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| Jeffrey Smart. The traveller (1960) |
Amiga:
Esta mañana he cogido el 32 para darme una vuelta (me enloquece ese número, sobre todo porque me recuerda a cierta posición sexual bastante difícil de practicar). Yo, cuando me aburro más de la cuenta, uso los medios de transporte públicos para malgastar un poco de tiempo: me encanta que me trasladen de un lugar a otro como si fuera un fardo viejo repleto de objetos discordantes o incluso un saco de patatas Kennebec. Mientras dejo que un tipo mal afeitado me pasee por la ruta establecida, suelo mirar por la ventanilla, aunque siempre veo las mismas manchas borrosas que la gente va dejando tras de sí cuando intenta hacer lo que mejor sabe: huir hacia ningún lado, a toda prisa.
Pero creo que empiezo a divagar sin sentido y me estoy perdiendo en la narración de los hechos. Continúo. Me encontraba tranquilo y menos infeliz que de costumbre mientras leía el «Manual casero para acortar penes de dimensiones considerables» cuando un abuelito se ha sentado a mi lado y me ha estornudado en la cara. Supongo que no lo ha hecho a propósito, pero sin pensarlo dos veces me he abalanzado sobre él, lo he agarrado con fuerza por el cuello y he intentado estrangularlo de una manera muy poco compasiva. Aunque sin suerte, pues una señora con un aspecto similar al que tienen las marujas que leen Telva ha intentado que lo soltara dándome golpecitos en la cabeza y, al final, lo ha conseguido, justo cuando el rostro del anciano alcanzaba ese bonito color «azul cadáver» que tanto adoraba Andrei Chikatilo.
Como no soy tan malo como parezco, después de la refriega me he cambiado de sitio y he continuado leyendo, pero justo antes de la parada donde normalmente, a esa hora, sube una tía que está como un tren de alta velocidad, el viejecito ha empezado a temblar mientras de su boca salían una especie de babas pegajosas verdes. Cuando la mujer que antes le había salvado la vida ha corrido a socorrerlo por segunda vez, éste se ha levantado de un salto muy poco humano y con las manos huesudas se ha arrancado la piel de la cara, dejando al descubierto una faz extraterrestre que por momentos me ha recordado a la de un pejegato zangoloteante. Del lugar donde antes se ubicaban sus orejas ahora brotaban una especie de tubos carnosos bastante parecidos a los de un cordón umbilical, y de sus ojos monstruosos brotaba sangre y bilis. Espantados por lo que estábamos viendo la tipa superhéroe y yo, los únicos pasajeros en ese momento, hemos intentado salir por una ventana, aunque si quieres que te confiese la verdad, hemos acabado copulando en el suelo, mientras el ser infernal se comía al conductor.
En estos momentos ya estoy en casa. Por alguna extraña razón antes de subir he comprado el Telva de este mes en el kiosco y ahora estoy haciéndome una tortilla. Mientras bato los huevos no dejo de pensar en ese ser espantoso y en los músculos uterinos de esa mujer. Supongo que con el tiempo olvidaré la experiencia. O quizá no. Te mantendré informada.
Un besazo
