Segundo email del 15 de enero 2013

Elisabeth Sonrel, Our Lady of the cow parsley. S. XIX

Hello, it´s me again:

Hace un rato me han presentado a una simpática y dinámica ramita de perejil. Al principio me ha desagradado su aspecto estirado y su pose de diva altanera y satisfecha, pero al cabo de unos minutos me he sentido prendado de ella y me la he llevado a casa. Ahora la tengo en un vaso de agua mineral, pero dentro de un rato la descuartizaré con unas tijeras de cocina y esparciré sus mutilados trozos sobre una rodaja de merluza. La quiero con todo el amor que la naturaleza caprichosa me autorice a desperdiciar pero, al mismo tiempo, soy consciente de que me sirve para otros fines. Soy humano, es decir, interesado, previsible e hipócrita, y como tal, no puedo dejar que las emociones influyan sobre los hechos; también me considero práctico, así que en lugar de adorarla como a una Diosa y colmar sus deseos manteniéndola con vida, he decidido sacrificarla en beneficio de mi salud física. Creo que podríamos haber sido muy felices caminando juntos por la playa o tumbados entrelazando nuestros brazos y ramas bajo la noche completamente tachonada de estrellas, pero no puedo permitirme el lujo de ser un inconsciente. Me la comeré, y la degustaré con un placer escabroso, mientras una lágrima de cocodrilo se desliza sobre mi mejilla. No existe mayor deleite que comerse a la persona que amas… Bueno, es una suposición, nunca me he comido a nadie, pero todo es empezar. Podría hacerme llamar «el caníbal de Benimaclet» y pasar a la historia ocupando titulares de prensa y entradas de blogs dedicados a serial killers. Pero caray, sólo es un puto vegetal. No piensa, no se ríe, ni siquiera es consciente de su pasado, presente o futuro. Fue creada para acabar condimentando un alimento, y otro final diferente hubiera sido un epitafio insulso para la verdulera que con aspecto henchido de falso gozo me la regaló.

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