
Querida:
Mi contribución global, es decir, la mía sumada a la de mis otros yo, ha supuesto la apertura de incalculables posibilidades para la evolución nadal, ya sabes, de la maldita y jodida nada, pero también para la lamentación anal. No olvides que yo fui el primer ignorante que se atrevió a proclamar que en el ano suceden cosas muy extrañas. Pero no quiero escribir sobre ese tema, pues nunca hago amigos -ni siquiera amiguitos- con él. Por el contrario me gustaría relatarte lo que sucedió el día que me bajé los pantalones y los calzoncillos en una rectoría, pero me llevaría mucho tiempo y tendría que intentar recordar cómo empezó todo. Por esa razón he decidido no escribirte nada más por hoy.
Greg
PD:
La rectoría estaba llena de rectores.