diciembre 2022

Email del 16 de diciembre 2022

Eileen Agar. The autobiography of an embryo (1933)

Bartolo Martínez definía a grandes rasgos sus creaciones como «un montón de sandeces manufacturadas para deleitar a la chusma obtusa y obsoleta». De manera más sarcástica, consideraba «básicamente la idea es escribir una serie de majaderías que puedan ser comprendidas por el 99% de la gente de la calle, esa que no es capaz de rascarse el trasero sin ayuda». Desde 1951, fecha de su fallecimiento, hasta el día de hoy, no ha habido un año en que no se haya celebrado una retrospectiva de su obra en cualquier territorio del planeta, exceptuando en los continentes europeo, americano, africano, asiático y oceánico. Incluso eminencias como Albert Einstein, Carl Gustav Jung, Max Born, André Gide y Cantinflas se refirieron a él como uno de los más grandes autores de la Historia.

Bartolo Martínez fue un hombre del renacimiento. Escritor, pintor, escultor, director de cine, matemático y fontanero. Sus padres, Marco Antonio Martínez y Flor Amparo morales abandonaron Quito buscando una vida mejor y terminaron instalándose en el barrio valenciano de Ruzafa donde alquilaron un pequeño kiosko verde extraordinariamente destartalado. Como el negocio marchaba bastante mal y los únicos beneficios se los gastaba Marco Antonio en busconas densas y adherentes, Flor Amparo decidió marcharse a vivir al barrio madrileño de Vallecas sin sospechar que estaba demasiado embarazada. El día 14 de enero de 1923 nació Bartolo en una batanería. Su madre pensó que tenía flatos e intentó dejar escapar el aire mientras tosía fuertemente, pero la ventosidad resultó ser un retoño.

Bartolo creció fuerte y sano gracias a los cuidados de su madre y cuando cumplió los 20 ya era un tipo recio y apolíneo. A partir de esa fecha no tenemos suficientes datos como para completar una semblanza, aunque sabemos que se casó a los 23, se divorció a los 24, se abarraganeó a los 25, se desabarraganeó a los 26, le operaron de una hernia discal a los 27 y murió a los 28. Durante todos esos años escribió seis grandes obras que hoy son consideradas monumentos literarios y arregló catorce grifos y dos letrinas. Fereshteh Ainein Aghdashloo, su biógrafo oficial, mantiene que los personajes principales de cada una de sus novelas experimentan una metamorfosis en la página 367 de cada libro, lo que según él otorga esa «belleza intensa y frágil a cada sustantivo, verbo, preposición, pronombre, adjetivo, adverbio, conjunción e interjección, aunque abusa de las comas, no evita anacolutos, silepsis y solecismos y sus discordancias entre los sujetos y predicados a veces sumen al crítico feroz en un proceloso mar de nervios impuros.»

BIBLIOGRAFÍA.

Narrativa escrita en castellano:

Hongos mucilaginosos en mi bolsillo (1943)
Hongos glutinosos en tu bolsillo (1943)
Hongos mucilaginosos y glutinosos en nuestros bolsillos (1946)
Un agujero en mi bolsillo (1948)

Narrativa escrita en valenciano:

Butxaca amb solapa (1944)
Butxaca sense solapa (1945)


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Email del 14 de diciembre 2022

Donald Roller Wilson. Kathleen’s friend was concerned about the match… (1981)

Graymalkin, mi gato callejero de pelo blanco y negro, me regaló una bonita y lánguida sonrisa. Aunque a diario me llenaba todo el cuerpo de ellas, yo sabía que ésta era especial, porque era la última. Media hora más tarde su cuerpo reposaba inerte sobre la mesa del veterinario. A su lado, un catéter con unas pocas gotas de Tributame. Mientras mis ojos barrían la consulta, intentando obviar la imagen de la muerte, tan perfecta e inadmisible, mis lágrimas se apretujaban en una especie de masa incolora y se rebelaban por saltar al vacío. Lo impedí mientras pude, pero al salir a la calle resbalaron por mi cara y se deslizaron hasta el suelo. Como éste estaba mojado, supongo que por gotas de sollozos anteriores, no fui capaz de recogerlas.

