbo por las calles. Ya no me interesan las cositas, ni siquiera las cosas. ¿Sabes? Todo lo que existe, podamos o no verlo, son cosas.
4
Hace algunos años conocí a una chica a la cual le gustaba que le metiera por la vagina figuras de santos talladas en madera. No estoy de broma; ni siquiera tratando de ser grotesco. Es la pura verdad. Solíamos vernos los viernes y los sábados, por lo tanto todos los jueves acudía a una tienda donde vendían artículos religiosos y compraba una talla. El problema era que mi amiga no quería que repitiera nunca con un santo o una santa, así que llegué a convertirme en el mejor cliente de ese establecimiento. Cada vez que entraba por la puerta, el propietario salía de su despacho a recibirme mientras se santiguaba. Luego me invitaba a tomar un café casero que él mismo preparaba y me ponía al día sobre las ultimas noticias ecuménico-piadosas. Por supuesto él pensaba que yo era algo similar a un beato bonachón. Con el tiempo llegó un punto en que mi habitación parecía una iglesia. Un día intenté contar la cantidad de figuras e imaginería religiosa que tenía, pero no pude acabar pues perdí la cuenta cuando llegué al número 509. Pasaron un par de años y mi relación sacra-sexual con esa muchacha llegó a su fin. Un día mientras decidía qué cojones hacía con toda esa mierda mística de artesanía, se me ocurrió que quizá el tipo que me las vendió podría comprarlas otra vez a un precio más o menos comercial y de esa manera ganaríamos todos, así que me dirigí a su establecimiento y ante mi asombro se quedó toda la colección por un precio realmente justo. A día de hoy ignoro en qué hogares se encontrarán dichas esculturas. Lo único que puedo agregar es que nunca limpié ninguna de ellas aunque, afortunadamente, dicen que el flujo vaginal no huele una vez evaporado.
5
Yo siempre follé bien. Por esa razón cuando la fiscalía me acusó de ser un muermo sexual decidí saltar hacía los asientos donde se encontraban todas mis amantes para rogarles que retiraran las denuncias. Pero no pude llegar demasiado lejos, dos miembros de la Policía Judicial (que por cierto pertenecían al sexo femenino) me agarraron con fuerza de los brazos mientras la taquígrafa me arreaba una tremenda patada en los testículos y los espectadores aplaudían con vehemencia. Lo que todos ellos desconocían era que yo estaba allí para transformar sus existencias. Lo que sucedió a continuación es de una demencia tan absolutamente abrumadora que he decidido escribirlo en un documento anexo a éste y que sólo podrá ser examinado cuando libremente me diluya en ácido fluoroantimónico.
6
-¿Y yo quién soy en realidad?
-Un farsante.
-Pero si yo soy eso y tú eres yo…
Era muy guapo. Yo era muy guapo. O por lo menos eso decían las mujeres que me triplicaban en edad. Ahora, con 40 años más encima (y alrededor) soy bastante repelente. Sin embargo las mujeres que me triplican en edad no dicen que soy feo. Seguramente porque están muertas. Eso me quita un peso de encima. Todavía recuerdo cuando algunas de ellas me agarraban con fuerza de la nuca y dirigían mi rostro y mis labios a sus labios… inferiores. Ahora los únicos labios a los que puedo acceder son los que se reflejan en el espejo cuando me miro. Y en numerosas ocasiones están afeados con esas amenazadoras pupas que algunos denominan herpes labial, aunque no dejan de ser meras calenturas.
Corto una rodaja. Corto una rodaja de mi pene e imagino que es una hostia consagrada. La sujeto con ambas manos y con los brazos extendidos hacia el cielo mientras recito los salmos que mi abuela me enseñó a base de hostias sin consagrar. Eucaristía. Tabernáculo. Carne del Señor. El Señor soy yo. Y estoy aquí para atornillaros en el eje del propulsor del rotor perteneciente al succionador sacramental donde se guarda el verdadero Cuerpo de Cristo y la verdadera Sangre de Cristo. Del verdadero falso Cristo. Del Cristo pastor de borregos. Del Cristo al que tuve que sojuzgar. Sojuzgar. Sojuzgar para que todo lo que era antes volviera a ser después… tras… ¡Posteriormente! Todo sucedió en cuestión de segundos. Imaginé que como era tan fácil convencer a los idiotas y el mundo está tan lleno de idiotas… ¡Posteriormente! Adoro te devote, latens Deitas, quae sub his figuris vere latitas. ¡Jesús, creo que tengo una erección! ¿Una erección posterior?
Era muy hijo de puta. Yo era un grandísimo hijo de la gran puta. Ni siquiera me lavaba las manos después de mear. Ahora, varias décadas después sigo sin lavármelas y sin embargo soy un tipo mucho mejor. Pero no me gustaría que alguien pensase que soy un marrano, porque no es cierto. No me lavo las manos después de mear porque de esa manera cada vez que toco a otra persona es como si esa otra persona me hubiese tocado el pene. Y a mí, como hombre, como macho henchido de virilidad, me encanta que me lo toquen. Pero por algún motivo ya nadie me lo toca. Y si consigo que alguien me lo toque o me lo manosee, me cuesta una pasta. Una pasta de la que no puedo disponer sin antes emitir un pagaré. Y los pagarés que yo firmo casi siempre son un «no pagaré», por lo que con cierta frecuencia acabo en los hospitales católicos, donde las monjas canturrean salmodias mientras curan las enfermedades venéreas.
-¿Y tú quién eres en realidad?
-Un farsante.
-Pero si tú eres eso y yo soy tú…
Greg