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| Robert Silvers. Alien (XX cent.) |
Amiga:
Esta noche he soñado que acababa de llegar a Turuñuelo de Guareña y por alguna extraña razón no solo no había ningún guareñense o turuñuelino o turuñuelina por las calles, sino que el pueblo estaba tomado y sometido por una raza de alienígenas provenientes de varios espacios exteriores paralelos, aunque desvinculadamente concatenados. Ni siquiera pude ver perros, gatos, ratas o gorriones. Los extraterrestres tenían un cuerpo con forma de tapón de corcho de cava o espumoso y como carecían de piernas, en lugar de caminar daban una especie de saltitos que ellos denominaban «sangandis» o algo parecido, quizá hasta incluso «gansandis» o «dansangis». Al principio no repararon en mi presencia, pues estaban muy atareados intentando que sus «sandanguis» fueran lo suficientemente precisos como para no rodar por el suelo pero, pasadas cerca de las tres cuartas partes del sueño, uno de ellos, que estaba meditando acerca de los enigmas del firmamento apoyado sobre un congénere que o bien era incapaz de mantener el equilibrio o estaba haciendo el pino, se fijo en mí, abrió una de sus siete bocas y emitió un sonido extraño que hizo que mis calzoncillos se resquebrajaran y salieran zumbando por la parte superior del pantalón y aterrizaran sobre la cara del alien líder supremo, que obviamente no se sintió demasiado satisfecho y ordenó que me desintegraran con la nueva pistola de partículas no elementales que estaban probando. A partir de ese momento no recuerdo nada, supongo que me despertaría sudado y me daría un par de duchas frías que es lo que suelo hacer cuando sueño con cosas asquerosas.
Greg
