febrero 2023

Email del 27 de febrero 2023

Francisco de Goya. Perro semihundido (1819-1823)

Me encontraba tumbado en el sofá haciéndome cosquillas en la nariz con un pincel rigger cuando de repente noté que tenía un bultito en el septo. Rápidamente me incorporé alarmado por si fuera un cáncer de septum o un granuloma o un epitelioma o un sarcoma o un carcinoma u otro tipo de «oma» y me miré en un espejo. Lo que vi me dejó sin palabras. Representado frente a mí se encontraba lo que hasta en un pasado más o menos reciente era un tipo arriscado y gallardo que se comía el mundo sin cubiertos, sin embargo en el reflejo se podía ver a un carcamal valetudinario con aspecto estropajoso y tan decorativo como un gamborimbo. Después de sentir lástima por mí durante unos minutos me senté en el cojín que uso para meditar y repasé mi larguísimo mantra extraído de un poema de François Villon.

La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.
La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.
La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.

Tras 45 minutos de oración, trascendencia y reflexión decidí que debía volver a encauzar mi vida, pero me entraron ganas de hacer de vientre y el pensamiento voló hacía los cielos inconmensurables y se perdió para siempre circundado de júbilos, algazaras y exaltación. Cuando salí del cuarto de baño volví al sofá, agarré de nuevo el pincel y reanudé la serie de cosquillas nasales desde el punto en que lo había interrumpido. De vez en cuando me tiraba algún pedo que asustaba a las moscas y a las cucarachas mientras soltaba algunos roznidos cthulhunianos.

Unos minutos después me puse a pensar sobre la palatabilidad existencial y la muerte. Luego dibujé en mi mente algunas formas abstractas que me recordaron a ciertos esprits frappeurs que me acompañaron cuando era joven. De pronto comprendí que debía meterme una cuchillada en las entrañas. O mejor, llamar a algún conocido falto de personalidad y convencerlo para que me apuñalara repetidamente y hasta la muerte. Pero, ¿que le prometería a cambio? ¿Dinero? Yo no tengo dinero. ¿Runrún mediático? Conociendo a mis amigos no estoy seguro de que les gustara pasar a la posteridad como unos homicidas en potencia. Aunque era consciente de mis muchas limitaciones, tanto físicas, emocionales o intelectuales, sabía que era absolutamente capaz de convencer a un cocodrilo para que cambiase su dieta cárnica por otra a base de legumbres y cereales. Todavía jugaba con esa idea en la cabeza cuando me vi con el teléfono en la mano llamando a J. ¡No daba señal! Lo intenté con M. ¡Su mujer me dijo que habían tenido una broca brutal y se había largado de casa! Marqué el número de S. ¡El teléfono al que llama tiene restringidas las llamadas entrantes! ¿Qué podía hacer? Esos tres eran los más ingenuos y por lo tanto persuadibles. Decidí retirarme a meditar nuevamente…

La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.
La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.
La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.

Vi praderas repletas de hierba fresca y mojada. Y me vi a mí mismo volando por encima de la majestuosa verdosidad. Advertí que los ratoncillos de campo me confundían con una ave de presa, seguramente un cernícalo primilla o un aguilucho cenizo. Y fui testigo del ataque de una culebra bastante rolliza sobre una lagartija de colores irisados. A lo lejos podía escuchar un concierto de balidos benevolentes acompañados de gritos humanos y ladridos de perros. Cuando me cansé de tanta naturaleza desbocada hice un giro Immelmann e intenté regresar al lugar del que había salido. Pero no me fue fácil, pues me había despistado. Mientras trataba de situarme pensé que tratar de situarme era una mala idea. Aplacaba y sometía mi libertad, así que decidí que lo mejor era perderme. Por lo menos hasta que el mantra dejara de tener sentido y volviera a aterrizar en mi sofá favorito, por supuesto, con cuidado de no derribar ningún propósito reprimido .

