Email del 9 de febrero 2023

El Greco. Las lágrimas de San Pedro (1600)

Querida:

Recordarás que hace algunos años te comenté por medio de otro descangallante email cómo mi dentista se estaba construyendo un chalet adosado de 600 metros cuadrados gracias a mis innumerables ortodoncias e implantes. Pues bien, esta mañana dicho creso sujeto me ha invitado a la mansión -ya prácticamente terminada- y me la ha enseñado de arriba a abajo y de derecha a izquierda. En un momento dado, mientras me demostraba cómo es capaz de regular desde el teléfono móvil la intensidad y el color del chorrito del bidé, he sentido ganas de desaparecer, pero no de su palacio, sino del tercer planeta de nuestro sistema solar. Quizá no seas capaz de advertirlo, pero me encuentro bajo una fuerte (de)presión. Es posible que si me tomara las cosas de diferente manera fuera capaz de recomponerme hasta cierto punto, pero no creo que tratando de modificar comportamientos mecánicamente adquiridos pueda llegar a vislumbrar una extraordinaria transformación existencial. ¡A fin de cuentas mis días y mis noches están numerados! Y aunque pueda haberme descontado en un par de ocasiones, estoy completamente seguro de que no pasaré de los 98 o 99 años. Hasta entonces, todavía me quedan un montón de realidades concretas y apariencias abstractas a las que oponerme con toda la fuerza que permita mi intrincado carácter.

Cuando no existía, quiero decir, cuando todavía yo no había nacido, las cosas no me resultaban tan desquiciadamente jodidas y absurdas. Seguramente porque no existía, por lo tanto no era y no estaba. Existir implica disgustos y preocupaciones, claro que no existir conlleva oscuridad penetrante y desarreglos emocionales y problemas de inadaptación para lidiar con esa ausencia total. Pero, si existir es una forma de preparación para una próxima no existencia, entonces, ¿para qué cojones existimos? ¡Joder! ¡No entiendo una puta mierda! Me gustaría tanto que alguien me lo explicase. Aunque fuese un mudo. Dicen que la muerte es el principio. También dicen que un clavo saca otro clavo. No sé, mis conocimientos de bricolaje, construcción y decoración son muy deficientes, quizá por esa razón solo soy un jodido ignaro de mierda y no consiliario o incluso corifeo de Brico Dépôt o Leroy Merlin.

Por favor, ahora necesito que te concentres y me prestes mucha atención. Hace un par de décadas, puede que más, se me apareció algo que decía ser Simón bar-Jona (aka san Pedro). Como dudaba seriamente de sus intenciones, le dije que tenía un poco de prisa y la etiolada visión se esfumó. Mientras la pretendida imagen del santo se desintegraba , sentí unas enormes ganas de tocarme los testículos con cierta delectación, pero no lo hice por temor a que algún cordero de Dios trotara hasta el Vaticano para chivarse y el Papa me excomulgara. Por esa razón me hice apóstata, para poder tocarme mis partes íntimas e intrínsecas cuando me diera la real gana. Sin embargo, todavía no me siento libre y cada vez que me froto los huevos, sea o no en plan sicalíptico, envío una notificación certificada y urgente a la Santa Sede.

¡Sí! Me siento repleto de vacío y mis amigos lo notan. Desde hace unos meses me llaman «Ternerito López». Eso me desanima. Y cuando estoy muy abajo me cuesta horrores remontar la pendiente. Generalmente entrando en vaginasdepiladas.com suelo volver a ser yo, pero desafortunadamente esa web ha cambiado su nombre y sus percepciones. Ahora se llama chichispeludos.es y navegar por ella ya no me sienta tan bien. Creo que debería esperar a «el pescador» (aka san Pedro) de nuevo. ¡O lo que fuera esa rugosa visión! Y si no se vuelve a aparecer, quizá debería pegar un par de lamidas al cactus Echinopsis pachanoi, también llamado cactus de San Pedro y esperar a que suceda algo. Cualquier cosa.

Ternerito López