
Amiga mía:
Desde que hace aproximadamente un lustro escribí Creo en demonias he sido tachado repetidamente de machista y falócrata cuando mi intención era componer un tratado feminista. Ni siquiera la publicación de un anuncio en primera página de los principales periódicos del país, firmado por mi neurólogo explicando que en ese tiempo yo estaba bajo tratamiento continuo por una complicación derivada de mi último shock catatónico, sirvió para que se dejara de insultarme de una manera tan ilógica como arbitraria. Quizá por esa razón, en mi siguiente ensayo Creo en anchoas, escrito dos años después, me resarcí de la chusma retrasada con una serie de improperios espurios sabiamente parapetados tras un acervo determinado de preceptos inusuales que no entendió prácticamente nadie, ni siquiera yo o la crítica especializada.
Dentro de un par de meses saldrá a la venta el tercer volumen de la trilogía (sin relación, continuidad, unidad estructural ni argumental con los dos anteriores) al que he titulado Creo en la urología, donde doy rienda suelta a mis percepciones macroscópicas acerca de la Túnica Dartos, ese pequeño músculo estriado situado en la parte inferior del scrotum masculino.
Greg