Email del 5 de julio 2019

Paul Klee. Fire, full moon (1933)

Querida:

A menudo apoyo la cabeza sobre el suelo, aunque en realidad la mayor parte de las veces me parece que la recuesto sobre el techo. ¡Siempre dentro de la hermética nebulosa de mi habitación! Cuando me encuentro en la otra parte del tabique, es decir, afuera, en la calle, justo donde a cualquiera se le puede perdonar que se comporte como un zombi, suelo contentarme ladeándola hacia un lado mientras intento que la baba y los mocos no manchen demasiado mis harapos. Soy una pena de tío, pero podría ser todavía peor. Podría sentarme sobre la atalaya que forma el tumor en la parte alta de tu cabeza y desde allí dirigir tu vida. O mi vida. O la vida de todos. O la muerte de unos pocos: los elegidos. ¡Qué afortunados! ¡Van a morir y no son capaces de asimilarlo!

Pero mientras tanto continúo con mi recorrido. La saliva y las flemas se han fusionado en una especie de bienaventurado himeneo y en estos momentos solo ensucio el suelo con sangre. La sangre de la sangre de la sangre. No es roja, pero sé que hasta hace un microsegundo recorría parte de mis venas. ¿Debería recogerme dentro de otro agujero similar al que destruí ayer? ¿Sería una idea excelente, o por lo menos magnífica, si en lugar de derramar tantas lágrimas las concentrara sobre una línea aparente? Lejanía. Extensión. ¡Término, coto y margen! Pero de igual forma núcleo, foco… entraña… sustancia… esencia… ¡Entidad! ¡Inocuidad! ¿Nulidad? Quizá sumidad o puede que profundidad. ¡Qué más da!

Creo que estoy teniendo dificultades técnicas…

G