Email del 25 de enero 2013

Marcel Duchamp, 50 cc d’air de Paris. 1919

Hola:

Puedo doblar el aire. Puedo mojarlo e incluso trepanarlo. A veces lo guardo en una cajita vieja de madera a la que he practicado unos agujeritos para que escape. Cuando me siento decaído lo trato con desdén, ludibrio o indiferencia, pero siempre sé cuando debo detenerme, y entonces, lo acaricio suavemente con las pestañas del apego. Nunca lo maltrato; quiero decir que nunca le hago daño físico. Entiendo su posición equivalente dentro de un cosmos ordenado y armonioso que se expande. A menudo mantengo conversaciones eternas con él, aunque siempre se mantiene distante, calculador y precavido. Le he comprado una correa de terciopelo con un enganche cromado y lo paseo por la calle. No me importa demasiado lo que la gente pueda pensar. Es mi aire y lo disfruto de la misma manera que un exégeta interpreta un texto folológico. Puedo nimbarlo, ungirlo y entronizarlo. Me gusta presenciar como riela, como fulgura o resplandece. Como amariza, como empata o infatúa  Cuando pìerde la paciencia lo apapacho con cuidado, intentando que evalúe los motivos, pero defendiendo y razonando sus dudas, sus temores y sus recelos. Un día lo expuse a la zarracina y se constipó. Me sentí culpable durante varias horas, hasta que llegó un momento en que no lo pude resistir y lo tendí del revés en una cuerda, pero se arrugó y las marcas de las pinzas lo sumieron en una depresión de la que no pudo librarse hasta que le regalé un copihue rojo.

Un saludo.

PD: Es posible que pienses que soy un pedante por utilizar palabras raras o poco usadas. En el pasado he utilizado esta técnica y así me lo has hecho saber, porque para mí es una técnica, un ejercicio vandálico y una especie de vapuleo terrorista al idioma castellano, al que muchos tratan de aniquilar ensalzando sus gruñidos onomatopéyicos y desquiciados o simplemente, escondiendo el diccionario debajo de la cama, junto al orinal que rebosa con sus frustraciones y fracasos. También, y tú que me conoces estarás de acuerdo, es la interpretación traviesa de un actor sin método y zumbado, perpetrada, compuesta y transcrita por un idiota introspectivo que se hunde, y que no quiere detener el proceso. Sí, me hundo, pero es mi problema. Quizá debería decir que ya estoy sepultado en la mierda…