Email del 1 de junio 2020
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| Max Ernst. A friends reunion (1922) |
Amiga:
Jaboncito Sutra no era psiquiatra, sin embargo cada mañana se inyectaba algunos milímetros de cualquiera de los muchos neurolépticos que guardaba en uno de los cajones de la cómoda. Su mujer, Coloretina Drunda, aprovechaba los estados de sedación producidos por los antipsicóticos para orear el aire viciado de debajo de las camas sin que su marido sintiera ganas de representar al óleo algunos de los demonios de su subconsciente sobre su propia cara. Jaboncito se creía un gran artista y prefería el rostro de Coloretina antes que un lienzo, cartón o incluso un perfecto rectángulo de madera de nogal incorrectamente entelado.
Todos los miércoles y jueves a las cinco de la tarde, Ungüentus Mediovillorrio se hacía una paja con el cuerpo desnudo de Coloretina Drunda en la cabeza. En algunas ocasiones la imaginación le gastaba malas pasadas y la representación que se le aparecía era la de Jaboncito Sutra echando espumarajos por la boca. Cuando eso sucedía no le quedaban más que dos alternativas: subirse los gayumbos, los pantalones y santiguarse o continuar con el ejercicio onánico hasta el éxtasis final.
Un día cuakquiera de un mes cuakquiera, y fíjate que uso el adjetivo indefinido «cuakquiera» en lugar de «cualquiera», llamó al timbre de los Sutra-Drunda un dedo humano. Detrás de ese dedo había un tipo con aspecto de buey almizclero electrizantemente odoroso. Cuando Ungüentus Mediovillorrio, que estaba de visita, entreabrió la puerta, enseguida supo que tenía que abrirla totalmente, pues Gomorresina Unto, que es como se llamaba el medio humano medio artiodáctilo, había sido amigo de todos en otros tiempos lejanos.
La felicidad volvió al corazón de Jaboncito, Coloretina y Ungüentus con la llegada de Gomorresina. ¡Unto, Unto! Gomorresina. ¡Unto, Unto! Gomorresina. ¡Unto, Unto! Gomorresina. ¡Unto, Unto! Para celebrar el flujo-reflujo emocional, los cuatro danzaron como elfas descaradas mientras el atardecer dibujaba figuras esplendorosas. De repente Jaboncito se detuvo en seco y frenó al resto de mammachichos. Acababa de darse cuenta de que a Gomorresina le faltaba un dedo. ¡Unto, Unto! Gomorresina. ¡Unto, Unto! Gomorresina. ¡Unto, Unto! Gomorresina. ¡Unto, Unto! Rápidamente comprendió y se dirigió a la puerta de entrada, la abrió con cierta teatralidad trasnochada y destebrechada y desgalichada y amostachada y desranchada y… ¡pegado con una especie de adhesivo esencial arracimado colgaba el índice! ¡Nadie se había preocupado de que el timbre no hubiera dejado de sonar desde que Ungüentus entreabriera la puerta antes de abrirla en su totalidad!
Alguien agarró el dedo. En un momento dado, el dedo dudó. Sí, en un momento dado, el dedo dudó, te lo juró. Dudó en cuanto a qué dirección de caída sería la correcta. A un lado estaba el suelo. Al otro lado estaba también el suelo, solo que este lado de suelo tenía un gato que normalmente pasaba hambre. ¡El gato de Jaboncito y Coloretina! Al final Gomorresina se adelantó y se metió el índice entre el calcetín rojo y el tobillo color carne, pues sus pantalones carecían de bolsillos. ¡El incidente se convirtió en anécdota! ¡La anécdota en acontecimiento! ¡El acontecimiento en una mera circunstancia! ¡Y el gato en un morrongo morroño!
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