Ahora estoy frente a una ventana. Intento mirar hacia afuera, pero es de noche y la oscuridad dificulta la percepción de lo que se esconde detrás. Recuerdo que hace bastantes años mi padre me regaló algo que para él era muy importante. Ese algo era de color corriente y llevaba una pequeña etiqueta con el precio pegada en un lateral. Cuando se largó despegué la etiqueta, me la guardé en el bolsillo y arrojé aquél algo por la ventana. Mientras pensaba en lo fácil que es comprar el afecto, decidí bajar a la calle y buscar el algo. Lo encontré sin dificultad y lo arrojé a la papelera. Cuando volví a subir a casa, saqué del bolsillo la etiqueta y me la pegué en la punta de la nariz. Fui con ella clavada en la cara durante tres días y cuando se cayó lloré porque no había cumplido mis deseos, que no eran otros que mi padre se fijara en ella.

Entre esa etiqueta que arranqué del algo y las lágrimas que se desecaron en el suelo pasaron casi dos décadas. Durante ese periodo de tiempo lloré diecinueve veces, supongo que una por año. De todo ese montón de lamentos, cuatro resultaron inútiles, seis lograron avasallar las emociones de los receptores y el resto no fueron verdaderamente importantes, o por lo menos no sirvieron para los propósitos que habían sido concebidos.

La verdad es que no sé por qué escribo sobre el pasado. Quizá en un vano intento por arrastrar hacia la nada ese maldito círculo de simulación que siempre acaba por comprometerme. ¿O es una especie de comodín que la mayor parte de las veces me exime de poner los dedos entre las fauces de lo que es real y lo que es inventado?

Creo que pese a todo, sigo huyendo…


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Email del 11 de diciembre 2022

René Magritte. Man in a bowler hat (1964)

Querida:

La semana pasada me di de baja de NA (Nihilistas Anónimos) porque de repente me di cuenta de que había estado equivocado toda mi vida y en realidad yo creía en ABSOLUTAMENTE todo lo que existe y no existe o lo que se puede ver e imaginar, aunque la mayor parte de las veces me pasara esa categórica y definitiva totalidad por la parte posterior de la envoltura testicular y del epidídimo. Mañana, si las condiciones medioambientales y térmicas lo permiten, solicitaré mi admisión en NE (Nihilistas Exiliados) y en NI (Nihilistas Insatisfechos). Como no estoy seguro de ser admitido, ya que por el mero hecho de adorar a la imposibilidad y la inexistencia, los cabecillas de estas asociaciones suelen ser sujetos que casi nunca se levantan de sus camas -y cuando lo hacen ni siquiera se les pasa por la cabeza cambiar las sábanas cada dos semanas, y mucho menos ponerse a revisar solicitudes de admisión-, he decidido seguir manteniendo el contacto con NO international (Nihilism Opposition) y hacer caso omiso a las invitaciones que me envían los tipos raros pertenecientes a NU (Nefelibatas Urentes) para que me suicide desnudo delante de ellos.

Greg

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Email del 7 de diciembre 2022

William Blake. God judging Adam (1795)

-Nos esforzamos en llenar los bolsillos lo más rápido posible, porque creemos que de esta forma colmamos nuestras existencias, pero mientras perdemos un tiempo precioso e irrecuperable en ello, nuestro cerebro se oxida -Quien así hablaba era Nadie-Ah, un ente incorpóreo que habitaba en ningún lugar.
-Pero maestro, sólo seguimos el guion marcado por la comunidad -repliqué con cierto desasosiego.
-La sociedad sólo es un invento para mantenernos callados y sumisos -sentenció mientras su voz se desvanecía lentamente.
-¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer para salvarme? -pregunté.
-La salvación está lejos de la conciencia reprimida. Lejos de cada uno de las motivaciones y de los pretextos.
-Entonces, ¿he escogido un camino equivocado?
-No existen los caminos ni los destinos. Todo forma parte de una mentira programada. Una mentira programada. Una mentira programada.
Mientras sus palabras se confundían entre las ondas del aire, una súbita idea se encasquilló en mi cabeza. En ese instante decidí que la nada era esa redención tan esperada y decidí quitarme la vida.

