Email del 29 de mayo 2023

George Hayter. Coronation portrait of Queen Victoria (1838)

Inspiré pacíficamente mientras contraía los abdominales. ¡No, no estaba haciendo yoga! Intentaba esconder el barrigón delante de las mujeres. Y en ese momento me encontraba frente a 458 señoras y señoritas, aunque fui totalmente incapaz de distinguir a unas de otras. De pronto, la presidenta solicitó silencio mientras la ponente principal se acercaba a la tribuna al mismo tiempo que se ajustaba el vestido con la mano izquierda.
—Me llamo Silvia Solero y estoy aquí para presentaros a este espécimen de macho mezquino, egoísta, vicioso, mentiroso, posesivo, tacaño, rencoroso, agresivo, cobarde, cruel, hipócrita, infiel, tramposo, violento, inseguro, vengativo, vago, torpe, pesimista, irrespetuoso, perdedor, egocéntrico, maleducado, aburrido, vanidoso, ignorante, desconsiderado, indiscreto, pedante, repetitivo, corrupto, suplicante, influenciable, materialista, torpe e imbécil. ¡Además de feo!
Por supuesto, ese tipo era yo.
—Colegas, asociadas y amigas. ¿Qué deberíamos hacer con esta «cosa» con forma más o menos humana? Algunas de vosotras ya me lo habéis comunicado unos minutos antes de entrar en la sala, y por los rostros de la inmensa mayoría, estoy completamente segura de cuál es la respuesta. Lo primero que voy a hacer es pedir a las compañeras de intendencia o de seguridad que acerquen a dicho infrabípedo ibérico aquí, justo donde me encuentro yo. ¡Así! Muy bien! ¡Gracias compañeras! ¡Vale! Ahora me gustaría que alguna de vosotras subiera al escenario y le bajara los pantalones y los calzoncillos para que se sienta más vulnerable. Todas sabemos que los machos misóginos se…
—¡Por favor! ¡Suéltenme! ¡Esto es una pesadilla! —grité mientras intentaba zafarme de las ligaduras.
—¿Quieres que te suelte? ¡Pobrecito! Amigas, ¿lo soltamos? ¿Le ofrecemos la libertad?
La respuesta fue un no tan rotundo que casi me asfixia, pero decidí hacerme el duro.
—¡Yo no os he hecho nada! ¡Desatadme, bolleras!
—¿Nos ha llamado bolleras o es que he escuchado mal?
—Las 458 cabezas asintieron mientras gritaban lo que se debía hacer conmigo.
—Compañera, bájale los pantalones y la ropa interior. ¡Ahora! No escuches sus despropósitos ni sus falsos lamentos. Este sujeto ya no volverá a someter a…
—¡Nunca he sometido a ninguna mujer que no hubiese pedido que la sometiese antes! ¡Lo juro por Dios!
—¿Ves estas hojas? Están repletas de todos tus delitos. Delitos por los que hoy serás sacrificado.
—¡Malditas marimachos bastardas! Os juro que si me desato os…
—No podrás hacerlo. ¡Oh! ¿Eso es un pene o un divieso?
En ese instante las carcajadas traspasaron los tabiques y se difuminaron en pequeños segmentos. Segmentitos, supongo que podrían llamarse.
—¡Subidme los pantalones! ¡Soy inocente! ¡Soy inocente!
—Señora presidenta. Colegas, asociadas y amigas. Ahora voy a proceder a cortarle el miembro con esta daga filosa, pero antes necesito que alguien me acerque una lupa. Por favor, sí, sí, gracias. Aquí está la lupa. Muchas gracias, amiga.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Mamá!
El corte no me dolió demasiado, pero sentir la sangre descendiendo por mis piernas fue una de las experiencias más espantosas de mi vida hasta ese momento.
—¡Mirad mi mano! Esperad, así. ¿Lo veis mejor ahora? Esto, esto era su cerebro. Ahora no es más que un guiñapo sanguinolento. ¿Quién de vosotras quiere llevárselo para alimentar a su perro?
Todas, absolutamente todas tenían perro.
—Luego lo sortearemos. Ahora, mientras este medroso ordinario se desangra vamos a entonar el amado himno de nuestra sociedad. ¿Os parece bien? Con su permiso, señora presidenta,¡comencemos!

La letra de la canción era tan reiterativa y previsible que una especie de fuerza todopoderosa e intolerante a la música monotonal se concentró dentro de mí. No me costó ni un microsegundo arrancarme las bridas de los brazos y pies. Al sentirme libre lo primero que hice fue coger a la señora ponente principal del pelo y arrojarla a varios metros de distancia. Luego cogí mis pantalones y mi pene del suelo y metí este último en un bolsillo. Para entonces tanto la presidenta, las ponentes y la mayoría de señoras y señoritas habían abandonado la sala aterradas. Me senté sobre la tarima y me fumé un cigarro imaginario que me produjo tos. La tos me ocasionó apnea y la apnea me obligó a abrir los ojos y mirar de refilón el despertador.