Email del 26 de noviembre 2013

Claes Oldenburg. Plug (1970)

Querida:

Todos los electrodomésticos de mi hogar se están rompiendo. Afortunadamente lo hacen con un cierto orden programado pero absurdamente obsolescente. En el espacio de dieciséis días se han roto la lavadora, la nevera, una de las televisiones de plasma, el reproductor de Dvd, la tostadora, la licuadora, el Smartphone y el vibrador anal que gracias a su delgadez y flexibilidad me producía sensaciones tan intensas e internas.

Si no fuera porque la vida me ha hecho un tipo duro y poco propenso a los berrinches, ahora mismo debería estar haciéndome el harakiri. Pero olvidé mencionarte antes que mi supercuchillo eléctrico con botón de inyección también se rompió hace unos pocos días, cuando me preparaba un bocadillo de jamón. ¿Por qué vivir es tan duro? ¿Cuál es la razón de mi mala suerte? Me siento triste. Ahora mismo echo de menos mi querido vibrador anal, ese que gracias a su delgadez y flexibilidad me producía sensaciones tan intensas e internas.

Generalmente, cuando comento con alguien lo poco que duran los electrodomésticos, cada uno de mis interlocutores invariablemente me da la razón y me cuenta sus desventuras con ellos. Pero eso no es suficiente para mí. Necesito saber por qué razón los fabricantes quieren ganar dinero, tanto dinero y tan rápidamente a costa de los idiotas, es decir, tú, yo y cada uno de nosotros que parece que no puede pasar ni diez minutos sin su robot de cocina o electrodoméstico favorito estropeado. ¿Sabes cuál es el único que echo verdaderamente de menos? A Martín, que es el nombre que puse a mi vibrador anal, ese que gracias a su delgadez y flexibilidad me producía sensaciones tan intensas e internas.

En estos momentos de mi vida, en los que el tiempo vuela de un modo supersónico y cada día sólo dura un pequeño instante, tengo que malgastar parte de esos momentos en hacer cábalas para poder llegar al final del mes sin demasiados números rojos desfilando con esvásticas. Al mismo tiempo que la existencia se escapa luciendo lencería sexy, tengo que frecuentar conversaciones diarreicas que poco o nada hacen por mi intelecto y contemplar cómo todo lo que alguna vez funcionó o desempeñó su propia actividad ahora se para, falla, o explota. Si no fueras tan sensible te explicaría cómo se cascó mi vibrador anal, ese que gracias a su delgadez y flexibilidad me producía sensaciones tan intensas e internas.

Un besazo