
La editorial Apocoloquintosis acaba de publicar el tercer volumen dedicado a los «casi». Dicho número, titulado Sinecuras pristinas, está dedicado por completo a las «casi» muertes. Y aunque -por supuesto, según mi humilde opinión- no alcanza la calidad literaria del primero y segundo volumen y algunas de sus entrevistas me parecen forzadas e incompletas, todavía puede ser recomendado vivamente a cualquier individuo que se considere a sí mismo «un lector ávido de singularidades extravagantes». Para muestra unos cuantos párrafos.
«Se me pasaron un montón de cosas por la cabeza. Hasta ahí todo normal. ¿Se imagina que se me hubiesen pasado un montón de cabezas por la cosa? Todo el mundo intentaba ser optimista, pero yo dudaba seriamente de que Matilde fuera Matilde. Más bien parecía Angelines. Pero si Matilde era Angelines, ¿quién era Angelines? ¿Matilde? Uno de los amigos de alguien -no sé exactamente de quién- se acercó a mí y me dijo que Matilde y Angelines solo existían en mi cabeza. En ese instante reparé en que toda la gente que me rodeaba eran hombres. ¡Sentí pánico anal! Intenté correr hacia la puerta, pero la puerta estaba instalada en el techo. Me subí a una escalera de aluminio doméstica que había arrinconada en una esquina con útiles de pintura sobre el peldaño superior, pero en lugar de escapar por la puerta del techo acabé pintando la sala entera de un bonito azul añil. Cuando terminé de pasar la segunda mano, la cordura volvió a instalarse en mi cerebro y me di cuenta de que era pintor. Y de que la caída podía haber sido fatal».
(José Garrido Hoyos – Pintor)
«Me encontraba pelando los pimientos para la cena cuando uno me resbaló de las manos y acabó empotrado en la cuenca de uno de mis ojos. Me gusté tanto a mí misma con un pimiento en la cara que a partir de ese instante siempre que aparecía en publico lo hacía de esa guisa. En poco tiempo me llamaron «La chica del pimiento». Un día, mientras buscaba un acondicionador de pimientos en una perfumería, me encontré con un tipo que lucía una berenjena en la oreja y me enamoré perdidamente de él. Estuvimos saliendo durante diez minutos y al final me confesó que no me quería, que durante esos 10 minutos solo había fingido y que en realidad yo no le importaba nada. Salí del establecimiento gritando y subí a un taxi. Por lo menos eso me pareció, porque cuando volví en mí, un montón de batas blancas y verdes corrían de un lado a otro. Cuando pregunté qué era lo que me había sucedido, escuché una voz saliendo de una de esas batas que me decía que era una mujer muy afortunada, ya que muy poca gente había sobrevivido a siete explosiones seguidas de gas».
(Escribonia Alfaro Martínez – Ama de casa)
«Acababa de sonarme las narices cuando advertí que me salía sangre por las fosas nasales, los ojos, las orejas, las encías, el ombligo, la uretra y también de un prurito con forma de viuda arremangada y de aspecto desagradable que me acababa de salir en la frente. La sangre cbrotaba con tal abundancia que estuve a punto de recoger un vaso o dos para más tarde preparar un estofado de sangre encebollada con tomate. Me disponía a pasar el mocho por el suelo cuando se me apareció San Balarmino. Entonces supe que estaba muerto. Cuando el santo se me acercó y me puso la mano encima con esa delicadeza natural de las apariciones sagradas, le agarré los testículos con una mano y le amenacé con hacer una tortilla apostólica allí mismo a menos que me permitiera vivir 200 años más. Como soy un tipo fuerte y cuando aprieto, aprieto, San Balarmino accedió, eso sí, aullando de dolor, y yo volví a estar vivo, sin pruritos y más sano que nunca. Por eso soy capaz de contar, con toda la gratitud que me caracteriza, mi experiencia vital».
(Norberto Pampliega Argenta – Sereno jubilado)
«Recuerdo que todo comenzó un martes y terminó un sábado. Lo que no recuerdo bien es lo que sucedió durante esos cinco días. Pero sé que estuve muerta durante siete horas el jueves por la tarde, pues no subí ninguna foto a Instagram durante ese periodo de tiempo».
(Marisol Delgado Jalones – Plañidera)
«Estaba tirado en el sofá viendo la peli Ensalada de pepino en colegio femenino cuando… ¡Espere! Creo que no era Ensalada de pepino en colegio femenino, sino Se fue en busca de trabajo y le comieron lo de abajo. ¡Sí! Seguro que era Se fue en busca de trabajo y le comieron lo de abajo, porque antes de ponerme el dvd me preparé un bocadillo con un pan verdiazul que estaba lleno de hongos. Bueno, pues eso, estaba tirado en el sofá viendo la peli Se fue en busca de trabajo y le comieron lo de abajo, cuando llamaron a la puerta. Me levanté a abrir sin darle al botón de la pausa y justo en el instante en que abrí y vi que era mi vecina Patrocinia sonó un orgasmo bestial que provenía de la boca de una de las actrices de Se fue en busca de trabajo y le comieron lo de abajo. Cuando Patrocinia, que tenía unos 80 tacos, escuchó el alarido me echó un conjuro y me transformé en taza de té, duradera y flexible. Y permanecí con esa forma durante 27 meses hasta que de repente volví a mi forma mortal. Cuando me presenté ante la Policía para denunciar el encantamiento me equivoqué de puerta y entré en un club de alterne, donde uno de los chulos me abofeteó 45 veces en 15 segundos, con lo que -según él- acababa de batir el récord mundial de abofeteamientos y no me quedó más remedio que felicitarlo efusivamente. A partir de ese instante no recuerdo absolutamente nada».
(Ulpiano Peris Flores – Inseminador artificial de ganado)