La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.
La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y…

¡Joder! Caí. Sí, caí de la ensoñación. Hice un gran agujero. Sin embargo para la sonrisa que cabalgaba desbocada detrás de mí, eso solamente era un puto socavón. Miré hacia arriba y sobre el cielo raso y sereno refulgía la luna en forma de banana evanescente. No me importaba en absoluto que fuera de día. Mientras trataba de fijar la vista sobre una serie incompleta de rayos culebreantes sentí que yo era yo, es decir, un estafador y trapacero, y que todo lo que intentaba hacer, de alguna extraña manera, me lo hacía a mí mismo. Y que aunque en realidad siempre existen opciones, la dificultad estriba en encontrarlas y enmascararlas.

La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.


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Email del 13 de febrero 2023

Alesia Lund. Mosca (2010)

«Me encontraba tratando de desentropiar -en la medida de lo posible- la fase vulnerable e infantil en la que me encontraba desde hacía un tiempo, cuando noté un cambio brusco en la dirección de mi sombra. Estaba claro que alguien había movido la lámpara de pie, de estilo moderno, que iluminaba la habitación desde atrás. Me giré y pude ver que no había nadie. La puerta seguía cerrada y la ventana ni siquiera existía, ya que el arquitecto que diseñó el edificio llegó a la conclusión de que los ventanales no eran indispensables en algunas habitaciones. Cuando empezaba a creer que mis nervios me jugaban malas pasadas escuché un ruido ahogado, más parecido a un zullón que al sonido que se produce de forma espontánea cuando se interrumpe un éxtasis existencial».

El texto anterior está escrito por una mosca usando el método güija, pero sin vaso ni invocación a los muertos o al diablo. Trataré de explicarme mejor, o lo que es igual, trataré de demostrar que la «Teoría molimiente» desarrollada por mí durante años siempre acaba confirmándose total o parcialmente.

A las siete de la mañana de ayer atrapé una mosca macho y comencé a molestarla de forma realmente avasalladora y continua durante 13 horas. Sobre las 12 de la noche, cuando me pareció que el insecto estaba a punto sufrir un ataque convulsivo y de agitación psicomotriz, le obligué a que escribiera un cuento corto, de por lo menos siete u ocho mil caracteres. Como un bolígrafo es demasiado grande para ser manejado por un díptero tan pequeño y el teclado del ordenador, por lo menos mi teclado, necesita una fuerza dactilar considerable, inferí que lo mejor era poner a la víctima sobre un tablero de güija y que por medio del desplazamiento corporal fuera redactando su texto, que además debería tener cierta calidad y ser decididamente creíble. Necesité armarme de valor y paciencia pero al trigésimo tercer intento la mosca lo consiguió. Lamentablemente no pudo terminar la historia porque en un momento determinado le falló el corazón y murió.

Si mis investigaciones hostiles e incomodantes sobre los pequeños animalillos no son interrumpidas por un futuro cataclismo zombi o incluso el temido Big Crunch, espero llegar a cotas inimaginables para cualquier cerebro con un CI menor de 201. Claro que también soy consciente de que mi delicado estado de salud puede pasarme factura en cualquier momento, por esa razón he recopilado todos los resultados de mis experimentos en cinco cuadernos a los que he titulado Las certezas de los rumores (parte I, parte II, parte III, parte IV, parte V) y que a partir de mañana pueden ser consultados en forma de transcripción críptica en mi página web.


