Email del 10 de mayo 2015

Henri Rousseau. The football players (1908)

Desde que el antiguo rey abdicó, los monárquicos recalcitrantes no paran de rezar a su Dios particular, esa deidad repleta de medallas de cobre y bronce y con poderes redentores. Recuerdo la infortunada fecha en que su hijo -como antaño hacían los césares- tomó el relevo de esa institución autócrata y trasnochada, que sólo sirve para poder cazar elefantes con total impunidad o leer discursos irrelevantes repletos de orgullo y satisfacción. Sin embargo, cuando una gran parte de la ciudadanía sale a la calle -para pedir un regreso de la república que nos redima de tantos y tantos años de Borbonía y realeza añeja, o por lo menos, un merecido cambio en la Constitución, donde entre otras cosas, se nos otorgue el derecho a elegir- se ve obligada a escuchar insultos, vilezas y descalificaciones demenciales de los que creen que son más españoles que el toro de Osborne.
Pese a todo, estoy convencido de que nuestros bichoznos, es decir, los hijos del cuadrinieto, o si quieres, los nietos de los nietos de los nietos, o los hijos de los trastataranietos, vivirán en un mundo donde todos seremos iguales y tendremos las mismas oportunidades. ¿Pero qué clase de porro me he fumado? Eso no se lo cree ni el perroflauta más borracho de cerveza barata de mi barrio. Por lo menos mientras sigamos alimentando a la misma clase de políticos, que en una alternancia de poderes (casi) pactada, nos intentan convencer de los beneficios de la Soberanía, la magnificencia de la Absolutidad y la no permutabilidad de sus ideas medievales.

En mi casa no soy Rey, sólo soy Dios. Y amo a cada uno de los muebles y electrodomésticos que no se apolillan o estropean. Y los amo tanto porque son conscientes de esa realidad irracional. Si fuera Soberano en lugar de Divinidad, les sonreiría…

El próximo domingo, al igual que el resto de domingos del año televisarán un partido de futbol. Un deporte en el que 22 tipos con pantaloncitos cortos van detrás de una pelotita e intentan darle pataditas mientras desde las gradas una piara de «intelectuales» los aclaman como héroes. Un deporte donde cada uno de esos tipos que dan pataditas a una pelotita cobran cifras astronómicas mientras más de la mitad de la población mundial no tiene nada que llevarse a la boca (o al bolsillo). ¿Sabes cuánta pasta saca cada jugador nacional, de esos que dan pataditas a una pelotita, cada año? Pero los sueldos a los tipos que dan pataditas a una pelotita del resto de países no se quedan a la zaga, aunque, por supuesto, no llegan a la inmoralidad de los que se cobran en este país, donde lo más importante para una gran mayoría de la población es cerrar los ojos ante cualquier suceso que no tenga que ver con esos tipos que dan pataditas a una pelotita.

¿Te imaginas cómo sería la vida a nivel global, si en lugar de vitorear cualquier cosa que tenga que ver con esos tipos que dan pataditas a una pelotita, nos metiéramos en bibliotecas públicas, teatros, museos o filmotecas e intentáramos insuflar unas cuantas dosis de cultura en nuestros cerebros totalmente atrofiados? Sí, a esos cerebros que otorgan más valor a cómo viste fulanita o cuántas novias tiene menganito que a trazar un mapa detallado de su propio presente.
Nuestra civilización, y sobre todo su maquinaria de asalto, la globalización, está fabricando idiotas a una velocidad alarmante. Si ningún virus letal lo impide, pronto nos asesinaremos los unos a los otros en las calles (vestidos con ropa de marca, of course). Pero eso sí, siempre que den en la tele un partido donde unos tipos den pataditas a una pelotita, haremos una pausa en la escabechina y volveremos a amarnos desinteresadamente durante 90 minutos.

¡Me gustaría tanto ser pelotita atómica o de hidrógeno!