Email del 29 de noviembre 2014

Saul Steinberg. Untitled (Question marks) (1961)

Querida:

Intentar escribirte un email diario es una tarea muy dura. Créeme, preferiría no hacerlo. Pero como sustituta de un psicólogo no tienes precio: escuchas todas mis monsergas y nunca haces preguntas indiscretas. Aunque hay momentos en la vida en que esas preguntas son indispensables. Por esa razón he decidido hacerme unas cuántas e intentar responderlas de una manera sincera y completamente espontánea. Ya tengo la coca cola preparada y un cigarrillo en la boca. ¿Comienzo?

¿De qué va todo esta mierda?
¡Eso me gustaría saber a mí! ¡Si por mierda me refiero a la existencia y sus consecuencias más directas! Lo único que tengo claro es que nacemos para, más tarde o más temprano, palmarla sin remedio. Entre estos dos importantes acontecimientos nos suceden otros que marcan nuestra forma de ser y nuestro comportamiento. Algunos de ellos los conservamos en la memoria como pequeños tesoros, pero la mayor parte entran y salen a nuestro antojo, y al final solo tienen sentido si los englobamos en un Todo imperfecto y accidental. Si tuviera la oportunidad de volver a nacer, seguramente cometería las mismas estupideces que he perpetrado en mi vida real, pero con una diferencia sustancial: no me las tomaría en serio.

Terence era inglés. O puede que francés. Desde luego, con ese nombre, no podía ser español ni extraterrestre. Tenía 17 años y un físico impresionante. Pero era tonto. Tonto de remate. Ni siquiera era capaz de pronunciar la palabra «Pneumonoultramicroscopicsilicovolcanoconiosis» sin sufrir un cólico nefrítico, pero tenía un corazón de oro y todas las mujeres suspiraban en secreto por su afecto. Su hermano Jonathan, tres años mayor, era tan feo como una hortaliza descompuesta y su cerebro siempre estaba maquinando y conspirando. Un día ambos decidieron hacer una carrera a través del bosque. El que ganara sería el dueño del otro durante una semana. Cuando se preparaban para salir en estampida llegó saltando de una forma tan grácil como un palomo cojo su vecina Gladys. Les instó a que aplazaran la maratón y delante de ambos se quitó toda la ropa. Lo que los hermanos vieron pareció gustarles demasiado y decidieron repartirse el botín. Pero Gladys era remigada y sólo quería yacer con uno de los dos, mientras el otro miraba. Al principio esa decisión no les atrajo en absoluto, pero pronto llegaron a una conclusión lógica y optaron por rendirse a sus instintos primarios. Mientras los tres decidían sobre quien sería el afortunado y a quien le tocaría joderse, un meteorito repleto de microorganismos bacterianos básicos impactó en la atmósfera. Los únicos supervivientes fueron Terence y una cabra. El resto de la historia es tan asquerosa que me veo obligado a dejar que te imagines el final que te apetezca.

¿Por qué se hace tan duro despertar cada mañana?
En mi caso por culpa de los tranquilizantes que me tomo cada noche antes de acostarme, justo después del vasito de leche caliente. Si no los ingiero con despreocupación, soy incapaz de pillar el sueño y siempre acabo practicando sexo duro con la mano derecha, que no es más que una extensión de lo que soy o no soy, o de lo que me gustaría ser, si me dejaran.

¿Qué es y para qué sirve eso que algunos llaman «felicidad»?
Nunca he comprendido a la gente que pregona su extrema felicidad. Ni siquiera estoy convencido de que exista ese estado de ánimo que convierte lo irreal e imaginario en sensaciones placenteras. Lo más cerca que estuve alguna vez de llegar a sentirme satisfecho fue cuando la pata de un mueble viejo y apolillado se quebró y éste se derrumbó sobre mi padre. Supongo que a Gregorio López senior no le gustaron mis risotadas, porque a partir de ese instante se dedicó a serrar los pies de cada mueble y sustituirlos por ruedecillas de poliamix o soportes rodantes extensibles de acero.

¿Existe la relación emocional perfecta?
Me gustan las naranjas. Me gustan los limones. Adoro las mandarinas y los pomelos. En general estoy abierto a probar cualquier clase de cítrico de importación como los kumquats, tangelos o cidros Pero cuando escucho la típica frase de «tienes que encontrar a tu media naranja» me entran unas ganas irrefrenables de agarrar al sujeto que ha osado pronunciarla e inocularle varias dosis de Agrobacterium tumefaciens en uno, o ambos globos oculares. ¡Media naranja! ¡Menuda gilipollez! Me pregunto a qué clase de subhumano, anormal o subnormal se le ocurrió dicha expresioncita. ¡Deberían despiojar a sus descendientes! El amor, o mejor, el conjunto de sentimientos que ligan, atan, amarran, sujetan o aprisionan a una persona con otra, es el único procedimiento que dispone nuestro cerebro para convencerse de que sirve para algo. Porque para pensar está ampliamente demostrado que nanay.

Carlitos creía estar perdidamente enamorado de Perlita, una gitana de ojos negros como el azabache. Así que intentó pulimentarla como si fuera lignito de la variedad más dura y ésta falleció en medio de espantosos dolores y tras una lenta agonía. Cuando reparó en su error, juró que se vengaría de sus instintos ruinosos y se arrojó por un acantilado. Desde entonces a ese precipicio se le conoce como «el abismo de Carlitos». Dicen que Tolkien se basó en esa historia para desarrollar la batalla del abismo de Helm. Yo no me lo acabo de creer, sobre todo porque J. R. R. nunca pisó en toda su vida suelo almeriense.

¿Por qué estoy abonado al paquete extra de Ono y no a Canal Plus?
Sencillamente, porque me encanta tener continuos problemas, y sobre todo, adoro escuchar la voz de un, o una sudamericana, por teléfono tratándome de explicar que soy un inepto con todo lo relacionado con la tecnología y, que lo mejor que podría hacer, es diseñar un taparrabos de piel vacuna y abrir un establecimiento dedicado al contrabando de hachas o utensilios de piedra.