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Email del 9 de febrero 2023

El Greco. Las lágrimas de San Pedro (1600)

Querida:

Recordarás que hace algunos años te comenté por medio de otro descangallante email cómo mi dentista se estaba construyendo un chalet adosado de 600 metros cuadrados gracias a mis innumerables ortodoncias e implantes. Pues bien, esta mañana dicho creso sujeto me ha invitado a la mansión -ya prácticamente terminada- y me la ha enseñado de arriba a abajo y de derecha a izquierda. En un momento dado, mientras me demostraba cómo es capaz de regular desde el teléfono móvil la intensidad y el color del chorrito del bidé, he sentido ganas de desaparecer, pero no de su palacio, sino del tercer planeta de nuestro sistema solar. Quizá no seas capaz de advertirlo, pero me encuentro bajo una fuerte (de)presión. Es posible que si me tomara las cosas de diferente manera fuera capaz de recomponerme hasta cierto punto, pero no creo que tratando de modificar comportamientos mecánicamente adquiridos pueda llegar a vislumbrar una extraordinaria transformación existencial. ¡A fin de cuentas mis días y mis noches están numerados! Y aunque pueda haberme descontado en un par de ocasiones, estoy completamente seguro de que no pasaré de los 98 o 99 años. Hasta entonces, todavía me quedan un montón de realidades concretas y apariencias abstractas a las que oponerme con toda la fuerza que permita mi intrincado carácter.

Cuando no existía, quiero decir, cuando todavía yo no había nacido, las cosas no me resultaban tan desquiciadamente jodidas y absurdas. Seguramente porque no existía, por lo tanto no era y no estaba. Existir implica disgustos y preocupaciones, claro que no existir conlleva oscuridad penetrante y desarreglos emocionales y problemas de inadaptación para lidiar con esa ausencia total. Pero, si existir es una forma de preparación para una próxima no existencia, entonces, ¿para qué cojones existimos? ¡Joder! ¡No entiendo una puta mierda! Me gustaría tanto que alguien me lo explicase. Aunque fuese un mudo. Dicen que la muerte es el principio. También dicen que un clavo saca otro clavo. No sé, mis conocimientos de bricolaje, construcción y decoración son muy deficientes, quizá por esa razón solo soy un jodido ignaro de mierda y no consiliario o incluso corifeo de Brico Dépôt o Leroy Merlin.

Por favor, ahora necesito que te concentres y me prestes mucha atención. Hace un par de décadas, puede que más, se me apareció algo que decía ser Simón bar-Jona (aka san Pedro). Como dudaba seriamente de sus intenciones, le dije que tenía un poco de prisa y la etiolada visión se esfumó. Mientras la pretendida imagen del santo se desintegraba , sentí unas enormes ganas de tocarme los testículos con cierta delectación, pero no lo hice por temor a que algún cordero de Dios trotara hasta el Vaticano para chivarse y el Papa me excomulgara. Por esa razón me hice apóstata, para poder tocarme mis partes íntimas e intrínsecas cuando me diera la real gana. Sin embargo, todavía no me siento libre y cada vez que me froto los huevos, sea o no en plan sicalíptico, envío una notificación certificada y urgente a la Santa Sede.

¡Sí! Me siento repleto de vacío y mis amigos lo notan. Desde hace unos meses me llaman «Ternerito López». Eso me desanima. Y cuando estoy muy abajo me cuesta horrores remontar la pendiente. Generalmente entrando en vaginasdepiladas.com suelo volver a ser yo, pero desafortunadamente esa web ha cambiado su nombre y sus percepciones. Ahora se llama chichispeludos.es y navegar por ella ya no me sienta tan bien. Creo que debería esperar a «el pescador» (aka san Pedro) de nuevo. ¡O lo que fuera esa rugosa visión! Y si no se vuelve a aparecer, quizá debería pegar un par de lamidas al cactus Echinopsis pachanoi, también llamado cactus de San Pedro y esperar a que suceda algo. Cualquier cosa.

Ternerito López


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Email del 7 de febrero 2023

Unknown author. Woman with spectacles (19th century)

Aunque soy ateo desde que tengo uso de razón -y apóstata desde hace más de dos décadas- me gustan las mujeres cristianas que llevan gafas, aunque también me gustan las mujeres agnósticas que usan lentillas. Por esa razón me quedé muy afectado cuando acusaron de asesinato a una cristiana que llevaba gafas desde los siete años y a su prima, una guapísima agnóstica que, aunque en el pasado había usado lentillas, por aquel entonces también llevaba gafas. A las dos me las intentaba trajinar usando todos los trucos barriobajeros que hasta ese instante conocía. Por supuesto, a día de hoy conozco y practico muchísimos trucos más, algunos son tan arrabaleros como los que intenté con las primas, otros incluso peores.

