![]() |
| Agostino Arrivabene, Martyrium. 2011 |
Querida:
Si por cada día malgastado me dieran un rábano, ahora podría ser el dueño de la verdulería más grande de mi ciudad. Detesto con todas mis fuerzas el sabor ligeramente picante de los rábanos, y también su forma o aspecto, pero me siento frustrado e insatisfecho por el tiempo perdido, las jornadas irrecuperables, y sobre todo, por haber sido tan tonto como para no darme cuenta de que obraba de una manera tan necia e imprudente. Al mirar hacia atrás, no puedo dejar de sentir un dolorcillo en las cervicales que me recuerda que sólo hay que concentrarse en el presente; pero este me parece frío, irreal, una especie de sueño perturbado invadiendo el cerebro sosegado de un inconsciente. Podría empezar a esbozar el futuro, pero nunca se me ha dado bien el diseño, así que prefiero seguir tirado en la cama, volando con el deseo y haciendo de la incapacidad social una disciplina. Soy un voyeur ciego, una cuerda deshilachada, un tocón que no arde. Cuando me pica una pierna, me rasco; cuando me duele un brazo me alarmo. Me encuentro tan perdido como Hansel y Gretel, pero ya no me importa demasiado.
Los rábanos asados con anchoas eran la comida favorita de mi otro Yo, ese que ejecuté a golpes hace tantísimos años, ese individuo parido al mismo tiempo, y pegado a mí con una especie de masilla volátil e invisible que disimulaba perfectamente las junturas. Mientras él devoraba la pitanza, yo planeaba su futuro, que se agotaba a marchas forzadas. Se trataba de su supervivencia o la mía. No podía haber dos alimañas descansando juntas en el mismo cubil.
La noche cada vez es más corta e inestable; pronto podré asomarme a la ventana sin miedo a mojarme la cabeza. Creo, aunque no estoy seguro, que en primavera y verano no hay rábanos a la venta. Mañana me informaré. De todas formas, este email trataba sobre mi estado de percepción y el de mi conciencia, no de rábanos. Todo lo que he escrito acerca del conocimiento sobre mí mismo es la pura verdad, pero el resto es una mentira tan grande que me siento avergonzado. Pido perdón a los rábanos por el maltrato al que han sido sometidos a lo largo de estas incoherentes líneas. Juro que no volveré a ser malo con ellos y, por extensión, con ninguna hortaliza o verdura, pero no puedo prometer que no siga escupiendo el profundo malestar que experimento cuando me miro reflejado en el espejo, o cuando escribo sobre el ser que más conozco: yo mismo.
Besos.
