Email del 16 de mayo 2015

Eric Fischl. Anger, remorse, fear or incontinence (1996)

Pequeñaja:

«El pene flácido de Dios», así se titula el cuento que estoy escribiendo y que, aunque parezca algo idiota, no va sobre miembros viriles ni sobre deidades inexistentes. A decir verdad no sé muy bien de qué trata, pues lo estoy escribiendo en un idioma inventado, y así me gustaría que lo publicaran cuando lo concluya. Te pego un párrafo escogido del segundo capítulo para que te hagas una idea:


Nunse mi hitfa lasába in afajorde tusála; mirin lajar in fatasabuá.
-Nor merten sucagua- ganerut in isfanje.
-Mararne in secian fulisma, ¡túsica lasart in fojondia!- desastir.
-Nar, nar in milf sajonia fur fatasabuá. ¡Nar! ¡Nar!
-¿Fatasabuá in hersis?- desastir in zueker hásas
-Nar in relatis hersis. ¡Fatasabuá sus in cuelant!

Si eres consecuente con tu propia persona, y me consta que siempre lo eres, no dejarás de admitir que la prosa tiene bastante fuerza y que los diálogos son estupendos. Si no me entra un repentino ataque de pereza, creo que estará acabado antes de un par de semanas, mucho menos si trabajo por las noches. Estoy totalmente convencido de que es mi obra maestra, por lo menos eso pienso cada vez que lo repaso intentando corregir las faltas ortográficas o las frases mal construidas.

Inventar historias es fascinante, pero inventarlas en otro lenguaje puede llegar a ser desconcertante. Tú me conoces, sabes que la confusión me impulsa desde que me levanto hasta que me acuesto. Pero esta clase de desconcierto es diferente. A veces me atemoriza, otras actúa como una droga y no puedo dejar de luchar para obtener más dosis. Cuando esto último sucede, me siento una piltrafa humana, pero en lo más profundo de mi incompetencia intuyo que estoy traspasando una puerta que siempre ha permanecido cerrada para la mayor parte de los mortales. No sé si me explico bien. Lo que trato de hacer en ese cuentecito enfermizo no es otra cosa que rizar el rizo teosófico y transgredir sus estúpidas normas hasta encumbrarlas en los más alto del paroxismo demente y falsamente asertivo. Cuando imagino situaciones ficticias que después transfiero a una historia, me siento como un pólipo de medusa que crece mientras se separa de sí mismo. Es en esos instantes cuando comprendo lo que es incomprensible, cuando veo lo que es invisible, en resumidas cuentas, cuando todos los colores del arco iris se dimensionan en mi cerebro con el vano propósito de engendrar un monstruo compuesto de rabia, ira y maldad. Porque sólo parapetándose tras un disfraz maligno se consigue algo.

Una vez me encontré en la calle un bolsillo. Dentro de ese bolsillo había otro bolsillo y, dentro del segundo, un tercer bolsillo. Cómo no sabía qué hacer con ellos, me los metí a su vez en mi propio bolsillo. Supongo que todavía deben estar en él. A veces supongo demasiado, ese es mi único fallo.

Un besazo