Ambas drogaron y golpearon hasta la muerte al marido de la primera, la cristiana que usaba gafas, que por una de esas extrañas casualidades de la vida cambió los lentes por las lentillas cuando entró en prisión. Sin embargo, su prima siguió usando las gafas hasta que salió en libertad condicional y decidió no volver a llevar gafas ni lentillas aunque fuera por la calle dándose golpes a diestro y siniestro.

Yo seguí con mi vida, hostil y peligrosa, y con mis juegos sucios con mujeres con problemas focales. ¡Me trabajé a 123 en cinco años y medio! De esas 123 me acosté con 79 y para lograrlo tuve que prometer y prometer aunque afortunadamente jamás cumplí una puta mierda. Una de esas 79 féminas me contagió herpes varicela-zóster, meningitis, megaloeritema, rinitis, el virus de Epstein-Barr y pielonefritis. Yo a su vez la contagié con la gripe porcina.

El resto de la historia es tan horrible que prefiero seguir manteniéndola en riguroso secreto.


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Email del 4 de febrero 2023

Charles Emile Callande de Champmartin. Study of a head of a corpse (1824)

Hola:

Hoy quiero hablarte sobre la impenetrabilidad, pero no la debida a una falta de lubricación, ya sea natural o de la marca Durex, sino la que surge de la imposibilidad. Claro que antes de intentar explayarme sobre el tema, me gustaría aclararte que las dos primeras líneas del siguiente párrafo han sido patrocinadas por la frutería Hameed y Fátima (del barrio de Benimaclet) y que el resto de renglones todavía buscan patrocinador. Sin embargo, tanto la primera, cuarta, quinta, sexta, octava, undécima y decimotercera líneas del tercer párrafo, como la segunda, cuarta, sexta y séptima del cuarto parágrafo, han sido apadrinadas por alguien que desea permanecer en el anonimato.

Si para Descartes todo ha de ser puesto en duda en alguna ocasión, para Gregcartes todo cobra sentido cuando se está muerto. Muerto y enterrado. Poco importa si los huesos descansan en nichos y las falacias en cenotafios. El final solo tiene un propósito: engordar lo más rápido y con las mejores vísceras disponibles a la fauna cadavérica. Todo lo demás, o mejor, todo lo anterior al estado de rigor mortis no es más que una repetición de una repetición de otra repetición repetida en innumerables ocasiones para certificar que el ganado humano ha pasado los registros sanitarios correspondientes.

Acto primero: Sarcofágico

GRAN MOSCA REGIDORA: Diríjanse al bloque gris. Por favor, diríjanse al bloque gris, pero no traspasen la línea amarilla.
MOSCÓN DE TERCERA CLASE: Gran regidora, tengo mucha prisa. ¿Podría descargar la mercancía en el bloque verde, que está más cerca?
GRAN MOSCA REGIDORA: Diríjanse al bloque gris. Por favor, diríjanse al bloque gris, pero no traspasen la línea amarilla.
MOSCÓN DE TERCERA CLASE: Gran regidora, quizá no ha podido escucharme… ¡Con todo este ruido es perfectamente comprensible! Le decía que mi jornada se ha complicado y que necesito ganar unas horas de tiempo o la empresa me despedirá. ¿Sería tan amable vuesa merced y permitirme descargar en el bloque anterior al reseñado? Nadie se daría cuenta y vuesa merced se convertiría para mí en…
GRAN MOSCA REGIDORA: Diríjanse al bloque gris. Por favor, diríjanse al bloque gris, pero no traspasen la línea amarilla.

