enero 2016

Email del 5 de enero 2016

Arthur Rackham. Father! Father! 

Nunca vi coger un libro a mi padre. Quizá las horas que dedicaba a trabajar se lo impedían. Yo creo que los odiaba, de la misma manera que odiaba al mundo, a la gente, a cualquier objeto que no sirviera a sus propósitos, que no eran otros que amasar un flujo continuo de negatividad y mal humor interior perpetuo. Por aquellos días yo todavía le quería. Es curioso cómo pueden ser domesticados los sentimientos. A menudo he pensado en ello. Le he dado tantas vueltas a la idea que ésta ha acabado petrificándose como una víctima de la mirada de la Gorgona. Pero meditar sobre el pasado es un ejercicio inútil, pues no puede ser cambiado. A lo sumo podemos transformarlo por medio de las mentiras. Las mentiras a uno mismo, a sus recuerdos ¡Un trabajo verdaderamente fatigoso y repleto de peligro!

Mi madre era un árbitro, un mediador, y a veces, un intermediario entre el pesimismo supremo y casi escandaloso de mi padre y nosotros. Nosotros eramos tres. Yo era el mayor y el que más perdido deambulaba, pues pelear con un ceporro me hastiaba y me arrastraba a la desesperación más frustrante. Mis dos hermanos eran demasiado pequeños para saber distinguir entre el sol y la luna y lo único que les importaba era intentar crecer lo más rápido posible. Quizá si hubieran sabido lo que significa ser adulto no hubieran tenido tanta prisa.

Ahora estamos todos muertos. Mi padre, mi madre, mis hermanos y yo. Nos enterraron a petición propia bajo un montón de medianoches. Las tumbas ya no existen. Un fuerte viento de Levante las arrastró hacia el lugar donde deben ser destruidas las apariencias. No conozco a nadie que haya lamentado lo sucedido. Los muertos no sollozan por los muertos. La brisa esparce el olor pútrido de los recuerdos, otorgándoles un poder y un privilegio inmerecido.

Ya no queda nada por lo que arriesgarse. Ya no se necesitan las sonrisas. Los pájaros del destino picotean los huesos esparcidos a ambos lados de las líneas. Las líneas que delimitan las palabras. Que las mecen antes de apuñalarlas. Las líneas solitarias, henchidas de vacío y estranguladas. Las líneas que representan una sospecha, una suposición, un presagio, una conjetura. O un síntoma.

Email del 5 de enero 2016 Leer más »

Email del 4 de enero 2016

Jan Sluyters. Forest trail (1910)

Desde el punto A al punto B hay varios kilómetros. El primero está abarrotado de movimientos oscilatorios y los recuerdos cuelgan de las paredes. Allí poseo una serie de silenciosos rincones que me protegen en los instantes que siento la necesidad de huir. Las puertas están rotas y nunca abren, por lo que no puedo ver a la gente, aunque escucho sus murmullos a través de los ojos de las cerraduras. Cuando necesito que la luz del sol me ilumine me la imagino. Cuando preciso que la luna blanca me acaricie me deslizo en sueños. A veces es más sencillo imaginar o soñar que vivir.

Respiro oxígeno y lo transformo en rielantes significados y equilibrados entendimientos. Las sombras no me acechan porque he aprendido a escabullirme. Nunca necesito nada porque carezco de todo y cada porción de ese conjunto de inexistencia me proporciona más placer que la suma de un millón de posesiones. Mi alma está fundida en una amplia gama de colores que no existen, aunque no se manifiesta en ninguna de sus múltiples formas. Soy una fecha fijada en un calendario olvidado por el tiempo, pero representada en el espacio. A veces las cosas más importantes carecen de importancia.

Desde el punto A al punto B hay varios kilómetros. El segundo vive dentro de mi y está rodeado de flores y mariposas que continuamente descargan sus diferentes gradaciones sobre el pico rocoso que separa las olas. Aunque a veces hace frío y las noches son húmedas, no tengo miedo, porque la sonrisa que se dibuja en el espejo hace que cada una de las pequeñas cosas que me importan fluyan en todas las direcciones. Me gustaría tanto pasar los últimos años de mi vida jugando a esconderme entre la tupida frondosidad de las madreselvas, las lantanas y los jazmines. A veces creo que todo va a salir bien.

Intuyo las opciones y restituyo las que carecen de sentido. Mientras elijo las más placenteras, siento unos ojos marrones, parecidos a perlas de los mares del sur, que me gruñen mientras me vigilan. Entonces cojo una pelotita de goma y la arrojo lo más lejos posible. Me encanta escuchar los jadeos y el ruido de las cuatro patas acercándose timidamente. El aire azul envuelve los tres músculos huecos que forman una familia. Cada retraso nos acerca todavía más. Cada duda nos hace más fuertes. A veces me despierto sintiéndome tan especial y afortunado.

Email del 4 de enero 2016 Leer más »

Email del 3 de enero 2016

M.C. Escher. Merry Christmas & Happy New Year (1961)

Querida:

Una de las cosas sorprendentes respecto a la navidad es que todavía no comprendemos que es un invento para hacer que nos sintamos todavía más idiotas de lo que parecemos. Y si parecemos memos es porque realmente lo somos. Y si efectivamente, lo somos, el futuro es muy incierto y no debería pertenecernos. Pero si por el contrario, como mucha gente dice, esa fiesta sólo es un pretexto para reunirse con los amigos y los familiares, entonces, la imbecilidad alcanza un punto sin retorno, tan demencial como eyacular sobre el macis de una nuez moscada y tan irracional como un discurso de un político fascista. Yo, y cada una de mis personalidades interiores, nos reunimos con los individuos que nos interesan cuando nos sale de esos órganos glandulares que fabrican los espermatozoides. No necesitamos que un invento del sistema nos autentifique. Y me es completamente indiferente que esa invención provenga del «Natalis Solis Invicti», del Capac Raymi o por el el advenimiento de Huitzilopochtli. Vivimos, crecemos y morimos viviendo y bendiciendo miriadas de farsas eutécticas continuas. Quizá es una forma de huir de una concepción no deseada. O simplemente una manera sencilla de poner el culo sin bajarse los pantalones o subirse la falda.

Durante milenios, los seres humanos se han vanagloriado de su deficiencia mental. Sólo hay que echar una mirada de soslayo a las personas que nos rodean para certificar que el planeta y toda la vida racional tienen las horas contadas. Que la hecatombe aniquiladora no haya sucedido unos pocos siglos antes se puede considerar un accidente de la involución. Pero esos sucesos eventuales e involuntarios siguen una coordenada inalterable y lo que debió suceder, sucederá.

Pero, imaginemos que no sucede; imaginemos que la estulticia en masa no sea suficiente para acabar con todo lo que conocemos y -al mismo tiempo- exprimimos, prostituimos, y unos cuantos «imos» más; imaginemos que las restricciones racionales no son un impedimento para que una especie de Big Rip manufacturado nos libere; imaginemos que…¡Yo no puedo imaginarlo! No soy tan sádico, tan cruel, tan malévolo. He hecho cosas de las que no me siento orgulloso; he tenido pensamientos convencionales en algún momento de mi vida; he deseado que un virus extraterrestre y de aspecto repulsivo inyectara conocimiento donde no existe, pero nunca he sido capaz de coger unas tijeras filosas y abrirme las venas. ¿Soy un cobarde?

Sí, soy un cobarde.
Sí, soy un cobarde.
Sí, soy un cobarde.
Sí, soy un cobarde.
Sí, soy un cobarde.

Email del 3 de enero 2016 Leer más »