Email del 13 de julio 2019

Florin Ciulache. Reality TV (XX cent.)

Amiga, me gustaría explicarte por qué soy un hijo de la gran puta:

En realidad existen varias razones, pero como de alguna manera todas están supeditadas a un gran origen, voy a dedicar las siguientes líneas a tratar de aclarar y demostrar los motivos por los cuales me defino de esa manera tan horripilante. ¡Estoy cansado de consumir! Pero también de obedecer y someterme. No quiero llegar a presenciar cómo el precioso planeta al que todavía llaman Tierra pasa a denominarse planeta Faceboock, Coca-cola Gaia o CAFUDP-SBDPHES (Corporaciones Asociadas para Fomentar el Uso y Disfrute de las Posesiones bajo la Supervisión Bendita de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo). Porque todos sabemos que nuestra deidad favorita actualmente disfruta sus programas predilectos en un modelo de televisión de 855 pulgadas cuyo optimizador realmente avanzado permite una resolución altísima, omnipotente y absoluta que brinda unos colores más eternos, puros y nítidos.

A menudo me pregunto cuál es el sentido de la vida, pero no de una forma terrenal o incluso montypythoniana, sino de la única manera que creo es la correcta, es decir, si vivimos para justificar a un atajo de diosecillos con sentimientos contrapuestos según sea su origen o las lenguas de los borregos que los siguen, entonces estamos acreditando nuestra cobardía por no ser o haber sido capaces, en todos estos años, de intentar poner nuestro granito de arena cara a un posible exterminio de cada una de esas ponzoñosas doctrinas. Por lo tanto somos, he sido y sigo siendo un cobarde. Todos los cobardes son unos hijos de la gran puta.

Si realmente somos esencia y evidenciamos nuestras propias existencias con los repelentes procedimientos con que nos han enseñado o en otras palabras, procreando como conejos y viviendo como perros (y solo para y por nuestros retoños), entonces estamos argumentando nuestras traiciones como escoria humana de primera calidad por haber mostrado alguna que otra sonrisa tanto a los progenitores como a sus hijos en numerosas ocasiones (sobre todo cuando había algo material que obtener a cambio) en lugar de haber sido fieles a nuestros propios pensamientos oscuros. Por lo tanto somos, he sido y sigo siendo un hipócrita ruin y un fariseo execrable. Todos los hipócritas son unos hijos de la gran puta. Los fariseos execrables, más.

Recuerdo cuando me compré el último modelo de cámara de vídeo con sistema autoñoñoñoñoño 26-AD-256432, diseñado para enfocar con máxima perfección los prepucios. Y lo contentos que nos pusimos tanto yo, como mi mujer y el tipo que nos enseñaba a hacer tríos sin luxarnos las articulaciones. Encima fuimos los únicos afortunados del país en ganar el concurso que patrocinaba la marca del receptor y que nos permitió pasar tres maravillosas semanas encima de un burro renco en una aldea de Cáceres. El burrito se quejaba constantemente y al final pereció, no en vano entre mi señora (porque me pertenecía hasta que se marchó con el dueño del borrico) y yo sobrepasábamos los 250 kilos (350 con el tipo que nos enseñaba a no descoyuntarnos, porque él también se vino). ¡Está totalmente claro! Justificamos nuestros delirios con uno o varios sacrificios, pero siempre constatando nuestra absoluta falta de empatía. Todos los que carecen de ese sentimiento participativo son unos psicópatas hijos de la gran puta, por lo tanto yo he sido y sigo siendo un hijo de la gran puta. Oh, yeah, psychopath too.

Casi todos los 26 de marzo de cada mes donaba parte de las ganancias obtenidas explotando cochina y burguesamente a mis obreros (porque también me pertenecían, hasta que se fueron a trabajar con el primo del dueño del burro del párrafo anterior) a empresas que manufacturaban caridad. En aquella época yo estaba convencido de que todo lo que somos, vemos, hacemos, nos hacen, y algunos de los picores escrotales más comunes se podían manufacturar. Cuando llegaba a casa me sentaba en mi sofá de 27000 euros al contado, trataba de untarme pomada sobre el escroto y después me secaba los restos de la cremita con fajos de billetes de 500. Toda la operación era grabada con la cámara de vídeo con sistema autoñoñoñoñoño 26-AD-256432 (de la que hablé anteriormente) desde un trípode. Luego subía el resultado a Folladorasyenculadores.com y me comía el bocadillo que unas horas antes me había preparado mi asistenta personal, a la cual me follaba vaginal, bucal, anal y orejalmente. Todos los que se follan a sus asistentas por la oreja no son unos obsesos sexuales originales, sino unos malnacidos e hijos de la gran puta. Por lo tanto yo fui un hijo de la gran puta, pero tendría que llegar a alguna conclusión sobre si lo soy todavía.

«El cocherito leré me dijo anoche leré» era mi verso favorito. Por esa razón ordené al joyero que le diseña en oro los dispositivos intrauterinos a la reina, que me fabricara cinco anillos de titanio enriquecido con esa maravillosa oda impresa. ¡Cinco anillos para dominarlos a todos! Todavía conservo medio anillo. El resto los regalé cuando tomé conciencia. ¿Por qué tomé conciencia? Porque en ese momento no podía tomar otra cosa, excepto sal de frutas marca Alka-Seltzer. Ahora soy un tipo nuevo. Me visto con sacos de arpillera y utilizo virutas de palo aguadas con licor de fango sedimentado como colutorio diario. Vivo con una mujer que apunta en la pared las veces que tengo un gatillazo y soy el amigo de todos los gatitos del barrio. Ya no soy un hijo de la gran puta, aunque hace algunos días el exchulo de mi madre me dijo que la echaba de menos porque era una increíble máquina de ganar dinero (sic).

XX