Acto segundo: Dermesteriano

DERMÉSTIDO COMÚN 1: Es posible que solo sea otra percepción errónea, pero yo diría que toda esta carne no está en condiciones óptimas de consumo.
DERMÉSTIDO COMÚN 2: ¿A qué te refieres con percepción errónea?
DERMÉSTIDO COMÚN 3: Yo entiendo perfectamente lo que has querido decir con eso de percepción errónea, lo que no he acabado de asimilar es lo de las condiciones óptimas…
DERMÉSTIDO COMÚN 4: Pues yo no he comprendido ni lo uno ni lo otro, pero dejadme que os diga que tengo mucha hambre.
DERMÉSTIDO COMÚN 5: ¿Os he contado alguna vez lo que le sucedió a…
DERMÉSTIDO COMÚN 1: No comprendo cómo es posible que alguien no entienda el significado de «Percepción errónea».
DERMÉSTIDO COMÚN 3: Ya os he dicho que yo, personalmente, entiendo el alcance de ambas palabras (percepción y errónea), sin embargo todavía soy incapaz de llegar a alguna conclusión con eso de «condiciones óptimas» ¿Qué es una condición óptima?
DERMÉSTIDO COMÚN 2: Supongo que una condición poco o nada horrible…
DERMÉSTIDO COMÚN 5: ¿Os he contado alguna vez lo que le…?
DERMÉSTIDO COMÚN 1: Me refiero a que esta carne humana no está suficientemente podrida. Cualquier día nos van a servir los cadáveres con guarnición…
DERMÉSTIDO COMÚN 2: ¿Te refieres a una especie de cadáver con ensalada César?
DERMÉSTIDO COMÚN 4: Pues yo no he comprendido ni lo uno ni lo otro, pero dejadme que os diga que tengo mucha hambre.
DERMÉSTIDO COMÚN 2: Sí, eso ya lo habías dicho antes.
DERMÉSTIDO COMÚN 1: Escuchadme. Deberíamos hacer valer nuestros redechos…
DERMÉSTIDO COMÚN 2: ¿Qué es un redecho?
DERMÉSTIDO COMÚN 3: Yo entiendo lo que es un redecho, sin embargo sigo sin comprender eso de «Percepción errónea»…
DERMÉSTIDO COMÚN 1: Perdonad. Quise decir «derechos» pero me salió «redechos»…
DERMÉSTIDO COMÚN 3: Sí, vale. lo tengo claro, pero si una percepción no es errónea, entonces… las condiciones óptimas…
DERMÉSTIDO COMÚN 5: ¿Os he contado alguna…?
DERMÉSTIDO COMÚN 1: Nos estamos haciendo un lío. ¡Olvidad lo de percepción óptima y condiciones erróneas!
DERMÉSTIDO COMÚN 3: Era percepción errónea y condiciones extrasensoriales…
DERMÉSTIDO COMÚN 2: No. Condiciones redechas…
DERMÉSTIDO COMÚN 4: Eso es, percepciones erróneas y condiciones con ensalada.
DERMÉSTIDO COMÚN 1: ¿Pero qué demonios estási diciendo?
DERMÉSTIDO COMÚN 2: ¿Qué es estási?

Acto tercero: Acariano (Musical)

Nos encanta desecaaaar.
Nos encanta desecaaaar.
Pero también deshumedecer y resecaaaar.
Adipociraaaaaa (oh, síiii).
Adipociraaaaaa (oh, síiii).

Nos encanta desecaaaar.
Nos encanta desecaaaar.
Necesitamos crecer y ponernos fuertoteeees.
Adipociraaaaaa (oh, síiii).
Adipociraaaaaa (oh, síiii).

Nananana nananaaaa.
Nananana nananaaaa.
Licuefaccióooooooooooon.
Licuefaccióooooooooooon.
Licuefaccióooooooooooon.

