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| Alexandre Jacovleff. Still Life with a Table |
Hola:
Se llamaba Adolfo. Siempre que necesitaba algo de él sabía donde encontrarlo, pues se pasaba las horas registrando las puertas y las paredes de los puticlubs del barrio chino. Pero no buscaba prostitutas, sino algo que éstas solían llevar sobre cierta parte de su anatomía. Adolfo era coleccionista de ladillas. Conocía todo lo humanamente posible sobre éstos desagradables ectoparásitos y su «Breve tratado acerca del picor insufrible» era un texto de referencia entre los entomólogos de todo el mundo. Pero, por alguna razón, su trabajo no le hacía feliz. Como ya rondaba los sesenta, permanecer tantas horas agachado con una micro-redecilla le sumía en la desesperación más frustrante.
Su madre, una anciana bonachona y de aspecto deprimido le preparaba el desayuno todos los días. Adolfo se lo agradecía con un beso en las mejillas y, cuando ella no lo veía, tiraba las rebanadas a la basura. Nunca le había gustado el pan tostado, aunque pensaba que con un buen chorro de aceite o mermelada de arándanos todavía resultaba tragable. Después de una refrescante ducha solía acostarse y no se despertaba hasta cerca de las ocho de la tarde. A esa hora su madre estaba jugando al parchís en casa de una vecina y él se sentía feliz escuchando el verdadero sonido del silencio. Mientras meditaba sobre su futuro maldecía su pasado. Y cuando esa sensación de fracaso se arremolinaba en su cerebro, sólo conocía una manera sencilla e infalible para relajarse: bailar con una mesa camilla sin agujero circular central para colocar un brasero. Esa mesa era su mejor amiga y, a menudo, su confidente y amante.
Recuerdo el día que vino a mi casa y se trajo la mesa. Después de presentármela y obligarme a saludarla con dos besos me preguntó si la encontraba atractiva. Como mi interpretación de la belleza era completamente diferente a la suya, le respondí que si bien no me parecía excesivamente atractiva, sí la encontraba extraordinariamente resultona. Esa respuesta pareció tranquilizarlo y me pidió que le preparase un té para él y un poco de amoniaco diluido en agua para ella. Como no tenía amoniaco le serví una tacita de limpiamuebles Politus con dos terrones de azúcar. Conversamos sobre varios asuntos y de vez en cuando Adofo le preguntaba a la mesa si estaba de acuerdo. La tarde se pasó en un santiamén y cuando se marcharon sentí un deseo irrefrenable de vomitar.
Hace varios años que no se nada de él. Ni de su novia. Espero que hayan podido ser felices. ¡Es tan complicado salir de un universo propio! O quizá lo realmente difícil no es salir, sino darse de bruces con la realidad y sus consecuencias inmediatas. Personalmente, creo que lo mejor que se puede hacer para combatir esa realidad que tanto nos asusta es dejar de respirar durante tres o cuatro horas seguidas. Y si el resultado de dicha prolongada apnea es la muerte, tomarse ésta con filosofía y largarse de este mundo con una puta sonrisa prefabricada en la cara.
