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| Kazimir Malevich, Suprematist composition. 1915 |
Querida:
La multinacional que fabrica el trankimazin me ha enviado un email comunicándome que piensan seriamente en nombrarme cliente de la década, y si es aprobado en la próxima reunión de accionistas, incluso quieren colgar una foto mía en el cuarto de baño para directivos. Lo que ellos desconocen es que desde hace aproximadamente tres meses he sustituido sus efectivas pastillas por otra panacea mucho más natural y que tranquiliza mis nervios de una manera asombrosa: el insulto. Cuando, por cualquier motivo, y créeme, cada día existen infinitas causas, me siento excitado o incluso angustiado, insulto a cualquier humano o cosa que en esos instantes esté a mi lado. Ayer sin ir más lejos, y debido sobre todo al calor asfixiante que provocó en mi un estado de inquietud histérica que rayaba la demencia, no tuve más remedio que poner en práctica ese sustitutivo y me puse a ultrajar y ofender a una sartén de acero inoxidable. La llamé perra y malnacida y le leí la cartilla mientras con la mano derecha le dedicaba gestos procaces y obscenos, hasta que llegó un momento en que tuve que parar para inspirar aire. Lo mismo sucedió antes de acostarme: me encontraba realmente intranquilo y arremetí contra el despertador analógico al que, mediante una serie de improperios encadenados, sumí en la confusión más absoluta, pues a partir de ese momento dejó de funcionar y esta mañana he tenido que despertarme usando como alarma los ruidos del estómago de mi vecina Josefina Contreras (esta señora pesa cerca de doscientos kilos y se desplaza introducida en un carrito galvanizado, pero aún conserva una figura provocativa que trastoca los sentidos de los albañiles que le gritan guarradas cuando la ven rodar).
Mientras trato de escribirte este impreciso e imbécil email, los gorriones no dejan de piar como auténticos psicóticos y me estoy empezando a poner fatal; menos mal que tengo a mi lado un cenicero de cristal tallado y puedo descargar contra él mi furia agresiva, pero antes me gustaría comentarte un par de cosillas que me rondan la cabeza y me tienen bastante inquieto.
La semana pasada descubrí en una pared un agujero del tamaño de un ojo de coleóptero fitófago, relativamente cerca de una grieta con forma de fisura post parto, que es utilizado por las arañas patilargas para guarecerse cuando se sienten desilusionadas por cualquier razón. Así, en principio, puede que este hallazgo no te diga absolutamente nada, pero a mí me intriga, porque a veces de su interior surgen ruidos extraños, semejantes a los que haría una apisonadora mecánica de juguete cuando es masticada por una comadreja ciclotímica. El problema radica en que odio los boquetes, ¡en serio! y no puedo soportar los desconchones o cualquier imperfección en las paredes. Sólo me siento feliz y realizado si son brutalmente lisas, aunque me tiene sin cuidado el estado de la pintura o el color y la textura de éstas.
También me sume en un estado de intranquilidad desasosegante contemplar cómo la suciedad de los cristales de las ventanas forma poliedros, sobre todo pirámides y prismas cuboides. Si hay algo que tenga el poder de transformar mi innata quietud en una especie de orgía psicótico-esquizo-delirante es la contemplación de las figuras geométricas. Puedo soportar los puntos y alguna recta, incluso soy capaz de sentarme cerca de un plano, una elipse o ciertas hipérbolas, pero no puedo mantenerme sereno y constante cerca de los cilindros, conos y esferas. Eso sin contar que ciertos politopos me producen dispepsia nerviosa.
En fin, amiga mía, por el momento no voy a continuar preocupándote con mis fobias neuróticas. No te lo mereces. Ahora voy a vestirme y en media hora volveré a desvestirme. Sólo poniéndome y quitándome la ropa a intervalos precisos y constantes puedo mantener mi ritmo de trabajo, que es pluscuamperfectamente impreciso, ambiguo y premeditado.
Besos y abrazos.