Nos encanta desecaaaar.
Nos encanta desecaaaar.
Pero también deshumedecer y resecaaaar.
Adipociraaaaaa (oh, síiii).
Adipociraaaaaa (oh, síiii).

Nananana nananaaaa.
Nananana nananaaaa.
Licuefaccióooooooooooon.
Licuefaccióooooooooooon.
Licuefaccióooooooooooon.

Acto cuarto: El verdadero final

Por consiguiente, la impenetrabilidad (o sea, imposibilidad), con todos sus razonamientos y condiciones metafísicas, no tiene otro cometido que hacer factible la incapacidad frente a lo maravillosamente establecido (y perpetuado)…


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Email del 1 de febrero 2023

Jacopo Pontormo. Group of the dead (1550)

Las cinco muertes de Sofronio González.

Muerte número 1 (Hinojos, Huelva. 1867)
Sofronio González Maestre murió pisoteado por cientos de miles de conejos durante una estampida producida por un provocador circunstancial. En aquella época anterior a la temible mixomatosis, los lagomorfos se multiplicaban a tal velocidad que era casi imposible no encontrarse con ellos en cualquier lugar y a cualquier hora. Remigio Osorio Rodríguez, maestro y cronista de la villa, escribió en su tratado Descripciones desesperantes que una tarde de verano contó más de 125000 conejos en menos de tres minutos mientras paseaba con su perro Zozo III. Años más tarde se descubrió que Remigio, que era de letras, solo sabía contar hasta el siete, y eso si se ayudaba con los dedos de las manos.

Muerte número 2 (Alboraya, Valencia. 1902)
Aunque le llamaban Sofro, su verdadero nombre era Sofronio González Todolí y nació en Alboraya, el conocido pueblo levantino famoso por su relación chufera-horchatera-fartonera. Aunque Sofro jamás salió en toda su vida de Valencia, murió en la ciudad noruega de Trondheim. Desde entonces los eruditos tanatológicos más importantes de España y Noruega intentar llegar a una conclusión acerca de cómo alguien puede morir a 3500 kilómetros de distancia sin darse cuenta. Para Iverson Abels Stubberud, tanatopractor, tanatopráxico y tanatofilósofo, residente en Tanato-Nordmarka, el hecho de que Sofronio muriera en su precioso país no implica que lo llegara a visitar. Sin embargo el ajero profesional y erudito a tiempo parcial, Cástulo Pruñonosa Cedeño, resumió en una entrevista concedida en 1925 al madrileño, y ya desaparecido, periódico Diario Carpetovetónico Universal que…

«¿Cómo se puede morir en un país que nunca se ha visitado? Es imposible. Biológica y somáticamente imposible. Aunque en realidad no es algo que me preocupe lo más mínimo. Actualmente solo creo en el Allium sativum y sus innumerables variedades. ¿Sabe usted que los ajos tienen sentimientos? Algunos incluso son capaces de eyacular, pero por supuesto, si son acariciados de la manera correcta y durante un lapso de tiempo prudente».

Muerte número 3 (Ávila. 1927)
Sofronio González Alonso, más conocido con el nombre artístico de Onio de Pimpamponio, fue un extraordinario escritor abulense conocido principalmente por su Bilogía para Marcela, compuesta por ¿Quieres una sandía cuadrada, Marcela? y ¿Te pelo la sandía cuadrada, Marcela? Curiosamente Onio de Pimpamponio escribió la segunda parte antes que la primera, para ser exactos con 13 años de diferencia, lo que sumió a un número considerable de lectores en una confusión tensa y desbordante. Aunque en el certificado de defunción puede leerse muy claramente, sobre todo con la ayuda de unos lentes progresivos, que Sofronio murió debido a un súbito cólico hemorroidal, algunos de sus lectores sostienen que el fallecimiento del escritor se debió a que uno de sus testículos retráctiles o en ascensor, ascendió tanto que se le salió por un ojo (algunos dicen que por una oreja), lo que obviamente le produjo una hemorragia masiva de la que no pudo reponerse.

