
Los siguientes cuatro textos, aparentemente inconclusos, aparecieron bordados en cuatro de mis calcetines durante cuatro días consecutivos hace un par de lustros. A fecha de hoy se desconoce la identidad tanto del autor o autores como del bordador o bordadores.
Primer texto inconcluso aparecido bordado en un calcetín.
Mis últimos días han sido una especie de continuación de sus propias noches. Por supuesto, que me haya convertido en una clinofílica anuente no justifica absolutamente nada, sin embargo, de alguna forma lo explica todo. Pero intentaré ser lo más explícita posible sin tener que mostrar la vagina abierta. Todo comenzó el día que Irimiás salió del libro de László Krasznahorkai. En ese instante yo estaba meditando sobre las cloacas y los sumideros. Lo recuerdo perfectamente porque desde hace 25 años solo reflexiono sobre cloacas y sumideros. En un momento dado, cuando casi estaba llegando a un razonamiento no demasiado dialéctico, escuché lo que en ese instante me pareció una concatenación extraña de ruidos y ruiditos separados unos de otros por un cuarto de milisegundo. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que tanto Eberarda como su primogénita, Eberardita, las vecinas con obesidad mórbida que viven en el segundo B, habían explosionado. Pronto me di cuenta de que me había equivocado, pues vislumbré a Eberardita tendiendo uno de sus sujetadores del tamaño de un portahidroaviones. (Continuará próximamente en otro calcetín).
Segundo texto inconcluso aparecido bordado en un calcetín.
Complementé casi 400 palabras. Luego comencé a sentirme bastante mal, así que me tragué dos comprimidos de Pepto-Bismol. Permití que el medicamento hiciera efecto regalándole media hora de mi día y volví a la complementación de vocablos suplementando 700 más. Cuando terminé de añadir decidí detraer. Sin embargo cuando estaba a punto de comenzar, opté por adicionar o anexionar 24 sufijos a 24 de las 1100 palabras complementadas. El resultado me pareció poco concreto y merecedor de mi propia conformidad. El problema es que en ese instante no me apetecía una puta mierda aprobarme. Ni siquiera reprobarme. Por lo que al final resolví que lo mejor que podía hacer era «descomplementar» los vocablos complementados. Incluso aunque la palabreja «descomplementar» no estuviese registrada el en diccionario. ¡Amo tanto los prefijos! ¡Tanto como odio los sufijos! Al final de la jornada tenía casi 900 vocablos «descomplementados». Me sentía henchido de alegría. Sabía que era cuestión de poco menos de tres horas lo que me llevaría «desdeducir» los 200 términos restantes. (Continuará próximamente en otro calcetín).
Tercer texto inconcluso aparecido bordado en un calcetín.
Me prometí con Estifina, porque su padre me juró que su hija había sido testada moral y emocionalmente cada dos años desde que se convirtió en mujer. Debo admitir que soy una persona desconfiada por naturaleza, por esa razón no me sorprendió que a pesar de la cara de pocos amigos que lucía el progenitor de Esti, me atreviera a pedirle, casi ordenarle, que me dejara inspeccionar cada uno de los documentos que legitimaban dichos test. Al contrario de lo que creía, el tipo se dirigió hacia un mueble repleto de cajones y abrió el segundo de la derecha, removió su interior como si fuera una lavandera restregando unas enaguas sucias y sacó un puñado de papeles grapados por el lado superior izquierdo. Me los entregó reverencialmente y se retiró en silencio hacia una esquina que parecía cualquier cosa menos una esquina. Me disponía a revisarlos más o menos concienzudamente, cuando me vino a la cabeza la maldita realidad: me importaban una mierda, tanto los jodidos folios mecanografiados como el padre y la hija. Si estaba allí en ese preciso instante era porque sentía otra vez la imperiosa necesidad de matar a pares. ¡Y ellos eran dos! Recuerdo que estaba sacando la faca del bolsillo cuando escuché el ruido de unas llaves. Se abrió la puerta y entraron Escofina, la madre de Estifina, y 27 mujeres más que habían dejado lo que se suponía debían estar haciendo para venir a conocer al novio de Esti, o sea, a mí. Por supuesto volví a guardar lo poco que había sacado del puñal y me puse a besar a todas mientras algunas me daban golpecitos en los hombros y me felicitaban efusivamente. (Continuará próximamente en otro calcetín)
Cuarto (y último) texto inconcluso aparecido bordado en un calcetín.
Me encontraba recitando el ducentésimo segundo ensalmo prescrito por Zancafina, el medicastro ensotanado del alfoz, cuando me di cuenta de que mi vida se estaba yendo al garete a una velocidad hiperlumínica. Sin embargo, en lugar de poner punto final a una existencia plagada de aojamientos, desdichos y oraciones corrompidas, decidí que lo único que podía hacer, dada las circunstancias, era convertirme en líder supremo, lo que equivalía a tener el poder inalterable para aterrorizar a cualquier chisgarabís perteneciente a la orden. Y eso es exactamente lo que hice, aunque me costó más tiempo de lo previsto inicialmente.
Pero por favor, permitid que omita todos los sucesos que siguieron a mi toma de conciencia, si es que en realidad mi cambio fue debido a un entendimiento de mis propias responsabilidades o simplemente un acto gratuito de perversidad y egocentrismo a partes iguales. Digamos que coincido con el Bartleby de Melville y preferiría no recordar ciertos hechos. Han pasado 55 años desde que me transfiguré en líder espiritual y 54 desde que tuve que huir para salvar mi vida. Ahora, convertido en un abuelito de aspecto angelical, con una larga y espesa barba blanca papanoeliana y con tres nietos a mi cuidado a tiempo parcial, solo puedo agradecer a mi mala pretérita suerte -siempre que definamos a la suerte como un encadenamiento de acontecimientos (más o menos) accidentales o involuntarios- mi magnífica y esplendorosa felicidad actual. (No continuará jamás en ningún otro calcetín)