Desde que asesiné mi cuerpo soy alguien totalmente diferente. Ya no sufro y nadie, nada, me hace padecer. Vivo envuelto en un color neutro y me alimento de la mezcla de gases que desprende la indiferencia. No necesito justificarme, porque carezco por completo de culpabilidad alguna. No pretendo inmiscuirme en vuestros destinos, porque éstos están completamente agotados. Opino porque sé que no tengo que pagar ningún precio. Conozco cada una de vuestras pequeñas historias y me complace alterarlas a mi antojo, proponiendo argumentos absurdos que envilecen y apresuran el final inevitable. Soy un Dios menor que reniega de la Creación. Tras mi velo inexistente deseo una rápida conclusión que os redima, pero sin exculparos de las consecuencias. La capitulación merece un castigo. Os juzgaré con moderación, pero la penitencia no puede ser invalidada.

Exterminaré a vuestros hijos, pero os mantendré con vida para que derraméis hasta la última lágrima. Propagaré un número ilimitado de enfermedades que, lejos de mataros, harán que os preguntéis si en verdad vale la pena sobrevivir. Vuestras heridas no podrán ser sanadas y tendréis que acostumbraros a vivir con la putrefacción y la inmundicia que desprenderán vuestros pensamientos más sinceros. Os amo tanto como os odio. Y os temo tanto que os prevengo. Dedicaré parte de la eternidad a preparar vuestro futuro, incierto y repleto de angustia e incertidumbre. Y os advierto que mi ira será proporcional a vuestros clamores, vuestros suspiros. Sois suciedad a la que hay que sanear. Sois axiomas cuestionables a los que hay que reprender. Empujaré vuestras almas y zarandearé vuestra confianza hasta que de ellas sólo quede un vestigio ponderable.

-Nos esforzamos en llenar los bolsillos lo más rápido posible, porque creemos que de esta forma colmamos nuestras existencias, pero mientras perdemos un tiempo precioso e irrecuperable en ello, nuestro cerebro se oxida -aseveré con una voz tan atronadora que mi discípulo no tuvo más remedio que taparse los oídos con las manos.
-Pero maestro, sólo seguimos el guion marcado por la comunidad – exclamó mi adepto favorito.
-La sociedad sólo es un invento para mantenernos callados y sumisos -sentencié mirando a las estrellas.
-¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer para salvarme? -masculló mi discípulo.
-La salvación está lejos de la conciencia reprimida. Lejos de cada uno de las motivaciones y de los pretextos.
-Entonces, ¿he escogido un camino equivocado?
-No existen los caminos ni los destinos. Todo forma parte de una mentira programada. Una mentira programada. Una mentira programada.

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Email del 5 de diciembre 2022

Marc Chagall. Peasant with a clock (1968)

Antes de empezar a despotricar, me gustaría dar la bienvenida a los ciento y pico nuevos pensamientos obsesivos que se han repantigado en mi abatatada sesera, en un día horrísono y teratológicamente ordinario.

