Email del 21 de enero 2013

Agostino Arrivabene, Lo psiconauta. 2007

Hola:

Me siento viejo, cansado y sin ideas, así que cuando me hablo a mí mismo sólo escucho el sonido de las campanas agrietadas que repiquetean en alguna parte del cerebro. Sé que no es el momento adecuado para sembrar más dudas, ya que acepto el silencio que rodea cada uno de mis innumerables actos como un mal menor dentro de un conjunto absurdamente preciso. Intento seguir hacia delante; a veces lo consigo, pero aún así, no puedo dejar de pensar en la sensación de euforia que experimento cuando caigo.

Trato de mantener alejada a la inseguridad, que de alguna forma predetermina las emociones, pero ésta, en lugar de concentrarse en un punto indefinido, alimenta el falso horizonte que se dibuja en cada reflejo, cada sombra o incluso dentro de mi carne. No soy más que una parte de la inmensidad imaginaria, una extensión mal delimitada, un suceso previsible aunque distante, sin embargo, no puedo de dejar de complacerme ante la absoluta dejadez que me provoca el género humano, ese mal supremo que descompone y degrada cada uno de los días, y algunas de mis noches.

Estoy petrificado, puede que en un peldaño inferior, pero es algo que no me importa demasiado. Soy un equilibrista parapléjico que detesta la tensión total del alambre. Cuando nadie me mira, saboteo el presente. Me encuentro a años luz de la pasión, la misericordia o la condescendencia. Soy un pirado, y viajo por las mentes de los absueltos o protegidos a la velocidad de la luz. No puedo detener la corriente. ¡No debo detener la corriente!

Y desde el mismo instante en que mi madre hizo un supremo esfuerzo para liberarme de la prisión amniótica, sé que mis días están agotados. Me siento como un alacrímico al que han condenado a sollozar; sin sensaciones imprecisas revoloteando la corteza cerebral, sin las sincronías paralizantes y oblicuas que determinan el carácter, en definitiva, sin las interferencias primitivas que aprisionan la lógica.

Un saludo.