Email del 25 de enero 2022
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| Ben Shahn. Father and son (1946) |
Bienvenido el señor Dooooooooolard y su hija Dorotea.
1-Dooooooooolard.
Cuando era joven todos le llamaban señor Peseta, pues le gustaba demasiado el dinero. Con la llegada del euro su nombre fue rebautizado a señor Euro, pero como no sonaba demasiado musical, algunos de sus amigos decidieron transmutarlo a señor Dolar. Este hombre tenía una hija que era el amor de su vida a la que llamaba Ternerita, aunque su verdadero nombre era Dorotea. La madre de Ternerita, Ternera Dora, falleció cuando ella tenía ocho meses. Desde entonces, ambos, padre e hija estaban extrañamente divididos. Todo cambió cuando Dorotea cumplió nueve años y le escribió una peculiar poesía a su padre. Dolar, después de leerla y sentirse regocijado por el talento de su Ternerita, se sonó los mocos con ella y se la guardó en uno de los bolsillos del pantalón. ¡Para siempre!
Mi padre, dre.
Mi padre, dre.
Donde quiera que esté, té.
Un día soleado de enero, el señor Dolar decidió de repente que a partir de ese momento añadiría una «o» a su apodo cada año que pasase hasta el día de su muerte. Y así lo hizo. Algunos años más tarde, y recuerdo perfectamente la escena, mientras caminaba cabizbajo por una acera, repasando mentalmente la lista de los tribunos angusticlavios del periodo Augustiano, me encontré con Dorotea. Cuando le pregunté cómo estaba su padre, me contestó que «muy pies, aunque le dolían mucho los bien». Tras darle un abrazo francamente afectuoso me despedí de ella y decidí continuar con mi paseo. No habría dado ni siquiera 20 pasos cuando oí que me llamaba por mi nombre. Me giré y mientras dibujaba una sonrisa reptiliana en su rostro me gritó que su padre «había decidido añadir una «d» al final del apellido».
Pasaron nueve años…
2-Dorotea.
El aire frío de la noche respeta mi nariz. De todas formas la tengo roja y titilante. Miro hacia arriba y no veo nada, ni siquiera la luna en fase de banana. Un tipo se cruza conmigo y me examina como si supiese algo que yo debería saber. Su aspecto es tan churriguerista que deduzco que debe ser un famoso decorador de axilas. Sigo mi camino mientras él sigue el suyo. La verdad es que me hubiese gustado perseguirle a una distancia poco prudente y acabar en su cama haciéndole eso que algunos llaman «cocomordan», pero estoy convencida de que he obrado de la mejor forma posible. Estoy harta de sentirme nec digna nec utilis, supongo que tan harta como el personaje femenino que gracias a Ovidio se sintió de la misma manera hace más de dos siglos.
Llego a un cruce. Mientras trato de decidir si atravesarlo, vadearlo, entrecruzarlo o regresar a casa me visita una imagen ciertamente distorsionada que me recuerda a un sujeto paranoico de temperamento volátil, excéntrico, hipocondríaco, misántropo, frío, maniático y arrogante: ¡mi padre! ¿dre? De repente me imagino un belvedere y admiro horrorizada la etopeya anterior.
Mi padre, dre.
¡Estoy traspasando el tiempo y el espacio! Si tuviera valor y no me importara tanto lo que pueda pensar la gente me compraría una funda de lana para la nariz. Cuando no la necesitase la llevaría colgando de una oreja y si alguna vez me quedara sin orejas se la regalaría a alguien, porque entonces yo ya no existiría. ¿Por qué me siento tan triste? Sí, se que de alguna manera es el marchamo preeminente de mi familia, pero mi familia ahora soy yo. Podría… ¿debería? ¿Sufriría? ¿Sería tratado como un acontecimiento conveniente?
Entrego mi mente. Nadie la recibe. ¿Qué es lo que debería hacer? Llamo a las cosas por su nombre. A veces ellas me llaman a mí por el mío, Ternerita. Ternerita López, hija de Gregorio y Mari Carmen. ¡No voy a arriesgarme! ¡Todos conocen mi número y mi letra! Epiceto escribió que cada uno de nosotros no somos entidades aisladas, sino partes únicas e irremplazables del cosmos. Y si yo pertenezco al universo, no entiendo qué diantres hago tan alejada de él. Recluida en una habitación oscura y acariciando un álbum de fotos ficticio. Lamiendo las heridas de cientos de batallas inexistentes.
Una vez me pregunté a mí misma por qué tenía que evitar posicionarme y mi respuesta fue: «No entiendo la pregunta. Claro que tampoco entendería la respuesta, si existiese».
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