Email del 8 de noviembre 2010

 
 

Paul Cézanne, «Nature morte au crane» (1895)

 

¿Por qué las manzanas saben a alpargatas viejas?
 
Cuando solamente era un chiquillo, y de eso hacen muchos, muchos años, no había nada que me gustara más que subirme a un árbol frutal y comerme una sabrosa y jugosísima fruta. Algunas veces no me apetecía trepar a un árbol y las compraba en la frutería más cercana. El sabor era el mismo y la sensación era realmente placentera. Claro que eran unos tiempos en los que las peras sabían a peras y las manzanas a manzanas. Unos tiempos en los que mantener un gajo de naranja en la boca era un pasaporte al orgasmo de los sentidos. Lamentablemente, los tiempos pasados no regresarán nunca mas y, mientras tanto, estamos casi obligados a tragar alimentos naturales que tienen sabores francamente repugnantes. Fresas que saben a higadillos de Stegosaurus, melocotones con sabor a plantilla de zapato muy usado o ciruelas que producen efectos secundarios muy extraños al que las consume. ¿Dónde está la calidad? ¿Qué le están haciendo a los árboles? ¿Acaso los riegan con alcohol etílico o ácido nitroso? ¡Quiero comer frutas con su sabor originario. ¡Y las quiero ya! Estoy completamente harto de zamparme manzanas reinetas, golden, delicious y fuji nauseabundas. Me crispa los nervios llevarme a la boca naranjas mavel, sangre o blancas que escuecen. No puedo soportar las mandarinas satsuma, clementinas o hibridadas que tienen unos colores tan hepáticamente irreales. Y la lista sería infinita. Podríamos pasar de las frutas a las hortalizas o a los tubérculos o incluso a cualquier tipo de verdura. El resultado siempre es el mismo. Nos venden una cosa pero el resultado es otro. ¿Qué diferencia hay entre comer un pomelo o chupar el culo de una vaca? Ninguna. Incluso podría admitir que lamer el trasero de un buey es más sabroso y nutritivo que ingerir algunos alimentos que están a la venta en los grandes supermercados o ultramarinos de barrio. Llegados a este punto, podríamos hacernos una pregunta fundamental: ¿Cuál es la solución a este nadir alimenticio? La respuesta es difícil, pero creo que pasa por no comprar absolutamente nada de comida y dedicarnos a engullir tocones podridos, hojarasca casi descompuesta, alguna que otra piedra extraída entre los aluviones del pleistoceno y ladrillos del número 6 recién cocidos.
 
Hace un par de semanas un buen amigo mío vino gritando de excitación a mi casa. Una vez calmada su ansiedad me contó que acababa de comprar un melón que tenía un magnífico sabor. La única pega era que tenía un cierto regusto a sandia, pero a sandia de primerísima calidad. Me indicó en qué tienda la había comprado y rápidamente la visité. Era bastante amplia y estaba esplendorosamente  iluminada por el sol que se filtraba por las ventanas. Los estantes rebosaban de frutas de todos los colores imaginables y un halo de esperanza inundó mi cínico y viejo corazón. Desafortunadamente, ya no quedaban melones, así que compre una piña y medio kilo de higos. No os puedo relatar con qué celeridad regresé a mi dulce hogar a dar buena cuenta de tales manjares. Pero después de dar el primer mordisco a los higos y notar que sabían a aguacate pasado, mi alegría bruscamente volvió a la pura realidad. Y no mejoro mi humor cuando ese mismo día, unas horas después, ataqué la piña que tenía un característico sabor a patata pisada por un regimiento de pontoneros.
 
Ya no tengo ganas de seguir despotricando sobre este lamentable tema. Necesito comer algo y recuperar fuerzas para el día que se avecina. Hoy desayunaré medio libro antiguo y unas pocas arandelas de plástico.