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| Edvard Munch. The women (1985) |
Ésta es la historia de alguien que huía de sí misma constantemente:
María coge la cajita donde guarda clasificados sus recuerdos. Mientras la destapa, su ronroneo se transforma en un maullido rabioso. Si me acercara a ella en silencio me arañaría, por eso intento señalar mi posición arrastrando los pies y haciendo ruiditos con la boca. Su habitación está iluminada con el resplandor que desprenden sus pupilas dilatadas, que me recuerdan a un caleidoscopio. Necesito urdir un plan para que cierre esa maldita caja. Porque soy tan egoísta que sólo de esa manera puedo sentirme libre para gozar de su sonrisa alucinógena. Deslizo mis ojos que penetran por la abertura que exhibe la puerta entornada. Lo que veo no deja dudas a la imaginación. María lucha con sus demonios, pero éstos se niegan a dejarla marchar. Le pregunto si puedo entrar, pues necesito acariciarla. Pero ella no me responde. Está viajando a través del tiempo. ¡Y yo me siento tan poca cosa!
María dibuja círculos concéntricos con los dedos de las manos. Algunos me recuerdan a algo. Mientras colorea los márgenes uniformes y cuantifica sus tamaños, sus pies no tocan el suelo. Contemplo fascinado la escena y me pregunto si tiene sentido. ¡Me gustaría tanto comprender y asimilar sus cambios! ¡Penetrar en su confusión y transformar sus circunstancias! ¡Acicalar su astro interno y mordisquear cada una de sus lunas! ¡Esquejar sus ramas y cultivar nuevos retoños modificados! María escucha música que no existe y dibuja puntitos negros en las partituras. Le guiño un ojo en señal de complicidad durante una de sus huidas siderales. Pero no se da cuenta. Está viajando a través del tiempo. ¡Y yo me siento tan poca cosa!
María atrae a las fuerzas gravitatorias que se mueven zigzagueantes. A veces encauza sus rumbos, pero otras, las obliga a chocar provocando un percance sublime y casi perfecto. Escucho la explosión y analizo sus consecuencias intentando extraer una conclusión lógica. Pero la lógica tiende a hacerse añicos cuando entran en escena esa clase de sentimientos parecidos a una corriente que fluye hacia el infinito. Porque no se puede querer nada si no se ama todo. Porque es imposible sujetarse a un punto de fijación que está no demasiado alto ni excesivamente bajo. Porque la línea divisoria entre lo necesario y lo inconcebible es tan fina como el aire que mece las partículas. María lo sabe. María lo sabe. Me ladea su cabeza y expone su cuello para que lo muerda. Pero yo me siento tan tímido como un niño y no me doy cuenta. ¡Estoy tan atareado viajando a través del tiempo, tratando de sentirme tan poca cosa!
