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| Friedensreich Hundertwasser. The right to dream (1987) |
Los reflejos de la luz que entraban por la ventana se transformaron en algo semejante a un bailarín de Butoh huyendo de la impermanencia subliminal, casi atávica. Cuando me levanté de la cama, lo primero que hice fue maldecirme a mí mismo por haber arrojado las cortinas por la misma ventana el día anterior. Sin embargo una desequilibrada idea me taladró la cabeza: entraría por la fuerza en casa de mis vecinos, los asesinaría a todos, incluido al periquito, y robaría sus cortinajes. Si no lo hice fue porque de repente me di cuenta de que ni yo, ni los vecinos, ni el perico, y mucho menos las cortinas de los cojones, existíamos. Se trataba de un caso bastante elemental de sueño de ebrio. Algún jodido dipsomaniaco se encontraba durmiendo la mona e imaginando personajes que en realidad no existían. Cuando reparé en la injusticia existencial a la que se nos sometía a los protagonistas del jodido sueño, sobre todo a mí y a los pretendidos vecinos -el psitácido no contaba, pues era parte de lo que podríamos definir como daños colaterales de la ficción- decidí que ya había tenido bastante e invoqué al Gran Cuat-rrem (no confundir con cuatrirreme) y su brazo ejecutor Quin-rrem (no confundir con quinquerreme), ambos, azotes de los dosdosdos (mamados intoxicados y alucinados). Pero no sucedió absolutamente nada. Supongo que ambos exterminadores tampoco existían y no eran más que unos putos personajes de mi propio sueño dentro del sueño del maldito borracho.
