Segundo email del 27 de noviembre 2014

Olivier Mosset. Nothing (1993)

Hola otra vez:

Desde hace un par de siglos se habla mucho sobre la inteligencia emocional, pero muy poco sobre la biopsicología de la emoción. Y aunque a primera vista puedan parecer conceptos semejantes, o por lo menos, interconectados, la desigualdad de sus enunciados es tan enorme, que creo que aprovecharé más el tiempo si en lugar de explicar las diferencias, te escribo unas cuantas líneas sobre los «Cuadrados de trufa de la marca Dulcesol». En realidad son rectángulos y la trufa destaca por su ausencia, pero de todas formas, son bastante disfrutables, por supuesto, siempre que uno no le tenga demasiado apego a la vida. Hace un rato me he comido cuatro y se me acaba de desprender una oreja. En estos momentos sigue tirada en el suelo. Me pregunto si debería cogerla, envolverla con cuidado en una o dos servilletas de papel de cocina e ir a «Urgencias» a que me la hilvanen. Claro que antes tendría que limpiarla por dentro con varios Q-tips o meterla en la lavadora.

Recuerdo a una amiga que un día fue al tocólogo a hacerse una limpieza vaginal profunda y regresó a su hogar sin vagina. Supongo que fue una limpieza demasiado profunda. A raíz de eso, su marido se divorció y comenzó una relación sentimental con un vestidito verde. Varios años después, el vestido se decoloró, debido a los continuos lavados a mano con detergentes baratos y el fulano hizo las paces con su ex, que a estas alturas ya había encontrado una vagina de repuesto, fabricada con látex y polietileno tereftalato. Pero la vagina era del color de las vaginas, y eso no satisfacía al exmarido reconvertido en amante. Pronto éste le propuso que se la pintara de verde. Como ella rehusó, aduciendo que un coño verde era algo irreal y falso, él volvió a dejarla y se compró otro vestidito verde, aunque con una tonalidad más tenue que el anterior y los tres (vestidito, sujeto y el amor eterno) se instalaron en un ático insonorizado. Mientras los amantes enclaustrados se entregaban por completo a gozar de sus placeres, la propietaria del chichi verde recibíó una carta del hospital instándola a pasar su primera revisión ginecológica con chirla protésica. Por supuesto, eso la deprimió un poco, pero no perdió los papeles y esperanzada se dirigió al hospital. Después de examinarla a fondo, la dirección del Nosocomio dictaminó que su nuevo chirri funcionaría de maravilla durante treinta o más años. Cuando regresó a su casa y se bajó los pantalones y las bragas frente al espejo, pegó un grito de terror que hizo que varios pájaros que volaban alrededor del edificio sufrieran diversas hemorragias subaracnoideas. ¡El chumino había vuelto a esfumarse! Era la segunda ocasión que el potorrono desaparecía durante el trayecto. A partir de este punto, las noticias de los acontecimientos varían según las fuentes, todas ellas de la máxima confianza. Según unos, el exmarido asesinó al segundo vestido verde, el de la tonalidad más tenue, y volvió con la mujer que lo esperaba con los brazos abiertos -pero sin almeja- y vivieron una existencia de ensueño. Otros aseguran que la mujer, que debo recordar era mi amiga, enloqueció definitivamente y que el vestidito verde tenue sufrió el ataque brutal de una super rata voladora y resultó dañado seriamente. Al enterarse de la noticia, el exmarido se hizo trapecista y dio varias vueltas. Se ignora si fueron de campana o de gira mundial trabajando en un circo.

Acabo de coger la oreja. Tiene un tacto extraño, como de goma o algo parecido. Puedo ver su interior que está bastante limpio. Me gusta mi oreja. Tiene unos cuantos pelillos en algunas partes, pero está proporcionada y es simétrica. He decidido que me la quedo. Quiero decir, que no voy a que me la injerten. Pienso colgarla en la pared con una chincheta. ¿O con un cuelga fácil? No, mejor una chincheta. Y cada vez que pase por delante de ella recordaré que la bollería industrial es el más nocivo de los venenos, si exceptuamos respirar cerca de un tapir empalmado.

POSDATA (IMPORTANTE):
Quiero pedir perdón a la destinataria del email y a los seguidores del blog por semejante desvarío. Pero es mío. Y no pienso renunciar a él. Puedo permitirme el lujo de perder algunos lectores, pero poco más.