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| Glenn Brown, Lemon Sunshine. 2001 |
Hola:
Después de las acostumbradas maldiciones de medianoche, dedicadas al dios de la decrepitud, me senté en mi despacho y decidí escribir un mini cuento en tercera persona. Al principio no estaba totalmente seguro sobre el argumento a desarrollar, pero al cabo de unos diez minutos este se materializó en mi cerebro y no tuve ningún problema en vomitarlo sobre la hoja de Microsoft Word 2010.
«Vicente García, postrado en su cama de madera de ébano con incrustaciones en nácar, no podía seguir soportando aquellos terribles dolores. Un grano, de casi dos centímetros, repleto de grasa amarillenta y situado en la punta de su nariz le estaba volviendo loco. Al principio, pensó en amputársela con un cortaúñas y dársela para desayunar a su perro Max, pero en cuanto lo meditó un poco, llegó a la conclusión de que Max no existía. Nunca había tenido mascotas, pues a la bruja de su mujer le molestaban. Mientras decidía que era preferible, si reventar el forúnculo o cercenar la nariz, sintió deseos de levantarse e ir corriendo, aunque por supuesto con una tirita en la napia, a comprar un buldog inglés a la tienda de animales más cercana. Pero no pudo hacerlo. Sus piernas habían desaparecido. Intentó gritar, pero de su boca sólo salió un estertor difuso, más parecido al ruido que emite un vendedor de lotería con cáncer de laringe que a un aullido humano. -¡Quizá todo es un sueño, sí, mañana me despertaré y todo volverá a la normalidad! -pensó mientras trataba en vano de llevarse los brazos a la cabeza; pues sus miembros tampoco existían, ni su torso, ni siquiera la cabeza. Sólo un grano infecto, cubierto de pus que reía como un poseso y que se desplazaba reptando sobre la cama. La cama de madera de ébano.»
Intenté releer mi cuento para corregir el estilo, pero al final decidí que no valía la pena perder parte de mi tiempo en una relectura inútil que no iba a llevarme a ningún lado, así que me acosté, apagué la luz y me dispuse a relajarme en los brazos de Morfeo. Generalmente suelo pensar en cosas agradables, como olas golpeando rocas o a mi vecino sufriendo una hemiplejia fatal, pero por algún estúpido motivo, no podía concentrarme en las ensoñaciones y el desvelo total estaba ganando la batalla. Un dolorcillo localizado en cierta zona de mi cara enviaba furiosas sensaciones nerviosas a mi cerebro angustiado. La nariz me molestaba; me puse la bata con el logotipo de Dartacan cosido al bolsillo superior y me dirigí al aseo. Encendí la luz y me coloqué delante del espejo. Lo que reflejaba no me dejó nada satisfecho. Un grano repleto de grasa amarillenta y situado en la punta de la nariz me estaba volviendo loco. Al principio pensé en amputármela con un cortaúñas y dársela para desayunar a mi perro Max, pero en cuanto lo medité un poco llegué a la conclusión de que Max no existía. -Espera, esto ya lo he vivido antes- pensé mientras trataba de llevarme en vano los brazos a la cabeza; pues mis miembros tampoco existían, ni el espejo, ni siquiera yo. Sólo un grano infecto, cubierto de pus que reía como un poseso y que se desplazaba reptando sobre los sueños y que de alguna forma no significaba absolutamente nada.
Un abrazo
