Email del 28 de junio 2023

Yinka Shonibare. Trumpet girl (2018)

Recuerdo que de las paredes de su casa colgaban multitud de instrumentos musicales, sobre todo sarrusófonos, helicones, heckelfones y fliscornos. Cuando le pregunté si sabía tocarlos todos se encogió de hombros y puso una cara muy graciosa. Le volví a arrojar la pregunta como si fuera un flotador y entonces contestó que no, que pertenecieron a su exmarido, un músico que tocó en algunas de las mejores orquestas sinfónicas del planeta. Como yo soy de los que interrogan e interrogan hasta llegar a un punto decididamente odioso, insistí en conocer el motivo por el que se los había dejado a ella. Su respuesta fue determinante: falleció cuatro años antes, por esa razón me había dicho que eran de su ex. Y añadió que si quería follármela, y veía en mis ojos que sí, que me quitara la idea de la cabeza, pues se estaba reconvirtiendo a pasos agigantados en una valiente misoandriática (sic). Obviamente yo negué con la cabeza que esa fuera mi intención, pero ella respondió quitándose la blusa y el sujetador a una velocidad supersónica. Luego se despojó del resto de ropa y me ordenó que le metiera la boquilla de uno de los fliscornos, el que yo quisiera, por la vagina. Así lo hice, creyendo que era una forma de masturbación realmente extraña, sin embargo, y lo que es más importante, sin solicitarme el nombre de una pieza musical, comenzó a tocar un solo extraordinario. ¡Con el chichi! Por supuesto, y según me susurró telepáticamente, perteneciente al Concierto para fliscorno en re mayor compuesto por Gregory Mazarrón, su exmarido y único hombre al que había amado en la vida.

Cuando terminó de interpretar la pieza aplaudí, vitoreé y pedí un bis que me fue denegado. Ella se vistió y me echó de su casa sin miramientos.