Muerte número 4 (Madrid. 1936)
Sofronio González Suárez nació en plena guerra civil y murió en plena guerra civil. Todo lo que hizo en su cortísima existencia, lo hizo en plena guerra civil. Su madre Macarena Suárez se dejó bajar las bragas repetidamente en plena guerra civil para poder alimentar a su retoño, pues su marido y padre de Sofronio, José González, se suicidó al comienzo de la guerra civil. Cuando terminó la guerra civil, Macarena tuvo otro hijo con un tal Pepe González, banderillero de prisioneros comunistas durante la guerra civil e hilvanador profesional en la posguerra, al que bautizó como Sofonisbo González, individuo que cuando creció llegó a ser conocido comarcalmente como uno de los mejores castradores de pollos de la capital del país y como el abuelo de Sofronio Gonzalez Suárez II, el líder de la revuelta de los suspensorios ocurrida en 1999 que dejó las calles madrileñas cubiertas de bandas elásticas tronchadas y coquillas descompuestas.

Muerte número 5 (Barrio de Benimaclet, Valencia. 1987)
Siempre fue incapaz de pronunciar correctamente su propio nombre, así que cuando se presentaba ante alguien lo hacía como Frosonio González. Sin embargo se escandalizaba cuando nosotros, sus amigos, lo llamábamos de la misma forma. Sofronio era un tipo encantador, aunque un poco extravagante, por eso se encontraba como pez en el agua en Benimaclet, la California levantina, donde estar un poco loco le garantizaba una legión de seguidores. El problema es que esa misma legión de seguidores era seguida por otras legiones de seguidores que seguían a otros colgados, con lo cual al final todos se seguían a sí mismos. Un día en que yo seguía a una tía despampanante, me di cuenta de que esa tía seguía a un muchachote fornido como un megaterio que a su vez perseguía a una cuarentona espectacular que no seguía a nadie. Y no seguía a nadie porque en esos instantes estaba conversando con Sofronio González. Cuando Frosonio se despidió, la cuarentona espectacular decidió seguir a Sofronio sin que este se diera cuenta, mientras era seguida por el megaterio y su perseguidora, la tía buena. Por supuesto detrás de esa tía buena estaba yo, persiguiéndola mientras contemplaba sus nalgas tapizadas con tela vaquera. En un momento dado, reparé en que una anciana arrugadísima pero tan ágil y dinámica como una gacela de Grant me seguía a mí con potenciales ánimos libidinosos, así que decidí dejar de perseguir a la tipa del culito e intentar despistar a mi hostigadora. Al fin, cuando lo conseguí decidí seguir a la primera mujer que se cruzara en mi camino, que por una de esas casualidades cósmicas de la existencia no fue otra que la madre de Sofronio, doña Lavinia Mistral. La seguí durante algunos kilómetros mientras al mismo tiempo me aseguraba de que no me persiguiera nadie. Al final me entraron ganas de hacer de vientre y decidí dejar de seguirla y me dirigí a un aseo público. Cuando entré en el recinto observé que alguien salía, así que me aparté para dejarle que saliera primero. Resultó que la persona que salía era Sofronio, que me estrechó alegremente la mano, aunque se molestó cuando le pregunté si se la había lavado después de… ejem… bueno después de hacer lo que se supone que hizo. Al salir del evacuatorio barrial me senté en un banquito de madera a contemplar como los unos seguían a los otros. No habrían transcurrido ni dos horas cuando se acercó y se sentó junto a mí Perico Sánchez, quien me contó que Sofronio acababa de morir. Yo le contesté que había estado con él un rato antes pero Perico me dijo que sí, que él también, pero que Tiburcia Gálvez se lo había contado hacía diez minutos. Cuando terminó de contarme lo que sabía, ambos nos pusimos a llorar como niños, enseguida nos secamos las lágrimas y continuamos persiguiendo a otros perseguidores, o seguidores, o acosadores o…


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