Con el tiempo mi nariz, antaño hermosa y delicada, se ha ido transformando en algo parecido a una especie de solanácea alienígena, procedente quizá de Ío, Leda o Erínome. No es que me importe demasiado, ya que las orejas han crecido en equivalente proporción y me afean igual o incluso más que la jodida napia de los cojones, pero me repugna ver y sentir cómo me hago viejo. Por esa razón, y quizá por otras igual de espeluznantes, llevo unos días pensando en retirar los 23 espejos de mi casa y todos los cristales de las ventanas para regalárselos al sintecho que malvive en mi calle. Claro que antes tendría que regalarle un carrito, un carretón o un forcaz. Se llama Adalberto Zurullín, aparenta unos 80 años y siempre que puede explica que era descendiente del insigne Vigilio Mojón. En una ocasión le pregunté por qué residía en la calle y él me respondió que estaba a mi entera disposición para cualquier duda, aclaración o ampliación de información que necesitara. Otro día intenté interrogarle acerca de su pasado, pero su respuesta fue igual de extravagante que la anterior, pues se limitó a cerrar sus ojos sanpaku mientras me aseguraba que había que garantizar a los posibles seres, natos o nonatos, ya fuese en un día fasto o nefasto, que solo no siendo y asintiendo, se evitarían dolor y sufrimiento. En realidad, tanto Zurullín como yo, estamos tan solos como Dae-su Oh, aunque yo por lo menos todavía no veo hormigas. Y aunque mi soledad es interior, me gustaría poder situarme en algún lado, quizá el de al lado o posiblemente el del otro lado.

En mi impreciso aislamiento no existen los emplazamientos determinantes. Solo esas malditas imágenes oscuras proyectadas sobre superficies claras y obtusas, que como estatuas de piedra resquebrajadas por el tiempo necesitan ser restauradas. Me cuesta tanto pensar sin descartar. Sin abstenerme o evitar. Registrando a conciencia lo que nadie puede, debe o necesita garantizar. ¡Ah! tantos y tantos «ar». Sin embargo sé que no debo comportarme de una manera razonable.

Acabo de inutilizar el número 61
Acabo de inutilizar el número 61

Podría haber inhabilitado otras cifras, pero no me han hecho nada. O si me lo hicieron en el pasado, ya lo he olvidado. Nunca guardo rencor a los sucesos finiquitados. No sería justo. De todas formas estoy seguro de que el rencor y todos sus sinónimos allegados nunca me transformarán en un tipo mejor, más concentrado en un punto y menos adicto al infortunio. La razón ya no es un argumento válido.

No es necesario tener un motivo para llorar pero a menudo es un magnífico ejercicio de limpieza para el lagrimal. Yo he intentado hacerlo hace unos minutos y sólo me han caído un par de mocos, seguramente porque no tengo cuenta Premium en las glándulas de Meibomio. El caso es que como no he podido lagrimear he decidido encenderme un cigarrillo inexistente y ponerme delante del ordenador a escribirte lo que me sucedió ayer. ¿Sabes lo que me sucedió ayer?: ¡nada! Y eso lo mire como lo mire no puede ser bueno. Claro que siempre es mejor que no suceda nada a que te detenga la policía por mantener una relación carnal con un muslito de pollo. A lo mejor es que espero demasiado de todo; no sé, es posible que el aburrimiento perpetuo forme parte de mi existencia. Hace algunos años no me agobiaba de la misma forma que lo hago en esta época de mi vida. Supongo que debe ser cosa de la edad. ¡Me gusta tanto otear la línea que separa el cielo y la tierra mientras escribo mentalmente otro guion para una vida ficticia!

Ahora, en esta vida, la real, la auténticamente jodida, la misma que intenta vivir Zurullín, la luz del sol entra por un agujerito y a menudo me deslumbra. Me doy cuenta de que todo es un chiste; me refiero a cada uno de los días con sus respectivas noches. Pululo sin rumbo por un relato mal escrito que todavía no está completamente definido, y mientras lo hago o trato de hacerlo, siento que la única opción que me queda es dejar que la corriente me arrastre. No hay tiempo para el constreñimiento, para pensar, para recriminarme; es mejor exorcizar cada una de las alternativas que se presentan y tratar de no justificar la soledad existencial con pequeñas artimañas prefabricadas con el vano pretexto de aguantar un poco más, a cualquier precio.

Quizá si fuera un poco más inteligente distinguiría entra todas las opciones, pero me niego a ponerme las gafas. De momento voy a tratar de recomponer ese destartalado puzzle que se amotina en mi interior. Y no se me ocurre una manera más sensata que desconectando el interruptor que me mantiene cuerdo. No te asustes si mi próximo texto está escrito en tailandés.

Greg


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