Email del 17 de diciembre 2020

 

Albert Anker. Writer at the desk (1905)

Querida:

Te escribo porque llevo dos semanas sin saber nada de ti. ¿Recuerdas mi último email? En él te pedía tu opinión sobre el relato corto que te adjuntaba y que se titulaba Las aventuras de Brontosaurita y Cimborrín en la fábrica de orinales. Como te expliqué en aquella ocasión, este relato pertenecerá a una serie que pretendo escribir en el futuro. Incluso tengo algunos títulos en mente: Brontosaurita, Cimborrín y el color de las heces, Brontosaurita y Cimborrín en la heladería regentada por un expedófilo. Pero antes he de ponerte en contexto. Brontosaurita es una niña gordita que tiene 8 años y Cimborrín un chavalín de la misma edad cuya cabeza tiene forma de cilindro. Sin embargo no siempre fueron así. Cuando creé ambos personajes, Brontosaurita era una ninfómana con algunos kilos de más que acababa de cumplir los 18 años y Cimborrín trabajaba en una almejería. De hecho escribí un par de borradores. El primero se titulaba Brontosaurita se tira al comisionado de telecomunicaciones mientras Cimborrín mira, y el segundo, Entra a Theofficialbrontosauritavixen’s room y descubre lo que puede hacer Cimborrín con la minga, pero no me llegaron a seducir, por lo que acabé transformando a los dos personajes en chiquillos que experimentaban la vida en plena etapa de niñez mediana. 

Supongo que se te habrá olvidado darme tu opinión sobre el texto. No importa. Hazlo ahora. Es decir, en cuanto recibas este correo electrónico. Lo que piensas de mis textos siempre ha sido muy importante para mí. Lo sabes. Te consta. Y yo sin tus dictámenes me siento vacío. Bueno ya conoces el dicho: «Si no llevas calzoncillos no te los puedes bajar».

Te echa de menos,

Pentimento López