Email del 9 de noviembre 2014

Carlos Saenz de Tejada.The village idiot (1923)

Hola:

Mi enemigo Eutiquio se ha tragado siete clavos y está en coma. Ayer le ordené telepáticamente que se suicidara y él, como buen anormal gilipollas, obedeció como un corderito sumiso. Cuando la palme, borraré su nombre de mi lista y celebraré una fiesta en la soledad de mi habitación. ¡Me gustaría tanto que cada uno de los individuos que viven en este planeta y que todavía conservan su cerebro en buenas condiciones tuvieran mis poderes! Erradicaríamos por completo la estulticia mundial en un par de semanas e instalaríamos un régimen liberal, gobernado por la inteligencia y el razonamiento. Si mis cálculos son correctos, la población total se reduciría en un 91 % y tendríamos que fabricar máquinas subnormales para combatir la añoranza. La ventaja de una máquina imbécil es que cuando te hartas de ella la puedes desconectar y guardarla en un armario. Con un humano idiotizado eso no es posible. Por lo menos si antes no ha sido narcotizado convenientemente.

A menudo pienso en los infusorios. Son tan pequeñajos y repugnantes, sobre todo si se les observa con un microscopio. Me encanta predecir su motilidad, sin embargo, cuando el vaticinio falla agarro unos cabreos monumentales. Mis preferidos, o por lo menos, la familia que goza de la mayor parte de mis simpatías pertenece a los protozoarios. Me es completamente indiferente si su alimentación es heterótrofa, fagótrofa o incluso mixótrofa. Soy plenamente consciente de cada una de sus limitaciones, pero me importa una mierda conocer sus secretos inconfesables. ¿Qué más da si se desarrollan por evolución convergente o fueron creados por un Dios cruel y demente? Viven a nuestro lado o dentro de nuestros cuerpos, y la mayor parte de las veces se contentan con complicarnos la existencia.

Si pudiera volver a nacer haría trampas. Nadie lo notaría. Ni siquiera mi madre. Supongo que una farsa no es tal si no puede ser gozada hasta un límite. Pero cuando el embuste tiene que ver con algún aspecto del Yo, la cosa cambia. Como no poseemos una individualidad definida mantenemos con vida un número considerable de «Yoes». Los acicalamos diariamente y los acariciamos con melosidad. Sabemos que son nuestros comodines y que dependemos de ellos para representar un rol determinado. Algunos tienen forma de máscara y acaban colgados en las paredes, pero una cantidad considerable de ellos se reproducen en nuestro interior y fagotizan nuestros deseos de permanencia e inmutabilidad.

Mi enemigo Eutiquio se ha tragado siete clavos y está en coma. Yo le había ordenado que engullera una docena.