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| Jean Paul Lemieux, Les masques.1973 |
-Mi abuela todavía es capaz de andar haciendo el pino -exclamó Alberto mientras sorbía su café frío.
-Caray, ¿Cuántos años tiene la anciana? -pregunté incrédulo.
-En diciembre cumplirá 97 -me respondió no demasiado convencido. -También es capaz de levantar un saco de patatas de 100 kg con cada brazo mientras canta una marcha militar falangista.
Alberto es un tipo extraordinariamente mentiroso. Generalmente no pierdo el tiempo charlando con gente así, pero ayer me sorprendió mientras estaba sentado en la terraza de un bar tomándome un zumo e intentando escribir un cuento y no pude escapar. Encantado de poder contar sus invenciones a alguien, este tipo con aspecto de facóquero despeinado se sentó a mi mesa y dio rienda suelta a sus habilidades.
-Hace un par de meses me encontré en la calle un bebé tirado al lado de un coche. No paraba de llorar y lo llevé a comisaria. Cuando vino la madre a recogerlo estaba tan contenta que prometió ponerle mi nombre cuando lo bautizaran.
-Eso sí que es suerte -respondí.
-Además, me dijo que si al hacerse mayor era la mitad de guapo que yo se daría por satisfecha. ¿Sabes?, mi guapura viene de mi abuela Adela.
-¿La que anda haciendo el pino?
-Sí, la que anda haciendo el pino -repitió- aunque mi otra abuela es incluso más guapa. Todos los días la paran los transeúntes para contemplar su belleza.
-¿Cuántos años tiene esa abuela? Pregunté mientras comenzaba a impacientarme su osadía.
-95 aunque aparenta 45 o 46.
Llegados a este punto y temiendo que me contará las historias de sus abuelos, decidí pagar y largarme, pero él, acostumbrado a estos percances fue más rápido y volvió a las andadas.
-Mi abuelo Carlos se fuma cada día nueve paquetes de Ducados y ni siquiera tose. Los estanqueros y los médicos le piden autógrafos y todo – exclamó con aire triunfante.
-Alberto, majo, tengo que irme, me espera mi abuela Francisca para que la ayude a ponerse su traje de submarinismo -repliqué con cierta sorna.
-¿Tu abuela hace submarinismo? No me lo creo, es demasiado vieja -contestó francamente contrariado-. Mi abuelo Miguel es profesor de buceo y tiene el récord del mundo de pesca submarina. Una vez ensartó con su fusil subacuático una anchoa de 200 kilos. Tuvieron que llamar a una grúa para poder sacarla del agua.
-Es impresionante -contesté malhumorado-.
-Hasta vino Cousteau desde Francia a darle un apretón de manos.
-¿A la anchoa? -volví a preguntar suspirando-.
– No, imbécil, a mi abuelo. Por cierto, ¿sabes que mi cuñada Belinda tiene un cociente mental de 395?
Como empezaba a cansarme de sus embustes decidí participar en el juego.
-Pues yo tengo una tía que se acostó con el primer ministro uruguayo y no le cobró ni un duro.
-Eso no es nada. Mi tía Patricia se ha quedado embarazada del cónsul de Estambul- dijo, dubitativo, mientras trataba de pensar más rápido que yo.
-Mi sobrino Hierónides, con tres añitos es capaz de componer sinfonías con el ukelele- repliqué rápidamente.
-Yo tengo 23 sobrinos y todos y cada uno de ellos tocan varios instrumentos a la perfección. Bernardo, que tiene dos añitos, incluso ha compuesto la música para una película de terror.
-¿Sabes que mi bisabuelo aún vive y tiene nada menos que 234 años?- le respondí, intentando convencerle de que yo también estaba capacitado para jugar en su partida.
-Mi bisabuela Marta vive en Australia y caza cocodrilos con un tirachinas. No necesita escopeta- respondió a su vez. Estaba claro que yo no podía ponerme a su altura así que volví a intentar despedirme.
-Alberto, tengo que irme, en serio.
-¿Ya? – preguntó desconsolado- Ni siquiera te he contado de lo que son capaces mis primos…
– Lo siento, de veras, me esperan en Marruecos a las 18:00 horas y ya son las 17:40. Ha sido un placer.
Mientras aceleraba el paso tratando de huir de semejante espécimen, pude contemplar por el rabillo del ojo, cómo se sentaba con una mujer de mediana edad que tranquilamente sorbía un gin-tonic y mi corazón se estremeció por ella.
Siempre me he preguntado por qué la gente miente y sobre todo por qué algunos incluso se creen sus propias mentiras. Es posible que la respuesta se encuentre en la clase de educación que han recibido, aunque también es posible que sea una forma de vida, sobre todo cuando los embustes son del calibre de los de Alberto. Yo creo que en toda mi vida no he dicho más de cinco mentiras, y cuatro de esas eran de las llamadas piadosas. La única trola realmente grave la inventé para conseguir un trabajo y nunca me he sentido orgulloso de hacerlo. Aunque consiguió su objetivo, que era empezar a trabajar con serpientes venenosas cuando en mi vida había tocado una, con el tiempo y la edad no puedo dejar de arrepentirme. Y de eso ya hace más de 30 años. Mentir es como andar desnudo por la calle, es decir, una completa imbecilidad que no lleva a ninguna parte. Para que una mentira triunfe, alrededor has de tejer varias otras de la misma anchura y calibre. Y siempre llega un momento en que ellas toman el poder, relegando al autor a segundo plano. No comprendo cómo para algunos se hace tan difícil ser sinceros. Quizá es la única manera que tienen de sentirse vivos. El mentiroso no es más que un maestro en el acto de fingir, de simular, un ser cuya moralidad está acorde con su intolerancia, una víctima social preparada para llegar todavía más lejos, para dar el gran paso hacia la calumnia y sus componentes psicológicos.
Ahora, mientras te escribo este email, son las 6 de la mañana y estoy escuchando el Full Anthem de Henry Purcell. Cuando termine de escribirte, seguramente me dedicaré a meditar, pues mientras me abstraigo alejo a los demonios interiores, esas criaturas malignas que trastocan nuestro innato instinto de subsistencia y lo transforman en decadencia irracional. Podría volver a acostarme, pero no sería más que otra pérdida de tiempo. Y el tiempo no es más que un a secreción subsecuente de microacontecimientos.
