Email del 27 de noviembre 2014

Felix Vallotton. The lie (1898)

Amiga:

Estoy intentando volver a la normalidad y recuperarme de los últimos 52 días de mi vida, que han sido una pérdida total de tiempo. ¡Un tiempo que nunca podré recuperar. Ni siquiera falseando las fechas del calendario! Es curioso, me gustaría sumar todas las jornadas de mi existencia que, de alguna manera, no han servido para nada, pero me produce escalofríos pensar en la cifra resultante. Ayer me fumé tres paquetes y medio de cigarrillos. Mi mejor marca personal. Pero aunque he batido un nuevo récord, me entran ganas de saltar por el balcón. Si no lo hago es porque quiero seguir observándome a mí mismo y ver cuál es la próxima estupidez que cometeré.

Mientras te escribo estas líneas, algunas de mis plantas moribundas me miran con desprecio y asco. Comprendo que no puedan perdonar que haya pasado de ellas durante casi dos meses. ¡Y todo por una rubita (teñida) neurótica repleta de ego! Pero así somos los humanos, sobre todo los que, como yo, se creían que ya lo habían visto todo. Pero supongo que con un poco de agua y algunos cuidados extra podré recuperar a una tercera parte más o menos.

Voy a comenzar a escribir un libro sobre esos 52 días. Lo voy a titular «La coleccionista de relaciones (Nadando entre las pirañas)». Tratará sobre una familia completamente desestructurada donde la única ley que impera es la del egoísmo en grado superlativo. Donde cada uno hace lo que le sale de las narices sin importarle cuál pueda ser el resultado final. No voy a omitir nada, ni siquiera voy a cambiar nombres, porque me importa una mierda lo que puedan hacer conmigo.  Los dos últimos capítulos versarán exclusivamente de mí y de lo mucho que he aprendido sobre la doble personalidad y el culto al YO desmedido.

Necesito cambiar de tema. No quiero consagrar este texto a alguien que no se merece ni una sonrisa, ni siquiera un pequeño agradecimiento. A alguien que resume su existencia a vivir en chalets de superlujo o viviendas robotizadas y comer en grandes restaurantes, mientras sus hijos, inocentes y extraordinarios, se hacen un montón de preguntas que nunca serán respondidas. A alguien que cuenta los mismos hechos del pasado una y otra vez por el simple placer de hacerse grande, porque en el fondo sabe que es muy, muy, pequeña. Me siento orgulloso de haber sido YO el que ha puesto el FIN a tanta incongruencia.

Ahora voy a escribir sobre la importancia de conservar enemigos y la forma que éstos acicalan las apariencias. Podría hablarte sobre descargadores de muelles y las estúpidas leyes que entre ellos imperan o sobre la relación lógica entre determinados hechos, pero creo que la primera propuesta es la más coherente. Aunque mi coherencia nunca se ha distinguido por ser demasiado consecuente. ¡La verdad es que no me apetece seguir escribiendo! Lo que realmente me apetece es tocar la guitarra, así que me voy corriendo a comprar cuerdas nuevas del 0.10. ¡Ah, y de paso a por tabaco!