
Querida amiga:
Todas las conversaciones, por muy interesantes que sean, siempre llegan a un punto en que hay que detenerlas, sobre todo, para que no se conviertan en un cúmulo de despropósitos y vacuidad a partes iguales. Personalmente, intento no mostrarme demasiado elocuente cuando el interlocutor es muy indeciso o no sabe bien cómo articular las frases, pero por el contrario, cuando de la boca de este surge un torrente logorreico de palabras perfumadas y congruentes, siento la necesidad de cortarle continuamente, quizá en un vano intento de que sienta que está perdiendo el tiempo intentando dar coherencia a su retórica. Porque lo que realmente me interesa de cualquier diálogo es transformar los conocimientos individuales, tanto del emisor como del receptor, en este caso yo, en cacofonía verborreica fácilmente olvidable. No me interesan los coloquios profundos ni las chácharas perdurables. No tengo el suficiente tiempo como para enamorarme de una conversación, a menos que esta invariablemente acabe en confusión, desorden y desconcierto.
Puedes pensar que esta forma de afasia inducida con la que me enfrento a cada intento de diálogo, no es más que una manera de zafarme de los problemas inherentes a la razón o a la sociabilidad. Pero después de tantos años perdidos escuchando palabras inconexas, desafortunadas y carentes de verdadero significado, he aprendido a no esperar demasiado de la inelocuencia disfrazada de elocuencia; de la falsa fluidez transformada en inexpresividad pueril; de las conexiones corrompidas que destruyen cada uno de los intentos de expresar algo, en definitiva, de mejorar nuestras vanas expresiones de gloria (humana) y desconcierto (animal).
Existen cerca de 7000 idiomas y dialectos, pero a la hora de exteriorizar las emociones, sólo los gruñidos tienen algún sentido. Han tenido que pasar 62 años para darme cuenta de mi ingenuidad infantil que pensaba que las palabras habían sido inventadas para engrandecer un peligroso defecto de la creación: el idealismo.