Email del 28 de noviembre 2014

Michael Sowa. Sharks of suburbia 

Hola:

La única manera que conozco, de alejarme de lo que es desestabilizador o no me conviene, es escribir o tocar la guitarra. Hacía meses que no ponía mis huesudas manos sobre el mástil de palisandro, y ha sido un reencuentro escalofriante. Después de caminar de la mano del diablo durante unas semanas, vuelvo a vivir donde quiero, como me gusta, y en el único barrio donde cada uno de sus habitantes evalúa al Yo por dentro, no por lo que posees, o crees que posees. De todas formas he aprendido tanto… Ese demonio al que encontraba sumamente atractivo -el hechizo, ya sabes- y que según mis amigos no era gran cosa por fuera -tampoco por dentro, debo admitir- estuvo a punto de salirse con la suya. Afortunadamente el tiempo y la memoria se aliaron conmigo y algunas neuronas hicieron el resto. Pero tengo miedo. Ese ser sigue suelto y pronto encontrará otras víctimas, otros esclavos.

Ya sabes cuanto adoro a Orson Welles. Uno de sus films menos apreciados, pero absolutamente perfecto, se titula «La dama de Shanghái». Trata sobre la maldad de uno de esos demonios. En una de sus apabullantes escenas, Michael O’Hara, el protagonista, cuenta que «siempre que cometo una estupidez la llevo hasta el final». En otra escena, que me recuerda multitud de pasajes vividos estos días escupe:

«Una vez bordeando las costas de Brasil, vi el océano tan oscurecido por la sangre, que parecía negro y el sol se ocultaba tras la línea del horizonte. Nos detuvimos en Fortaleza y varios marineros sacamos los aparejos para pescar un rato. Fui el primero en coger algo. Era un tiburón, luego apareció otro, y otro y otro, hasta que todo el mar se llenó de tiburones y no se veía el agua. Mi tiburón se había soltado del anzuelo. Y el olor, o tal vez la mancha, porque sangraba a borbotones, hizo que los otros enloquecieran. Los animales empezaron a comerse los unos a los otros, en su locura, se comían a sí mismos. Se sentía el frenesí del asesinato como un viento que hería los ojos, se olía el hedor de la muerte emanando del mar. Nunca había visto nada peor desde la reunión de esta noche. ¿Y saben una cosa?, ninguno de los tiburones enloquecidos sobrevivió.»

¡Ninguno de los tiburones enloquecidos sobrevivió! ¿Se puede escribir una frase tan perfecta y que describa de una forma tan contundente la naturaleza humana? No sabes cuántas veces -sentado en el sofá y rodeado por ese ser y otros ingenuos e inocentes- me ha venido esa especie de mantra a la cabeza. ¿Qué podía hacer yo? Observar, tragar saliva y pellizcarme repetidamente la carne. Sé que debería sentirme feliz de haber sido capaz de huir de una situación semejante, pero por alguna razón, no puedo dejar de sentir lástima por ellos, pero sobre todo…por mí.