Email del 13 de febrero 2023

Alesia Lund. Mosca (2010)

«Me encontraba tratando de desentropiar -en la medida de lo posible- la fase vulnerable e infantil en la que me encontraba desde hacía un tiempo, cuando noté un cambio brusco en la dirección de mi sombra. Estaba claro que alguien había movido la lámpara de pie, de estilo moderno, que iluminaba la habitación desde atrás. Me giré y pude ver que no había nadie. La puerta seguía cerrada y la ventana ni siquiera existía, ya que el arquitecto que diseñó el edificio llegó a la conclusión de que los ventanales no eran indispensables en algunas habitaciones. Cuando empezaba a creer que mis nervios me jugaban malas pasadas escuché un ruido ahogado, más parecido a un zullón que al sonido que se produce de forma espontánea cuando se interrumpe un éxtasis existencial».

El texto anterior está escrito por una mosca usando el método güija, pero sin vaso ni invocación a los muertos o al diablo. Trataré de explicarme mejor, o lo que es igual, trataré de demostrar que la «Teoría molimiente» desarrollada por mí durante años siempre acaba confirmándose total o parcialmente.

A las siete de la mañana de ayer atrapé una mosca macho y comencé a molestarla de forma realmente avasalladora y continua durante 13 horas. Sobre las 12 de la noche, cuando me pareció que el insecto estaba a punto sufrir un ataque convulsivo y de agitación psicomotriz, le obligué a que escribiera un cuento corto, de por lo menos siete u ocho mil caracteres. Como un bolígrafo es demasiado grande para ser manejado por un díptero tan pequeño y el teclado del ordenador, por lo menos mi teclado, necesita una fuerza dactilar considerable, inferí que lo mejor era poner a la víctima sobre un tablero de güija y que por medio del desplazamiento corporal fuera redactando su texto, que además debería tener cierta calidad y ser decididamente creíble. Necesité armarme de valor y paciencia pero al trigésimo tercer intento la mosca lo consiguió. Lamentablemente no pudo terminar la historia porque en un momento determinado le falló el corazón y murió.

Si mis investigaciones hostiles e incomodantes sobre los pequeños animalillos no son interrumpidas por un futuro cataclismo zombi o incluso el temido Big Crunch, espero llegar a cotas inimaginables para cualquier cerebro con un CI menor de 201. Claro que también soy consciente de que mi delicado estado de salud puede pasarme factura en cualquier momento, por esa razón he recopilado todos los resultados de mis experimentos en cinco cuadernos a los que he titulado Las certezas de los rumores (parte I, parte II, parte III, parte IV, parte V) y que a partir de mañana pueden ser consultados en forma de transcripción críptica en mi página web.