Email del 22 de enero 2013

Louise Bourgeois & Tracey Emin, Come to me. 2008

Querida:

Un individuo solitario está sentado en el borde de un precipicio. La fuerza de su inconsciencia le ha llevado allí. Durante unos segundos estudia el abismo que debería engullirlo y al mismo tiempo librarlo de esa serie de repeticiones inalterables que conforman la vida. Mientras decide su futuro, sus ojos observan y analizan la inmensidad de la Creación que le rodea y que amenaza con purificar sus pensamientos suicidas desvirtuados. Durante un lapso de tiempo indeterminado, se siente insignificante y libre. El vacío que se escondía en sus silencios desengañados cobra un nuevo significado. Por primera vez se siente liberado de la sensación que le oprimía y una sonrisa esperanzadora desdibuja su angustia y su miseria, aunque está convencido de que debe morir para justificar su pasado. Intenta deslizarse hacia la oscuridad de la caída pero una fuerza redentora e invisible se lo impide. Avergonzado, trata de escapar del bucle en que se ha convertido su existencia y decide reconducir su aquí y ahora… Inesperadamente, sufre un ataque prolongado y salvaje de hipo que paraliza su diafragma. Y muere.

Seguramente te avergonzará la última línea, pero el singultus o hipo existe y debe ser exaltado como lo que es: un padecimiento absolutamente imbécil, digno de protagonizar cualquier deceso inesperado, y sobre todo, una fuente de hilaridad sublime para cualquier escritorzuelo de chistes de bar. En algún lado he leído que Dios padecía de hipo persistente y que para olvidarse del problema que atenazaba sus aires de grandeza imaginaria, decidió crear al hombre, y al comprobar que a pesar de todo las contracciones espasmódicas, involuntarias y repetitivas de ese maldito músculo que separa la cavidad torácica de la abdominal continuaban, le regaló a este una compañera con la que saciar la lujuria y al mismo tiempo una esclava para que le enjuagara los calzoncillos y elogiara el tamaño de su miembro viril en estado de excitación máxima. Pero, como suele suceder en estos casos, algo falló: la mujer se negó en redondo a recoger sus calzones sucios y desgastados del suelo y progresivamente aprendió a procurarse placer con la fruta que crecía en el árbol prohibido, hasta que llegó un momento en que este tipo ruin y despreciable convenció a la serpiente que vigilaba el paraíso para que le hiciera una felación rápida pero reconfortante, con la promesa de instalarla en un pisito bien acondicionado y con todos los gastos pagados. Y mientras todos estos hechos se desencadenaban sin una lógica aparente, el Ser supremo, omnipotente, creador y señor del Universo tuvo que inventar a toda velocidad una farmacia celestial para que le dispensaran Proclorperazina sin receta médica.

La verdad es que prefiero sufrir los rigores del hipo agudo durante toda una vida, a escuchar una conversación entre una peluquera y sus clientes o un discurso de Mariano Rajoy. Aunque escuchar a una peluquera comentar el último discurso de nuestro idolatrado presi con sus clientes puede llegar a ser incluso letal. Siento ser tan extremista con mis opiniones, y más si se trata de menospreciar a un tipo como él, creado por y a semejanza de ese Dios exultante de gozo, que quiso que padeciésemos lo mismo que él había soportado con sus problemas fisiopatológicos, cuando al principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.

Un saludo.