Email del 30 de enero 2013

Tom Wesselman, Bed Room Party 20. 1969

Hola:

Por algún extraño motivo esta noche he soñado con Pener. En realidad se llamaba Peter Thomas y era de ascendencia británica, pero para abreviar le llamaban así. Este tipo estaba bastante chalado, pues entre otras cosas tenía un pasatiempo que sacaba de quicio a sus colegas o a cualquiera que se pusiera cerca de él…Y es que, cuando menos lo esperabas, Pener te ponía su pene en la mano, en el hombro o en la oreja. Daba igual que la víctima fuese masculina o femenina, hétero o bisexual, si la conocía mucho o casi nada, el resultado siempre era el mismo: un pingajo de carne flácida y caliente rondando cerca. Aunque con el tiempo recibió varias palizas de manos (y pies) de algunos tipos que no se tomaban con demasiado sentido del humor su afición, él nunca cambió de costumbre e incluso la elevó a cotas absolutamente desquiciadas. Como cuando restregó su cosa por todos los pescados frescos que con orgullo exponía en el mostrador una pescadera del barrio (para ser honestos con mi amigo, debo decir que evitó rozar al marisco, quizá tuviera miedo de una amputación traumática). O cuando se la puso encima del bigote a uno de los mayores homófobos que he conocido en mi vida, y este fulano, anonadado por la visión y supongo que por el aroma a virilidad enloquecida, sufrió una trombosis coronaria que lo incapacitó durante tres largos años para ejercer la abogacía (y de paso la homofobia). La verdad es que Pener no estaba loco realmente sino que era alcohólico e inhalaba Popper. Su cerebro se estaba licuando, pero a él no le importaba. Todo lo que quería era escapar del mundo y al final lo consiguió. Murió a los 28 años, atropellado por otro borracho.

No sé por qué te escribo esto; quizá porque no tengo otra cosa que contarte, o por que me ha parecido una historia para transmitir de padres a hijos (sí, ya sé que no tienes hijos, pero tienes primos y cuñados). La verdad es que hubiera preferido tener una amiga que se sacara una…bueno, ya sabes, y no este pobre tipo, aunque si quieres que te sea sincero, incluso de él aprendí algo muy importante: nunca se debe enseñar el pito, si no es bonito.

Besos.

————————————————————————

Hola otra vez:

Contemplar la fruta en un ultramarinos ya no es el orgasmo visual y olfativo que antaño suponía. Los tiempos están cambiando; somos los protagonistas de una involución total que invariablemente nos llevará al caos y la desolación. Es posible que dentro de unos pocos lustros inventemos la rueda, otra vez.
Hoy, como siempre, he comprado unos cuantos kilos de frutas variadas, aunque si fuera más listo podría haber invertido ese dinero en adquirir un mueble viejo para comérmelo a pedazos despues del almuerzo, la cena o simplemente como reconfortante tentenpié. Estoy seguro de que su sabor, con termitas incluidas, hubiera sido más satisfactorio que las frutas que en estos momentos descansan agobiadas en el frutero de cristal al lado de la nevera. Tendrías que ver el aspecto de las manzanas Fuji; si no fuera porque sucedió hace casi un siglo, creería que son remanentes de la primera guerra mundial. Y eso que he escogido las más aseadas. De los plátanos poco o nada se pude decir. He visto cagadas de perro más atrayentes y, puestos a suponer, con mejor aroma. Pero es lo que hay. O lo tomamos o lo dejamos. ¡Ah, qué tiempos aquellos cuando podía coger las peras de la rama! ¡Eso sí era fruta! Lo que nos venden hoy no es digno de ese nombre; supongo que tendríamos que buscar un vocablo que fuese mucho más exacto para definirlo. Se me ocurren varios, pero estoy demasiado bien educado como para escribírtelos.

Otra cosa que me causa impresión es la cara de los fruteros, sean o no nacionales. Ninguno te mira a la cara cuando te cobra, seguramente porque todavía conservan algo de dignidad y les da verguenza el material que te están endosando. Si les recriminas la mala pinta de sus productos, se excusan echándole la culpa a los agricultores; pero estos, a su vez, delegan en los intermediarios, y los intermediarios, todos, sin excepción, padecen de hemorroides.

Para acabar este segundo email, voy a contarte una anécdota que me sucedió cuando era tonto (de esto no hace demasiado tiempo). Estaba cierto día sentado cerca de una frutería, cuando algo se me posó en la oreja. Al principio creí que era una avispa, pero como estaba blandita y caliente me imaginé que serían las manos de una amiga a la que rondaba para obtener sus favores. Me equivoqué. Era la minga de Pener, ya sabes, el tipo sobre el que he despotricado en el texto anterior…

Un besazo.